Invitación a una lectura reflexiva-médica sobre “El Principito”

Dr. Ricardo Abengózar. Médico alergólogo profesor de bioética Universidad Francisco de Vitoria, Madrid

Resumen: Partiendo de la idea de que la medicina se inspira no solo del saber científico sino del humanístico, el autor nos propone la relectura de un clásico de la literatura francesa para niños y adultos y nos ofrece claves interpretativas que pueden enriquecer la práctica clínica.

Invitation to a reflective-medical reading about “The Little Prince”

Summary: Based on the idea that medicine has not only from scientific inspiration but also humanistic, the author proposes a re-reading of a classic of French literature for children and adults: “The Little Prince” and offers interpretative keys that can enrich clinical practice.

El Principito es un cuento para niños y una obra profunda para adultos. La obra trata sobre la búsqueda de un verdadero encuentro interpersonal, dando a entender la importancia de la dimensión relacional de las personas, como algo constitutivo de las mismas. Y es precisamente esto lo que nos hizo pensar que podría ser interesante en la reflexión sobre el encuentro profesional sanitario-paciente. Fue escrito por Antoine de Saint-Exupéry y publicado en inglés en 1943. Posteriormente se ha convertido en un fenómeno editorial y traducido a decenas de idiomas de todo el mundo. En la actualidad es la obra de la literatura francesa más conocida de toda la historia.

Los personajes

Este clásico de la literatura contemporánea ha hecho famosos a los personajes que aparecen, que tienen un gran poder simbólico:
• El aviador. Representa al autor mismo, ya de adulto, pero que no ha olvidado que era un niño.
• El principito es el personaje principal de la obra. Transmite el lado fantástico de la historia. Representa la infancia tanto ingenua como rebelde.
• La rosa. Simboliza el verdadero amor del principito. Es el objeto de todos los pensamientos del principito. Quizás está inspirada en la esposa del autor Consuelo Cunsín.
• El Rey. Vive solo, con la única compañía de una rata. Es un símbolo de las monarquías en declive de Europa. Simboliza el poder
• El Vanidoso. Quiere ser admirado y amado por todos. El personaje es la alegoría del consumo y la apariencia de la sociedad occidental.
• El bebedor. Está avergonzado de ser un alcohólico, de ser como es. Entonces, para olvidar que bebe, sigue bebiendo. Está sumergido en un círculo vicioso del que no puede salir.
• El hombre de negocios. El empresario cuenta y recuenta. Él no sabe lo que tiene pero su deseo es tener cada vez más. Simboliza el afán por tener.
• El farolero. Es el único personaje que encuentra el favor del principito porque es el único que trabaja para otros y que claramente proviene del mundo laboral. Pero trabaja sin poner el trabajo en su justo lugar (“es la consigna”).
• El geógrafo. Es un científico, que acomodado en su afán de conocimiento, no se atreve a salir al mundo. Está cómodo conociendo lo estable. No le interesa lo efímero o susceptible de cambio. Es quien envía al principito a la Tierra.
• La serpiente. Simboliza la muerte. Es quien, sigilosamente, morderá al principito para volver a su planeta.
• El zorro. Simboliza la sabiduría. Le enseña al principito dos ideas esenciales en el cuento. En primer lugar, lo esencial es invisible para los ojos y, en segundo lugar, que uno es responsable de lo que domestica, de lo que uno aprende a amar. Con el zorro el principito descubre que él es el responsable de su rosa.
• El encargado de las señales (el guardagujas). Es un personaje que controla el destino de las personas. Hace que el principito comprenda que los hombres nunca estarán satisfechos con su destino.
• El distribuidor de pastillas. Representa el consumismo. Es un personaje absurdo para el principito.

Aunque no son propiamente personajes me gustaría recalcar el simbolismo que creo encontrar en el avión, el desierto, los baobabs, el pozo, el alba y la estrella.
• El avión, es un elemento esencial en la vida del autor. No es simplemente una cosa, sino que es un instrumento vital para él.
• El desierto. Simboliza la soledad. Es el lugar del encuentro que a pesar de ser inhóspito puede llegar a ser bello. La vivencia de desierto (vacío, soledad) puede impulsar al hombre a buscar la verdad.
• Los baobabs. Representan al mal. Quizás simbolizan el nacismo que destruye el planeta, y al que hay que “recortar” perseverantemente.
• El pozo. Es donde se encuentra el agua que simboliza la vida, ese agua que satisface la sed del corazón.
• El alba. Es interesante que al alba llega el principito a la Tierra, y al alba se va. Creo que significa la luz que es necesaria para la búsqueda y que se logra como consecuencia del encuentro.
• La estrella. Simboliza el destino que todos anhelamos. En El Principito es el encuentro logrado.
Además hay otros personajes más pasivos: el sombrero, el astrónomo turco, una bestia salvaje, un elefante, una oveja, una caja, una rata, los hombres, el cazador, los pollos.

Qué podemos aprender los profesionales sanitarios del El Principito.

El principal valor que se trata en El Principito es el encuentro. El hombre es un ser en relación, que para lograr su plenitud ha de salir de sí mismo hacia los demás.
En la obra se descubren varios pasos que son necesarios para alcanzar un encuentro verdadero.

La vivencia de “desierto” y de peligro vital.
Ambos, el aviador y el principito, están solos y en peligro. Pero el peligro está en una dimensión diferente en cada uno de ellos. Para el primero es la supervivencia lo que está en juego. Para el segundo, algo mucho más valioso, el sentido de su vida. Busca el encuentro con lo valioso. Será capaz de perder su vida como camino para regresar a su pequeño planeta y encontrarse con su rosa. Esta obra nos puede ayudar a reflexionar sobre estos dos aspectos que afectan a nuestros pacientes y las implicaciones que eso puede tener en nuestro ejercicio profesional. La vivencia de soledad y de vacío existencial del paciente, pero también del profesional. Creemos que puede ser una herramienta útil para reflexionar sobre el sentido de la profesión y la prevención del Burnout. El desierto también simboliza el medio hostil (el ámbito sanitario) que a pesar de todo esconde un pozo de agua que mitiga la sed “del corazón”.

Las dimensiones de lo real
“-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito a fin de acordarse.” (87)
A veces las cosas no son lo que parecen. Una boa con un elefante en su interior puede parecer un sombrero. Una caja puede contener ni más ni menos que el mejor de los corderos, y ser mucho más que una caja.
En El Principito se nos enseña a descubrir que hay dimensiones de la realidad no objetivables, que no son susceptibles de ser valoradas mediante los sentidos ni mediante instrumentos de medida. Se escapan al método científico. Pero son dimensiones tan reales como las que sí son objetivables, y que incluso son más importantes para encontrar el sentido de la vida, de la enfermedad, o de la propia muerte: las creencias, los valores, la generosidad, el amor, la bondad, la amistad, etc.
Nos ayuda por tanto a fijarnos en la persona del paciente, con todas sus dimensiones. Nos ayuda a fijarnos en la persona enferma y no solo en su enfermedad. Nos ayuda a interpretar que los datos clínicos son necesarios, pero no suficientes. Los protocolos clínicos nacidos de la medicina basada en la evidencia, a partir de estudios científicos y sus correspondientes metaanálisis, miran parcialmente la realidad. Sólo miran los datos objetivables, pero olvidan las dimensiones no objetivables de la realidad. Ser médico es mucho más que aplicar protocolos. Incluso, a veces, ser médico supone saber que hay que saltarse el protocolo.

Cómo se llega al conocimiento de lo real
El zorro nos enseña cómo y cuándo se conoce verdaderamente la realidad:
“- Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro.”… (83)
“-¿Qué hay que hacer? –dijo el principito.
-Hay que ser muy paciente –respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…” (83, 84).

En la sociedad de la inmediatez en la que vivimos, escasea la paciencia .Queremos las cosas ya, exigimos respuestas ya, y muchas las tenemos al alcance de la mano (internet en el smart phone). Pero el descubrimiento de la verdad puede no ser inmediato. Muchas veces requiere tiempo, esfuerzo, constancia, saber gestionar las dudas, saber vivir con la incertidumbre, y perseverar. Y estudiar y pedir ayuda. Y un buen día, a veces de forma inesperada, se enciende una luz, se iluminan las claves. Claves que permiten ver lo profundo, leer en el interior de la realidad. En la práctica clínica también la prisa y la inmediatez pueden ser enemigas de una buena praxis. Estar atento a los detalles y perseverar en el esfuerzo, pacientemente, pueden claves para acertar con nuestra profesión.

La disponibilidad para el asombro y la acogida.
En las relaciones interpersonales es necesaria una disponibilidad a la acogida del otro.
En El Principito hay claras muestras de esa disposición. El aviador, preocupado con la avería del avión, tiene urgentemente que dedicarse a repararlo. Le va en ello la vida. Inesperadamente aparece el principito. Un niño en mitad del desierto, vestido de una forma rara, sin aparentes necesidades materiales, que llama la atención del aviador mediante preguntas “absurdas”. Atender esas preguntas va a restar tiempo al aviador en resolver la avería, y eso es urgente. Son tan absurdas que lo razonable es no hacer caso y continuar afanosamente con el trabajo mecánico.
Sin embargo, no ocurre eso. El aviador deja su urgente tarea. Se dedica a hacer dibujos ridículos, sin sentido, y a responder a preguntas extrañas. Es capaz de atender al principito dejando a un lado lo urgente. No se cierra en sí mismo. Se muestra abierto. Y no juzga al principito a pesar de que hace preguntas absurdas y no responde nunca a las que le hace el aviador.
En el trabajo médico, no es difícil anteponer la tarea del momento frente a cualquier imprevisto que pueda surgir. Llega un paciente de forma inesperada y le ponemos mala cara. Si le atendemos, para demostrar qué humanos somos, no podemos evitar mirar la pantalla del ordenador, o mirar más o menos furtivamente el reloj. Cuando el motivo de consulta nos aparece sin interés la concluimos rápidamente. Nos cerramos al otro, y lo justificamos fácilmente. Hacemos juicios sobre el paciente (es un hiperfrecuentador, viene siempre sin cita, es un rentista, nunca hace caso a lo que le decimos, etc.) y de eso decidimos acciones con él. No es posible una relación médico-paciente verdadera (encuentro) sin disposición de acogida del otro.

La “cosificación” del otro como manipulación de lo real.
-¿Qué es esta cosa?
-No es una cosa. Esto vuela. Es un avión. Es mi avión” (18).
Es interesante descubrir cómo para el piloto, su avión no es una simple cosa. Sobre este tema Antoine de Saint-Exupéry es reiterativo. En Piloto de guerra y en Tierra de hombres también trata el tema.
En el ámbito clínico no es difícil escuchar, en el parte de la mañana:
– “¿Qué ha ingresado esta noche?
– Dos caderas y dos rodillas”
Con esta pregunta se reduce de nivel ontológico a los pacientes. Se les compara con cosas. Se les despersonaliza. Con esa respuesta es posible que hayan ingresado dos, tres o cuatro pacientes. Tampoco es extraño que nos refiramos a la cadera de la habitación 304, para diferenciarla de la cadera de la 305. Los pacientes tienen nombre, pero se nos olvida. Es fácil despersonalizar la atención sanitaria. No es posible rehumanizar la medicina (pretensión en la actualidad de cualquier consejería de sanidad que se precie) si despersonalizamos al paciente, y lo transformamos en un caso más o menos interesante, o en una parte del cuerpo estropeada (cadera fracturada, lesión de menisco interno, etc.).

Los juicios equivocados sobre la realidad y sobre el otro.
Cualquier acción debe partir del reconocimiento de la realidad. En ocasiones, para justificar determinadas acciones, somos capaces de juzgar la realidad de forma interesada, sesgada, parcial. Con frecuencia esto lo realizamos con los comportamientos propios y ajenos, aunque la mirada sobre unos y otros suele ser bastante diferente. Solemos ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro. En El Principito se invita a la reflexión sobre esta cuestión en varios lugares. Por ejemplo, los prejuicios en la escena del astrónomo turco. No se escuchó su opinión sobre su descubrimiento cuando iba con vestimentas tradicionales turcas. Tuvo que ir vestido de occidental para que la comunidad científica le escuchara. O también, los prejuicios del propio principito con su rosa, antes de dejar su planeta.
De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia, y se sentía muy desgraciado” (41)
Cuántas veces hacemos juicios de valor por el aspecto de los pacientes o por lo que dicen. ¿Puede un acto médico depender de un juicio de valor sobre el comportamiento del paciente o de un prejuicio? ¿El médico tiene que juzgar el comportamiento o la indumentaria de los pacientes, y ajustar a ese juicio la asistencia dispensada?

Del reconocimiento de lo real se derivan consecuencias.
“- Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
-Soy responsable de mi rosa… -repitió el principito a fin de acordarse.” (87, 88).
El no saber descubrir la verdad sobre su flor produjo en el principito un sentimiento de decepción que le impulsó a buscar una amistad verdadera. En ese momento no se produjo el encuentro. El principito dejó de cuidar a su rosa y la abandonó.
Sin embargo, durante la obra el principito termina descubriendo cuáles son las claves del encuentro. Y finalmente, hace todo lo posible (incluso perder la vida) para regresar al lado de su rosa, para regarla y cuidarla de todo peligro.
Pero esta obligación de cuidados es aún mayor si dicho sujeto está en una situación de más vulnerabilidad. Es ni más ni menos la realidad de nuestros pacientes.
“No pudo decir más. Estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas. No me importaba ni el martillo, ni el bulón, ni la sed, ni la muerte. En una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, había un principito que precisaba consuelo. Lo tomé en mis brazos. Lo acuné. Le dije: «La flor que amas no corre peligro… Dibujaré un bozal para tu cordero. Dibujaré una armadura para tu flor… di…» No sabía ni qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo llegar a él, dónde encontrarlo. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas…!” (37, 38).
La sensación de impotencia ante situaciones difíciles, como puede ser el sufrimiento, se minimiza en el encuentro verdadero. En él hace falta estar con todo. Con toda la inteligencia, la voluntad y los sentimientos. Hace falta estar completamente presente, en un estado de “presencia plena”. Ese encuentro verdadero es iluminador. Nos va orientando. En la relación médico paciente el ver en el paciente a ese otro al que me debo, cuya realidad de persona única e irrepetible me lleva al asombro y me conmueve. Que además está enferma y me necesita. A mí, precisamente a mí. Me interpela de una forma indiscutible. Me obliga a hacer todo lo que pueda por ella. Pero es una obligación que se acepta de forma voluntaria, libremente.

El encuentro verdadero es fructífero, pero a veces hay errores de enfoque.
Cuando por diversas razones el médico se desorienta, y pierde el foco del sentido verdadero de la profesión y el núcleo que lo fundamenta que es la relación médico-paciente, puede desenfocar del objetivo verdadero. La tentación de poder, el prestigio, la fama, el dinero, el trabajo o el curriculum pueden desorientar al médico, y hacer que anteponga estos objetivos al objetivo verdadero que es el ayudar a los pacientes. El rey, el vanidoso, el contable, el farolero o el geógrafo, simbolizan estas tentaciones a las que puede verse sometido el médico.
El bebedor simboliza el vacío existencial. Es el destino de quien después de andar desenfocado durante el ejercicio profesional, se conduce hacia comportamientos de escape que en vez de ayudarle a recentrarse se descentra cada vez más. El síndrome de Burnout se hace presente. Cada día es visto en vez de como una nueva oportunidad para seguir ejerciendo la medicina, como una condena hasta la jubilación. Una pesadilla.

Conclusiones

El Principito es una obra corta de fácil lectura, que de manera amable nos puede proporcionar ideas para afrontar determinadas cuestiones importantes en la práctica médica.
Nos ayuda a realizar una reflexión sobre qué es la medicina y la realidad. En este sentido se puede trabajar el binomio problema-misterio. Los datos que alimentan la medicina basada en la evidencia no son suficientes para aproximarnos a la aprehensión de la realidad de nuestros pacientes, que están no tanto en la esfera del problema como en el de “misterio”.
Nos ayuda a realizar una reflexión antropológica, dándonos argumentos para comprender que las personas somos seres de encuentro. La relación médico-paciente es un encuentro muy especial que todos los médicos debemos comprender. Es un encuentro interpersonal, pues persona es el paciente y persona es el médico. Los reduccionismos biologicistas despersonalizan al paciente y al médico, y por tanto, impiden una relación verdaderamente humana.
Nos ayuda a realizar una reflexión ética. La realidad del paciente (“la rosa”) me debe interpelar. Se trata de una persona enferma y vulnerable, que junto con el médico constituye una nueva realidad, en el encuentro, en el que un yo y un tú se encuentran para constituir un nosotros.
También no ayuda a una reflexión sobre los fines de la medicina es decir, de búsqueda el sentido de la profesión y de la propia vida. Nos anima a buscar la “estrella” que debe orientar la vida del médico, que debe iluminar cada acto médico.
Consideramos que puede ser una herramienta docente interesante para favorecer la formación de profesionales sanitarios en activo y de estudiantes de profesiones de la salud. En la bibliografía se muestran algunas de estas experiencias.

BIBLIOGRAFÍA

• Marañón, G.: En Juderías, J., Primera Antología Española de Médicos Poetas, Editorial Cultura Clásica y Moderna, Madrid 1957.
• De Saint-Exupéry, A.: El Principito. Alianza editorial, Madrid, 1972
Las referencias aparecidas en el texto señalan entre paréntesis la página donde se encuentran en esta edición de El Principito.
• Abengózar Muela, Ricardo.: El Principito de Antoine de Saint-Exupéry como herramienta docente para biotecnólogos. Cuadernos de Bioética (94) XXVIII 2017/3ª, 395
• Morgan Sepúlveda, Irene; Abengózar Muela, Ricardo.: El Principito como material docente universitario para la formación bioética de alumnos de ciencias biosanitarias. Cuadernos de Bioética (94) XXVIII 2017/3ª, 401

     

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