Hannah Arendt y los peligros de una práctica irreflexiva de la medicina.

Pedro Gargantilla Madera. Profesor de la Universidad Francisco de Vitoria

Resumen: La falta de reflexión en los actos que realizamos todos los días pueden llevar a los médicos a cometer prácticas que vayan en contra la bioética. Hannah Arendt nos advirtió de los peligros que pueden suponer caer en la “banalidad del mal”.

Hannah Arendt and the hazards of a non-reflective practice in medicine.

Summary: Lack of reflection in the actions doctors carry out every day can bring about non ethical practices. Hannah Arendt awareness us from these dangers that can bring us into the «banality of evil».

En nuestro quehacer diario los médicos estamos inmersos en complejos protocolos, órdenes, instrucciones y dictados procedentes de la Administración, de las sociedades científicas y de nuestros superiores. Pero, ¿hasta qué punto reflexionamos sobre ellos? ¿Damos por buenas modelos que quizás no lo son? No me refiero a la actitud crítica que todos tenemos fundamentada en la evidencia científica, sino a que, quizás, a veces nos dejamos llevar por la inercia y realizamos determinadas conductas que pueden atentar contra los principios de la ética médica, la cual debe presidir todos nuestros actos.

Un sistema excesivamente burocratizado y jerarquizado puede propiciar la falta de reflexión y los individuos pueden verse arrastrados por la maquinaria administrativa y cometer actos que quebrantan la bioética. La sanidad también tiene sus penumbras y debemos estar alertas para poner focos de luz donde sea necesario y en el momento en el que sea necesario.

Ante situaciones excepcionalmente complejas, bien por la presión asistencial o la escasez de los recursos sanitarios, los médicos podemos ser “víctimas” de actos verdaderamente aterradores aunque a priori nos puedan parecer ridículamente sencillos porque forman parte de una maquinaria perfectamente engrasada.

El mandato hipocrático de “Ofeleein i mi vlaptein” –ayudar o por lo menos no dañar- del libro primero de “Epidemias” sigue igual de vigente que hace veintiséis siglos, en contra de lo que han defendido enfermizamente algunos “científicos” de que la medicina, como bien social, justifica cualquier tipo de acción o experimento clínico.

Hannah Arendt (1906-1975) fue la filósofa más importante del siglo pasado. Con el paso de los años se ha convertido en el referente moral y político de las generaciones que contemplamos desde la distancia las políticas del III Reich y el Holocausto. Esta pensadora en su obra más famosa -“Eichmann en Jerusalén”- acuñó un vocablo que debemos tener muy presente en nuestra práctica clínica: “la banalidad del mal”.

Arendt asistió personalmente al juicio que se llevó a cabo en la capital israelí al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, el artífice de la solución final. La filósofa elaboró al final del mismo un polémico informe en el que refutaba que Eichmann tuviese una personalidad criminal, para ella era un mediocre funcionario que acató eficaz y ferozmente las órdenes de sus superiores.  Arendt llegó a escribir en uno de sus artículos al New Yorker: “a pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo”.

Para ella, en las decisiones de Eichmann no había odio, envidia o deseo de venganza, simplemente no llegó a plantearse la moralidad de las órdenes, únicamente su legalidad ya que era un funcionario cumplidor con su deber. No se puede decir que fuera un fanático antisemita pero lo que hizo no se sustenta, en modo alguno, desde la moral.

La filósofa alemana de origen judío reflexionó sobre la complejidad de la condición humana y lo difícil que puede resultar actuar dentro de las reglas del sistema sin reflexionar sobre cada uno de nuestros actos y sus posibles consecuencias. 

Ya siglos atrás el filósofo Immanuel Kant había señalado que la moralidad pasa por el respeto a la ley, Arendt añadió un matiz, siempre que la ley sea respetable. 

Cuando se aborda este tema conviene recordar uno de los diálogos de Platón porque nos puede ayudar a tomar decisiones complejas. Este filósofo griego en “Gorgias” puso en boca de Sócrates que “es peor cometer una injusticia que padecerla”.

Para finalizar, me quedo con una reflexión de Arturo Pérez Reverte en “Limpieza de sangre” que debe hacernos pensar: “…aunque todos los hombres somos capaces de lo bueno y de lo malo, los peores siempre son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros…”.

Bibliografía

. Gallardo G, Miguez L. Filosofía para todos. Oberón, 2019.

. Kottow M. Maleficencia y la banalidad del mal: una reflexión bioética. Bioética: conocimiento, ciencia y pertenencia social. 2014; 14(26):1-3.



     

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