Curiosidad

Augusto Blanco. Médico de Familia (Madrid)

Lo conocía desde siempre, bueno, desde hacía, al menos, diez años, los que llevaba en el cupo, en mi plaza. El asma y las jaquecas lo acompañaban desde muchacho.

Era un hombre educado, agradable, casado con una señora difícil, una quejicosa irredenta, siempre enferma, siempre demandante y de imposible, no ya curación, tan solo mejoría. Daba igual la cuita, nunca mejoraba, solo cambiaba la clínica. Pero a él se le veía integrado en el matrimonio, sin grandes problemas y aunque le había abierto la puerta de la queja y el desbarre nunca la había aceptado.

No es raro que personas que ves claro la necesidad de desahogar penas y o frustraciones, cuando les ofreces la oportunidad, sin juicios, sin más límites que los que ellos propongan, no las aprovechen.

En los últimos tiempos presentaba un cuadro cutáneo entre una dermatitis atópica y un eccema dishidrótico, severos en cualquier etiqueta diagnóstica, en ambas manos, que mejoraba muy limitadamente con corticoides tópicos y nula respuesta a antihistamínicos orales, y no acababa de permitirle una vida sin limitaciones. Era curiosa su presentación, ni la cara, ni los brazos, ni el tórax o los mm ii… solo las manos, eso sí con unas manifestaciones floridas:

Los dermatólogos habían dado palos de ciego, lo habían visitado los del seguro, los míos y los privados de más renombre. Además de inflarle a pruebas, sobre todas las alergias posibles, intercalar pomadas y modos de proceder, casi, infinito… Seguíamos en el mismo sitio, el acomodado y yo curioso. Mi intuición, mi ojo clínico, mi corazonada o mi tripa… llamarlo como queráis, me decía que algo tenía que ver su emoción, o emociones, en todo aquello, pero no conseguí abrir la llave de los misterios.

Antes de lo de la piel, habíamos trabajado sobre un problema a caballo entre la próstata y la impotencia. Eran tiempos previagra y la impotencia estaba superestigmatizada, faltaban un par de años para que Pelé la normalizara y cambiara su denominación a disfunción eréctil.

Las pruebas analíticas y exploratorias descartaron patología prostática o hipofisiaria. La PSA estaba en rango, al igual que la testosterona y las otras hormonas hipófiso-dependientes. Por lo que convenimos en su “no patología humillante”. La realidad es que pese a sus erecciones matutinas y que encontraba a su mujer atractiva. Siempre habrá un roto para un descosido, pensaba yo. No conseguía quitarse el sambenito de encima.

Al poco había comenzado a consular por la dermatitis y en ello estábamos.

La primavera reinaba a través del ventanal. El cielo azul de Madrid configuraba un mundo tranquilo y de cierta belleza. La consulta más tranquila de lo habitual me prometía una tarde plácida.

Según entró me mostró ambas palmas. El cielo se oscureció de golpe como si la presentación de su penar ensombreciera el firmamento.

  • Ni pomadas, ni cremas, ni guantes de algodón, que no vea lo que cuesta encontrarlos, medio “Madrid de viejo” me recorrí, que de los chinos no me fio, nada. Nada funciona.

Traté de volver a empezar el interrogatorio, abriendo, de nuevo ocasión para el desahogo. Repasé las causas clásicas de la ansiedad y sus ramales: situación económica, familiar, social… Reservé, cobarde, para el final el tema que más me resonaba, la mujer y sus relaciones, pero que más pereza me daba. En esta ocasión mi sentido del deber o la curiosidad acudió en nuestra ayuda.

  • Mire doctor: tenemos cambiado el momento de la disposición matrimonial. Yo llego a la noche literalmente machacado, necesito dormir unas horas, recuperarme, y a las cinco o las seis de la madrugada estoy como un chaval, pero ella tarda en dormirse, en conciliar, entre la televisión y la menopausia, no se duerme antes de las dos o las tres. Así que estamos contrapeados.
  • No han intentado pactar alguna forma de encuentro, los fines de semana, las siestas…
  • No, si ella nunca ha sido muy fogosa, pero yo necesito descargar. –bajando la voz continuó- Sabe, en alguna ocasión me masturbé, pero como también sabe el onanismo es pecado y mi confesor lo censuró agriamente…
  • ¿Cuándo fue eso?
  • No sé, no recuerdo… –y trató de hacer memoria-
  • ¿Podría ser que fuera más o menos cuando empezó con lo de las manos?
  • No. Si. Puede… ¿Cree que puede estar relacionado? ¿Piensa que es un castigo divino?
  • No, no. No creo que el Altísimo se entretenga en estas minucias.
  • No es eso lo que dice mi confesor, pecado mortal.
  • Fíjese, no voy a discutir a un sacerdote sobre este tipo de pecados, pero me parece que Dios nos hizo como somos, a su imagen y semejanza, para honrar el Templo que es nuestro cuerpo y tengo la sensación de que le preocupará más su sufrimiento, que no creo que lo ennoblezca, que la masturbación, que alivia su necesidad, respetado las de su mujer.
  • Me está diciendo, que podría aliviarme una paja, -contra pronóstico había elevado una octava la voz- perdón -la voz descendió dos octavas para aclarar el término escapado de sus labios- para una masturbación. ¿¡Cómo no va a ser pecado desperdiciar la semilla!?
  • Bueno yo no lo aplicaría como un comportamiento lascivo, si no terapéutico.

Terminamos la visita de un modo cortés, con la sorpresa aun prendida en sus ojos y mi intuición satisfecha y poco esperanzada en conseguir resultados, pese a la búsqueda, casi conseguida, de un insight[1], que le sirviera para reordenar su clínica.

Un par de meses después volvió a consulta. Me estrechó, sonriente la mano, limpia de agravios.

  • ¿Hemos dado con la pomada de marras?
  • No. Usted dio con el origen y la solución al problema.

Las cejas se alzaron sorprendidas, mi boca se abrió incrédula. Recordaba el desbarre en que me había metido con la apología del onanismo… Mis manos y mi cara invitaban a proseguir el relato.

  • Recordará que me propuso pecar como terapia y no como vicio, sabe que le tengo un respeto importante y confianza en sus pareceres. Siempre entendí sus preguntas como un modo de acercamiento a mis problemas médicos, por raras que, a veces, me resultaran. Pues bien, dado lo particular de la prescripción, fui a hablar con mi confesor. Tuve suerte no estaba y consulté con otro sacerdote, al que no solo no le pareció pecado sino una gran idea probar después de todos los intentos que habíamos hecho. Así que probé y me he cambiado de confesor. Funciona.
  • No sabe cuánto me alegro -dije explosivo y encantado- en ocasiones lo más sencillo es lo más indicado.
  • Así que no solo he mejorado considerablemente la piel, también he encontrado un consejero espiritual más abierto y eficaz. Cuando mi mujer quiera hacer uso del matrimonio, la complaceré sin ansias y, entre tanto, tampoco la abrumaré con mis necesidades.

Por una vez la curiosidad no solo no mató al gato si no que consiguió una propuesta sanadora.


[1] Insight: Comprensión profunda y significativa de las causas subyacentes de un problema psicológico o emocional. El proceso a través del cual alcanzamos una visión nueva y distinta de nosotros mismos.



     

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