Regalos

Augusto Blanco Alfonso* y Elena Benedí Sánchez.
Médicos de Familia. Tutores de residentes. *Universidad Autónoma de Madrid.

Eran una madre y una hija, solían asistir juntas, normalmente por problemas de la madre. Tenía buen trato con ellas.
Aquella mañana algo me descolocó. (Yo soy de esos que escuchan su “tripa”. Ese rollito de la transferencia y la contra-transferencia, creo, proporciona una información que me parece muy relevante) Algo pasaba, aunque no sabía ni el qué ni la calidad de lo que se me venía encima, pero algo no estaba como siempre. Un punto de cierta rigidez en la boca, la mirada huidiza y con un punto gamberro-simpático o desabrido-bronca que no sabía bien interpretar…
En la anterior visita, recordaba perfectamente, la mayor presentaba: tos a mínimos esfuerzos con cierto grado de fatiga, una ortopnéa clara, había perdido peso en el último mes, aunque no podía cuantificarlo y estaba demasiado callada, cuando se lo hice notar me respondió tristona: “es que no tengo ganas, todo me cuesta, hasta hablar”. En la exploración se podía observar un tórax de lucha, una marcada disminución del murmullo vesicular y, no tenía crepitantes ni edemas en los tobillos. Algo no definido en la auscultación y en el estar me hizo pedirle una placa, a la par que recetaba un broncodilatador. Expliqué el dispositivo de inhalación, así como el porqué de la petición, quizás trasmití un punto de duda… Ponderando la indicación de la radiología dadas mis limitaciones.

– La placa me la hacen dentro de 35 días. -Comenzó su discurso- Me da tiempo a morirme…
Pensé rápido ¡eso era!, se habían ido a un privado y algo había aparecido… Esperé en silencio, invitando con la cabeza y las manos a continuar el relato… antes de interesarme por la evolución del proceso.
– Como tiene usted tantas limitaciones de medios… Hay que jorobarse con la crisis y los ladrones que la gestionan.
Dijo mientras desde el suelo subía hasta la mesa una bolsa donde se escondía un paquete cúbico envuelto en papel de regalo.
– Hemos pensado que esto pudiera ayudarle… Por cierto, el veneno, como usted diría, ese que nos mandó le ha ido fenomenal, prácticamente desde la primera noche está mucho mejor… ya no tose.
El alivio inundó mis dudas. Dejé florecer una sonrisa y procedí a desenvolver mi regalo…
– El futuro no sé si sabrá verlo, pero ¿un pulmón en el presente?…
Dijo, dejando resbalar la ironía por las comisuras de su sonrisa, mientras mi asombro se reflejaba en la Bola de Cristal.

Siempre he entendido el regalo, en el ámbito de la consulta, como un modo de pagar intangibles, una muestra de cariño o respeto…
En cierta ocasión, en los inicios de la gran crisis, una anciana, a la que habían despedido, hacía un par de años, al hijo con el que convivía, me trajo envueltos en papel “albal” tres cigarrillos, excusándose por traerlos así, se los había sustraído a su hijo que solo tenía una cajetilla para toda la semana, la pensión no daba para más. Nunca me han regalado algo tan valioso. Yo, un exfumador anónimo, sé lo que vale un cigarrillo contado al por menor.
También tiene un componente de costumbre o de obligación social… al médico se le regala por navidad. A las mujeres bombones y pañuelos, todo lo más, por lo general, bisutería; a los varones alcohol en sus diferentes variantes.
El regalo, obsequio o presente puede, incluso, anteceder a peticiones no adecuadas, puro “chantaje”: “te regalo y me tratas mejor”. ¿Cuántos décimos de lotería o botellas nos hablan de una petición inadecuada? Yo los veo venir y no los toco. En una ocasión, la única de las que he vivido, el “listo” retiró, de muy malas formas el décimo, No debió de tocar, pues no volvió a restregarme la suerte, claro que no sé, se cambió de médico…
Es seguro que tiene componentes simbólicos y comunicacionales…
Una de las pacientes más manipuladora con las que he tenido que trabajar, una profesional de la seducción, en sus dos primeras acepciones, en la relación conmigo durante la consulta, me regaló un “after shave” de Chanel. El que hacía juego con mi colonia… No hubiera sido reseñable salvo porque no le gustaba mi barba y no había cita donde no lo manifestara, yo la llevo desde que me salió, digna, a los 18 años.

Sin duda una de mis historias favoritas sobre regalos ocurrió no hace mucho.

Una paciente que ya no cumplía los 85 años, me trajo, en un mayo sin causa aparente, un paquete que no disimulaba su contenido: un libro. Tras terminar la consulta, lo depositó en la mesa y lo acompañó de una expresión más o menos como esta: “espero que le guste doctor, es de médicos”. Le agradecí el detalle y lo retiré sin abrir. Acompañándola, como siempre, a la puerta e invitando al siguiente a pasar…

Nunca sé si abrir o no los regalos, me abochornan un poco y no tengo otra respuesta que un soso: “muchas gracias, me malcría”, en la mayoría de las ocasiones.
Hace mucho que leo en ebook, me es más cómodo, y no pesa. Aunque siempre he disfrutado del olor del papel y el cartoné, de la forma del libro en sí mismo, de su ordenación en las baldas de mi biblioteca… el espacio, el papel abulta mucho, ha vencido a la estética simbólica. Ya apenas leo papel. Así que dejé el regalo en la mesita auxiliar de mi habitación sin desenvolver. Dos o tres días después, al terminar el libro que tenía entre manos lo abrí y lo hojeé. El título hacía mención al libro de anatomía que daba título a la serie americana, Anatomía de Grey, comencé a leer, pero la protagonista no era un estudiante de Medicina sino de empresariales o similar y los primeros párrafos no solo no me alentaron a proseguir la lectura sino todo lo contrario. Lo cerré y allí quedo abandonado en la mesita.

Ese julio, en la playa durante las vacaciones… Yo aprovecho para estudiarme los periódicos: El País y el As de la primera a la última página, sudoku y crucigrama incluidos. Ciencia pura. Aquel verano en los 15 días de vacaciones hubo tres reseñas en el País sobre el gran bombazo editorial del año “Las 50 sombras de Grey”, la novela del momento para pornomamás… ¡Era el libro que me habían regalado y que dormitaba juntando polvo en la esquina más lejana de la mesita de mí alcoba!
Nunca hicimos mención, ni ella ni yo, al libro.

     

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