Tres Extrañas Historias de la Consulta.

Güell i Figa E, Haro Iniesta L, Iglesias Carrión C, Aparicio Ruiz P, Vidal Calvo N y Sabaté Nuria L

Resumen: Tres narrativas clínicas cortas que muestran el lado más sorprendente, paradójico pero igualmente humano de la consulta diaria del médico de familia.

Three Strange Stories of the Consultation

Summary: Three short clinical narratives that show the most surprising and paradoxical side but at the same time human, of the daily family physician consultation.

“La fuerza bajo el camión”

Hamza es un chico de unos 20 años. Natural de Marruecos, hace 3 años que vive en Cataluña. Sabe hablar perfectamente el castellano y chapurrea el catalán bastante bien. Lo más sorprendente de Hamza no es quién es, qué idioma habla o dónde vive. Lo que más sorprende es su historia. Conocí a Hamza a la consulta. Hamza trabaja como agente forestal. Y durante unas semanas seguidas, vino a la consulta, semana sí semana también, a solicitar la baja laboral por un par de días alegando motivos de salud muy banales. La primera vez me explicó que una insolación le provocaba un malestar terrible y no podía levantarse para ir a trabajar. La siguiente me dijo que un golpe de aire mientras dormía le había hecho tortícolis y eso le impedía ponerse recto de pie. Otro día me pidió la incapacidad laboral por un dolor de muelas que le provocaba un dolor espantoso. Y así, dos o tres semanas sucesivas más.

El último día que lo visité de urgencia, no pude estar de hacer que la urgencia se convirtiera en una consulta más larga para conocer un poco sobre la vida del chaval. Tengo que admitir que me curioseaba ver el chico cada semana por motivos tan banales. También es verdad que me inquietaba tener que expedir tal cantidad de bajas a un joven aparentemente sano. Pero lo que más me preocupaba era cuál era el verdadero motivo de su absentismo laboral. Es cierto que no sé si lo he descubierto o no, pero tengo que admitir, que el jovenzuelo no ha vuelto a pedir una visita de urgencia hasta ahora.

Durante la última sesión, le comuniqué al mozo, mi incomodidad y le pedí si li importaba dedicarme unos minutos para conocerle más. Le pregunté si en el trabajo todo funcionaba bien, si tenía algún problema a nivel emocional o si con los de casa todo funcionaba como él quería.

Me aceptó que el trabajo no estaba a disgusto, aunque trabajar no era lo que más le gustaba a esta vida. Me dijo que vivía cómodamente con unos compañeros de piso y todo iba sobre ruedas. Resultaba tener una pareja, aunque vivía a 100 km de distancia. Cuando me habló de su familia, bajó la cabeza, y me dijo que vivían en Marruecos. Tenía contacto casi a diario con alguno de ellos pero hacía tiempo que no los veía. Le pedí como había llegado a tierras catalanas y ahí fue donde me estremecí.

Tenía 16 años cuando probó por primera de subir, y digo subir aunque no sea la palabra adecuada, a un camión para venir hasta la península española. Me explicó su historia con todo detalle. Me dijo que cada día intentaba tres, cuatro, cinco o seis veces de esconderse debajo un camión que estaba aparcado en un parking cerca del puerto. Normalmente era visto por un agente de la policía, que lo hacía marchar. Pero él volvía a probarlo en aquel o a otro furgón que estaba estacionado cerca. A veces, el mismo camionero se percataba de la situación y lo echaba a patadas. Esto no hacía perder la esperanza del joven, que sin pensar si era lo correcto o si aquel hecho le podría provocar algún peligro, se adentraba de nuevo entre las ruedas de los grandes automóviles para buscar una nueva vida. Y así, cada día, cada mañana y cada tarde durante unos meses. No recordaba cuántas veces lo intentó, pero más de un centenar, seguro.

Hasta que finalmente una de las veces tuvo éxito. Su éxito, en ese momento, consistía en ponerse estratégicamente bajo el automóvil, sin que nadie lo viera. Y aparte de eso, que el vehículo iniciara su marcha, rumbo a España. Pero este éxito también tenía que ver en cómo se aguantaría bajo el coche. Yo os aseguro que no tengo ni idea de automoción, pero puedo imaginarme que bajo un auto de tales dimensiones, no equivale ni de lejos a ser un lugar seguro, tranquilo y cómodo. Y de hecho, en eso consistía todo, en agarrarse tantas horas como el camión estuviera en marcha bajo la chatarra de aquel trasto. No importaba cuántas horas estaba el camión parado antes de irse, no importaba la velocidad a la que avanza el coche, no importaba cuántas horas estaría conduciendo el camionero, no importaba dónde se detendría el automóvil. Lo más importante en aquellos momentos era aguantar como fuera allí debajo.

No sé exactamente de dónde sacaba la fuerza Hamza. Pero puedo imaginarme que tendría que ver con la esperanza de un vida mejor, con la ilusión de mostrar lo conseguido, con la recompensa de los intentos fallidos antes de conseguir esconderse por última vez, con el deseo de que las cosas mejoren, con el miedo a volver a ser visto y deportado de nuevo con los de casa, con la angustia de sobrevivir allí abajo, y sobre todo de la misma fuerza que da la fuerza para aferrarse incondicionalmente a la vida. Y así fue como aterrizó en la península. Libre de equipaje y sin más que la ropa puesta, fue a parar a un centro de menores. Aquí lo guiaron hacía la nueva vida deseada, hasta llegar un buen día a mi consulta. Agradezco que el chico haya puesto palabras en su periplo, para hacerme conocedora de sus experiencias. Y es que lejos de opiniones varias del estado actual de la inmigración, lo que ha pasado ahora, después de todo, es que en Hamza ha venido de nuevo a verme, pero a mí, no se me ha debatido en ningún momento la expedición de una baja por motivo banal. Mi visión del chico ha cambiado. Y es que me he transformado de una médica cuestionadora a una más protectora, o simplemente, a una más comprensible y humana.

Abuela, me “entetas”

El llanto de un niño alerta a su madre de las necesidades del nene. Y es que cada madre reconoce los diferentes tipos de lloro de su bebé. Sólo la mama, te sabe decir si el disconfort es de hambre, de frío, de miedo, de sueño, o lo que sea, simplemente escuchando el ruido de su enojo. Lo que me pregunto es si la abuela también es capaz de hacerlo. Y lo único que puedo responder es que no sé si diferencia exactamente cada uno de los llantos, pero si que estoy segura que es capaz de sostenerlos y tranquilizarlos casi, cómo la propia madre.

Un día, Dunia vino a la consulta, de acompañante de su madre, Fatima. La chica tenía 22 años y su progenitora, 43. Al aparecer, me dijo que la mujer hacía muy poco tiempo que vivía en Cataluña y hablaba muy poco el idioma, por eso ella venía a hacerle de traductora. También se disculpó por venir con los dos niños. Me empezó a explicar que eran muy traviesos pero que no tenían escuela y no habían encontrado a nadie con quien dejarlos. Se sentaron las dos, una al lado de la otra, y cada una con un pequeño en su regazo. De los dos, uno era un niño de poco más de 15 meses, juguetón, distraído y muy curioso. El niño no paraba de bajar y subir de sobre las piernas de la Dunia. Corría hacia la puerta, intentando abrir el pomo. Subía sobre la camilla y bajaba con un salto, para dirigirse a arriba de la báscula. Después veía el tensiómetro y jugaba a ponérselo de corona. La chica, mientras me iba explicando lo que la señora decía, procuraba, sin demasiada suerte, que el niño se estuviera quieto, o por lo menos, no hiciera ningún destrozo. El otro pequeño era una niña de poco más de un año y tres meses. Ésta, a diferencia del niño, era más tranquila, quizás tímida. Estaba cómodamente sentada sobre las piernas de Fatima, con la espalda totalmente apoyada sobre su barriga y tórax, y las piernas colgando de las rodillas de la señora, casi adormecida. Se tocaba los dedo de las manos, y llevaba un chupete en la boca. Cada vez que me cruzaba la mirada, tímidamente, bajaba el rostro para confrontar de nuevo con la señora de mediana edad. La niña se la veía más vergonzosa y más pendiente de lo que estábamos hablando las tres adultas, casi impropio a su edad.

De repente, mientras se iba desarrollando la consulta, la pequeña arrancó el llanto. Aparentemente nada ni nadie la había despertado de aquel momento de placidez. Sólo ella sabía el motivo por el que tenía la necesidad de llamar la atención de la señora que la soportaba. Y sólo ella, supo cómo calmarla. La Fatima entendió el llanto, como lo hace una madre, y se acercó la boca de la pequeña a su pecho. Y de manera casi inmediata, la jovencita se calmó de nuevo mientras amamantaba. Y mientras esto sucedía, el pequeño se percató de la situación y mostró su atención hacia la escena tan tierna de la mujer amamantando la niña. Y repentinamente, el niño también inició el llanto. Fatima, mientras iba dialogando con Dunia y conmigo, se sentó el pequeño sobre la única pierna que le quedaba libre, y se sacó el pecho desocupado que le quedaba, por fuera la camisa y le ofreció al pequeño que aceptó sin pensarlo. Pues, al igual que la pequeña se reconfortó inmediatamente, cayendo a una calma profunda. Mi perplejidad crecía exponencialmente, no sólo por la tranquilidad que mostraba la mujer sosegando los dos pequeños a través del amamantamiento, si no por la comodidad que ambos mostraban sobre la mujer ya entrada en la cuarentena. Y más aumentó cuando por pura curiosidad pregunté cuál era el parentesco que tenían entre los cuatro. La respuesta si fue una sorpresa para mi.

Resultó que el niño pequeño era hijo de Dunia, y la niña, hija de Fatima. Así pues, Fatima estaba amamantando a su hija y su nieto a la vez. Y no sólo eso, si no que Dunia, veía como su hermana y su hijo se mecían en los pechos de su madre. Aparte de conciensarse que la pequeña estaba mamando al mismo momento que lo hacía su sobrino. De igual forma que el pequeño bebía en el pecho de su abuela, junto a su tía.

Y yo me lo estaba mirando des de el otro lado de la mesa, con la seguridad que quizás sí, la abuela comprendia perfectamente la necesidad del llanto del bebè, aunque no fuera su propia madre.

“¿Dónde está la cámara oculta?”

Consulta de una mañana de otoño. Visita del día (como su nombre indica: pedida el mismo día, de aquellas que pasan por delante de las citas ordinarias pedidas seguramente hace más de una semana) en la que veo apuntado un chico de 15 años que he visitado en otras ocasiones por patología aguda. Llamo al paciente, entran él (15 años), la madre y otro hermano más pequeño. Es un día entre semana, por lo que interpreto que están faltando a clase.

La madre inicia la conversación y me expone el motivo de consulta. Han salido de la escuela (no sé si el detalle es importante, pero es concertada) porque ha ido a hablar con el profesor y éste le ha dicho que lleve a su hijo al médico porque debe tener algún problema de piel. Se ve que en clase algunos compañeros y otros profesores se han quejado de que huele muy mal. Desconozco si el profesor le recalcó la urgencia de tal consulta como para salir de la escuela y venir directamente a pedir hora de visita al Centro de Atención Primaria.

Simultáneamente la madre abre el bolso y saca un bote de desodorante en spray de hombre de una marca muy conocida y lo deja encima de la mesa. Es el que se quiere poner el chaval. Y es caro. Ella quiere saber si este desodorante es el adecuado para su hijo porque a pesar de ponérselo y ser caro, ha tenido este percance en clase. En ese momento me pregunto si tengo una cámara oculta grabando la escena desde algún rincón de la consulta y que yo no he detectado.

Intento reconducir la escena, hacer una reflexión sobre la higiene corporal en la adolescencia (no recuerdo haber recibido ninguna lección en la facultad ni durante la residencia con respecto a este tema) y la importancia que se cambie de ropa una vez haya hecho educación física en el instituto. Indignada, la madre me comenta que ya lo hacen todo, pero a pesar de ello, el profesor lo ha hecho venir al médico.

El día a día en la consulta te pone a prueba. Crees que vas muy bien preparado pero de un momento a otro te puedes encontrar manejando situaciones de lo mas inverosímiles. Me pregunto si esto es menos medicina que la abuela de 85 años que lleva 30 minutos en la sala de espera para ser atendida, que pidió cita hace mas de una semana porque se ahogaba un poco pero como ella no creyó que fuera urgente, le han dado cita a los 10 días. Tiene una insuficiencia cardíaca y de entrada no recuerdas cuando tiene hecha la última ecocardiografia porque no está registrada allí donde tocaría. La dosis de diuréticos que consta en la receta electrónica no cuadra con los que en realidad se toma ni con la que consta en el último informe de alta hospitalaria. Ni tampoco coincide con lo que quedaste con ella en la última visita. Te saltan todas las alarmas porque le retiraste el IECA hace un mes al estar demasiado hipotensa. Esperas poderlo reintroducir a dosis bajas cuando vuelva el invierno porque así de paso, te saldrán bien los indicadores de calidad.

Con un poco de suerte llevas media hora de retraso, porque el tema del desodorante te ha entretenido más de 10minutos . No tengo claro que una sea más medicina que la otra. Lo que sé, es que una situación te la encuentras sin previo aviso y la otra supuestamente estás más preparado para manejarla. O no. Depende de las ganas y el tiempo que tengas de mirar el último informe de alta hospitalaria de tu paciente, de si el mundo informático está de cara y en cuestión de segundos, puedes arreglar la receta electrónica y así conste la dosis correcta de diurético que toma y debe tomar. Y no olvides poner énfasis en que la abuela no se deje de tomar el diurético a pesar que orine cada media hora, porque sino en 10 días volverá y estará igual. O peor. Y no te olvides de preguntarle si ha tomado la dosis correcta de diurético, porqué quizás es la primera pregunta que le deberías hacer.

Cada día soy más consciente que la Medicina de Familia va mucho más allá de lo que nos imaginamos al nombrarla. Hay que vivirla. Y cada vez más a menudo, me pregunto si hay una cámara oculta que aún no he visto en algún rincón de la consulta y me está poniendo a prueba. Pero me gusta.

     

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *