Aprendiendo “pacientemente”


Shira Hannah Fisher

 


Una estudiante de medicina narra su experiencia como paciente

En nuestro de Curso de Exploración Clínica, los estudiantes de medicina hacemos representaciones de  médicos y de pacientes. Me sorprendió cuando oí esto por primera vez, pues no  esperaba hacer de  paciente. Yo me matriculé para aprender a ser médico, no para que  un amigo aprendiese cómo usar el otoscopio colocándolo en mi oreja.

Sabía que nuestra escuela contrataba a “pacientes estandarizados”  que se apuntaban para actuar como pacientes y eran remunerados de acuerdo a ello, pero para esta formación preliminar en exploración física, a cada uno de nosotros se le pedía que buscara una pareja de entre los compañeros de clase. Debíamos practicar tomando la tensión, examinando sus ojos, percutiendo su pecho y auscultando su corazón y pulmones. Se suponía que debíamos dejarle hacer lo mismo con nosotros. No estábamos preparados para identificar nada anormal, pero la idea era aprender las maniobras, el uso del instrumental, los sonidos y sensaciones normales. En respuesta a mi escepticismo sobre servir a alguien de cobaya, amigos y familiares me dijeron que pensaban que sería una gran experiencia para un futuro médico, entrenarse haciendo de paciente: podía aprender lo que resulta incómodo y lo que no y ayudar a mi compañero a hacer lo mismo. Yo no estaba convencida que fuera necesario. Pero necesario o no, yo estaba  a punto de adquirir más práctica como paciente más de lo que nadie esperara.

La semana en que comenzamos el curso, tras las vacaciones de invierno, sentí un bulto en el lado derecho de mi cuello. Lo ignoré al principio, razonando que todos somos algo asimétricos y seguramente una pequeña anormalidad no era motivo para preocuparse. Pero aquello no se iba. Cuando la segunda semana   repasamos  el “examen de cabeza y cuello” empecé a preocuparme. El lunes por la mañana, dejé un mensaje a mi doctora. Esa noche, haciendo prácticas voluntarias arrinconé a una joven interna cuando los pacientes se habían ido. Ella me sugirió amablemente que sería una buena idea  ver a mi doctora. Y el martes, cuando mi mensaje aun no había sido contestado, sencillamente fui a su  consulta en el hospital adyacente a la facultad de medicina.  Programamos un análisis de sangre, y una cita de radiología para descubrir que era lo que estaba creciendo en lo que yo ahora sabía era mi tiroides. Mientras yo esperaba los ultrasonidos y luego la próxima cita, la escuela de medicina continuaba. Por la noche, permanecía despierta preguntándome qué me estaba sucediendo a mi y por la mañana. seguía obedientemente asistiendo a clase. Durante aquellos días, exceptuando los miércoles, seguía como una sombra a un médico interno por la mañana y por la tarde asistía a la clase de Exploración Clínica.

Comencé a ver todo desde dos perspectivas. Como estudiante de medicina, me colocaba mi estetoscopio en el cuello y pretendía saber qué hacía cuando entrevistaba a los pacientes. Comprendí que las consultas de los médicos llevan tiempo, y que la sala de espera era, por necesidad, a menudo un lugar de larga espera. Después de todo, un médico necesita escribir notas de seguimiento en cada visita. Por ello, a menudo se necesitaba emplear el tiempo en que  un paciente se viste y se desnuda para examinar a otro. Era una buena gestión de su tiempo pero a menudo dejaba a los pacientes esperando un rato hasta que el médico volvía. Algunas veces, en un hospital docente, incluso un médico hace esperar a los pacientes mientras  explicaba su reflexión clínica a estudiantes como yo. Visto al margen de la sala de espera tiene un perfecto sentido pero cuando era yo la paciente, mientras esperaba mirando el reloj, llegaba a enfurecerme.

El doctor al que acompañaba trabajaba en medicina interna en el primer piso.  La médico que esperaba me atendiera trabajaba como MF en el primer piso. La distancia desde ser paciente a ser médico en formación era cruzar una sala de espera. Cuando lo hacía me sentía completamente diferente dependiendo de con qué doctor iba a estar. Cuando me ponía mi bata blanca y acompañaba a la entrevista, era un lugar de aventura y curiosidad, ¿qué me encontraría hoy? ¿Recordaría preguntar todas las cuestiones adecuadas, ser empática, tomar buenas notas? ¿qué podría aprender? Pero cuando era la paciente, estaba nerviosa, sentada en el borde del sillón, esperando escuchar mi nombre, esperando que no hubiera malas noticias y que no tuviera que “aprender” nada nuevo. Incluso aunque  estaba en el mismo  piso del mismo edificio, sentía como si estuviera soportando desnuda una tormenta de nieve en Siberia. Ser una paciente no era la mejor situación. No quería estar allí. Me sentía vulnerable, ignorante, sola, en mi mundo ideal mis visitas al médico no existirían. Esto me pesaba cada vez que acudía a una.

Como estudiante de medicina intentaba ser amigable, acogedora y amable con todos los pacientes que venían. Pero sin duda alguna me gustaban los más felices. ¿Quién quería hablar con alguien con muchas quejas, ansiedades y preguntas? Y, sin embargo, cuando yo iba como paciente no tenía ningún interés en ser amable. Sentía que había cumplido mi parte apareciendo en la consulta. ¿Qué más podían esperar de mí? Yo estaba asustada y tenía poco claro qué sucedería después, que gravedad tendría esto y qué significaba todo. Era el cliente, no deberían hacerme esperar o molestarme. ¿No dicen que el cliente siempre tiene la razón? Como paciente ¿porqué tengo obligación de ser agradable o amistosa? Todo lo que yo quería era resolver mis problemas e irme a casa tranquilamente.

 

Más tarde, en la semana de mi primera cita, me encontré sentada en una pequeña clase aprendiendo “cómo dar malas noticias”. Me tocaba entrevistar a un paciente estandarizado y yo me había preparado más de lo habitual. Como cualquier otro me sorprendió descubrir que el paciente “sólo” tenía diabetes, que representaba para nosotros, estudiantes de primer año, una enfermedad relativamente menor. Esperábamos tener que decirle que tenía algo terminal: cáncer de pulmón, por ejemplo.  Nuestra siguiente discusión nos ayudó a darnos cuenta a todos de que “sólo” diabetes o “sólo” la amputación de unos pocos dedos, puede no parecer tan serio como el cáncer, a no ser que sean tu estilo de vida o tus dedos los afectados.

Así, yo hice lo mejor que pude. Le hablé a mi paciente-actor directamente, como nos habían enseñado, que los resultados indicaban diabetes y escuche su respuesta intentado comprender que significaba para él este diagnóstico. Me di cuenta de que el paciente no sería capaz de absorber demasiados detalles sobre su enfermedad, así que me centré en dos, la realidad de los riesgos de esta enfermedad y el alto potencial para su autocontrol. Mis compañeros me dijeron que había hecho un buen trabajo, que usaba bien los silencios y que mostraba capacidad de apoyo.

Era miércoles de nuevo, dos semanas después de la primera visita al médico sobre el bulto de mi cuello. Yo actuaba como médico en el primer piso por  la mañana. Al final de la tarde estaría en la clase de Exploración física  de nuevo (esta vez el abdomen). Pero en medio, al comienzo de la tarde, yo volvía al primer piso. Era una paciente real con una cita real para oír los resultados de una biopsia real.

Llegué antes de que mi doctora estuviera preparada para verme. Me senté en la sala de espera, impacientemente me apretaba las manos, hasta que, finalmente, apareció. La seguí a través de los pasillos de la clínica mientras buscaba una habitación donde pudiéramos hablar. Notaba mi corazón desbocado.  Ella podría decirme enseguida que yo estaba bien y resolver el insoportable suspense pocos segundos más tarde ¿no?. Me dije a mi misma que sólo  quería  preservar mi intimidad y me diría tan pronto como encontrara una habitación que todo estaba bien. Todo bien.

Finalmente, una habitación vacía.

Un  “esto no es cáncer”, era todo cuanto yo quería pero en su lugar, yo tuve un “¿cómo van las clases?”

¿Cómo van las clases? Yo no podía soportar más tiempo y supliqué “¿puedes decirme algo ya?”

Yo miraba desde fuera y desde dentro. Parte de mi estaba en la pequeña sala del seminario, observando con qué gracia me daría las noticias. ¿Sería sensible a mi respuesta? ¿Me diría demasiado o no lo suficiente? ¿Cómo expresarlo mejor? Otra parte de mí se agarraba a cada una de sus palabras.

“Es cáncer”

Me habló lentamente un poco más y contesto a mis preguntas pacientemente. Mi mente estaba hecha pedazos. Incluso le dije “puedo necesitar preguntarte estas cuestiones de nuevo, realmente no estoy segura de haberlo absorbido todo” Ella respondió “Lo sé. Bien”. Era casi un guión que yo representaba involuntariamente: como mi paciente estandarizado que se molestó al oír que tenía diabetes. Yo primero desafíe los resultados “¿no habrá hecho el anatomopatólogo suposiciones al leer mi muestra? Tal vez sea una confusión”. Después me puse directa, apresurándome a hablar sobre lo  que vendría a continuación, lo que  ocurriría mañana, cuando me encontraría de nuevo con la especialista. Sólo al final me permití empezar a llorar.

Antes de dejarme, mi doctora hizo algo que yo necesitaba de ella, aunque no sé si lo aprendió en la escuela de medicina. Me dio un abrazo.

La consulta estaba vacía y yo no me encontraba bastante preparada para irme. Me quedé de pié en la sala de espera, frente a la clínica donde mi doctora trabajaba.  Donde yo era una paciente. Donde había escuchado que tenía cáncer.  Me volví hacia la clínica donde había estado esa misma mañana. Donde había entrevistado a pacientes, oído los latidos de sus corazones y aconsejado a la gente sobre el cese del tabaco.  El yo vulnerable frente al yo autosuficiente. El ignorante versus el sabio. El paciente versus el médico. Estaba sola, de pie, justo en medio de la sala de espera vacía, dando vueltas y más vueltas. Entonces llamé a mi madre.

Hablé con ella un rato y después llamé a mi mejor amiga dejando que las cosas penetraran lentamente como yo hablo con la gente a la que quiero. Al final de la conversación, una amable señora de edad media  que apareció de no se sabe donde, se disculpó por escuchar disimuladamente.

“Vas a ponerte bien. Tengo dos amigos que han tenido cáncer de tiroides y están bien ahora. Mi hijo ha ido de un lado a otro por necesitar cuidados médicos y por eso sé que es duro, pero una actitud positiva ayuda realmente”.

Al tiempo que me enjuagaba algunas lágrimas, alcé mi cabeza y miré alrededor de la familiar sala de espera una vez más. Decidí no ir a casa de mi madre ni encogerme y llorar, aunque sabía que habría sido bueno. En lugar de ello, cogí mi bolso y me dirigí escaleras abajo a aprender cómo hacer un examen físico del abdomen. Éramos todos estudiantes de medicina, pero por unas horas también nos convertiríamos en pacientes de nuevo.

Traducción libre no autorizada de Pilar Arroyo Anies para el grupo Comunicación y Salud

 

Fisher SH. Learning Patiently. Patient Education and Counselling 70 (2008):303-304


     

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