Experiencias Docentes: “Desde los semilleros de la medicina de familia”

Silvia Barreto Cruz

Médico de familia

Unidad de Medicina de Familia y Comunitaria

“La Laguna-Tenerife Norte”

 

Resumen: En este artículo, una tutora de medicina de familia de la UD de La Laguna, transmite algunas reflexiones sobre la experiencia de aplicar un programa formativo que tiene como eje el “especializarse en personas”. El programa Spica (Rotación Spica 2012) representa la organización estructural y metodológica que en un espacio físico propio pero paradójicamente hospitalario el médico de familia ofrece este servicio especializado y el residente aprende a trabajar de una forma integral e interdisciplinar, pues Spica supone además un magnífico ejemplo práctico de interprofesionalidad.

 

Una triple tarea

            La Unidad Docente de mFYC de  La Laguna fue mi cuna como médico de familia. Me formé en ella como residente y con posterioridad se me brindó la oportunidad de formar parte del equipo que la integra: un equipo clínico asistencial, docente e investigador. Día a día desempeño esta triple labor: asistencial (planificando cuidados al alta de pacientes complejos ingresados en el hospital), docente (tutorizando residentes de Medicina de Familia, colaborando con la tutoría de estudiantes de enfermería e impartiendo talleres relacionados con las herramientas clínicas específicas de nuestra Especialidad) e investigadora. Este desempeño me da la oportunidad de enriquecer mi experiencia como médico de familia y de observar la maduración de los residentes a lo largo de su formación.

El valor de un médico de familia en el hospital

El Spica, que así se llama la parte asistencial de nuestra Unidad, nos permite ser médicos de familia dentro del hospital y aplicar nuestra tecnología (el método clínico centrado en el paciente y las diversas herramientas que él contiene) colaborando con el resto de especialistas y personal sociosanitario en la planificación de cuidados al alta de pacientes. No es frecuente que otro especialista interconsulte a un médico de familia pero es precisamente eso lo que está nos ocurriendo a nosotros. El resto de especialistas del hospital han descubierto en el médico de familia elementos de valor que él no tiene pero que necesita para resolver adecuadamente sus casos, y nos llaman.

Este marco de trabajo nos obliga a una formación continua no sólo en biomedicina y en enfermedades menos frecuentes en Atención Primaria sino también a perfeccionar constantemente nuestras herramientas específicas como médicos de familia.

Es grato comprobar cómo otros especialistas ven en nuestro trabajo elementos de valor que complementan los suyos. Quizás no terminan de saber cómo lo hacemos (tampoco nosotros sabríamos realizar una colecistectomía sin destrozar parte de las estructuras adyacentes). La necesidad del especialista  de  dar continuidad a sus intervenciones (que sus pacientes se curen tras su colostomía por un tumor rectal, que continúe la rehabilitación la señora con un ictus isquémico tras tratamiento fibrinolítico, …) abona nuestra presencia.  Nuestra intervención ayuda a los pacientes pero también enriquece el modelo hospitalario, con una visión de los casos centrada, individualizada, que humaniza el proceso asistencial y añade calidad a las intervenciones de otros especialistas.

Observando la transformación del residente en el Spica

La llegada del residente

Es el hecho de disponer de ese espacio para el desarrollo de actividad asistencial el que convierte nuestra Unidad Docente en peculiar, claramente distinta a otras unidades.  Durante su rotación específica en Medicina de Familia-Spica, el residente de segundo o tercer año no sólo consolida sus habilidades clínicas específicas sino que de alguna forma, comienza a ser “incapaz de trabajar sin utilizarlas”. Los primeros días, es testigo del manejo integral de los casos dentro del hospital;  acompaña a los enfermeros y médicos que conformamos el equipo a la hora de realizar la valoración integral de nuestros pacientes, y comenzamos a hacerlo partícipe en la construcción de significados, elaboración de hipótesis y planes de cuidados.

Es cierto que optamos por una docencia centrada en el residente, permitiendo espacios donde puedan expresar sus temores, sus dificultades a la hora de realizar la valoración integral o esbozar las intervenciones.  Pero lo que sí considero que les permite dar el salto de la pasividad a la responsabilidad compartida, es la necesidad de lograr autonomía en la realización de esas valoraciones e intervenciones. Es así cuando comienzan a surgir sus dudas: “¡Este paciente rechaza mi valoración, no quiere contestarme!”, “me dijo que estaba bien de ánimo, pero no quiso hablar sobre el motivo  de su ingreso, ¿por qué, si es sólo una colecistitis?”.  Una vez expuestas estas dudas por parte del residente,  intentamos dar lugar a otras hipótesis, con más preguntas como respuesta que los ayuden a reflexionar  y a enfocar los casos hacia una relación de ayuda con los pacientes. Intentamos  recalcar la importancia de una buena valoración; la constatación de los datos obtenidos de la historia de los pacientes, la exploración de la experiencia de enfermedad teniendo en cuenta que trabajamos en el marco hospitalario y que  las personas están sufriendo un proceso agudo, generalmente grave, que modifica su funcionalidad y su estado de ánimo, la búsqueda de la evidencia a través de preguntas concretas sobre toma de decisiones con respecto a sus pacientes, la búsqueda de ese espacio común permitiendo al paciente expresar también sus dudas, desacuerdos o temores… Son elementos, herramientas, que el residente aprende a incorporar a su práctica, cuando las percibe necesarias, para ser mas resolutivo.

El residente comienza a volar solo en el Spica

En otras rotaciones, muchas de las valoraciones de pacientes que realiza el residente  son parciales, o terminan siendo más propias de un encuestador que de un médico  (test de memoria, test de estado de ánimo, escalas, …). Puede llegar a convertirse en una formación  para la incorporación de consignas o automatismos clínicos, sin un objetivo claro, nada reflexiva.  Adquieren una visión más amplia de la Medicina de Familia, lejos del mencionado concepto del médico derivador o repetidor “Antes lo hacía todo de forma mecánica, ahora le veo el sentido y resuelvo”.. Recuerdo cuando una residente comentó en sesión lo animado que encontraba a su paciente don E.; nos extrañaba tanta alegría, y la acompañé en su siguiente pase de planta. Bastó que le preguntáramos a don E. por la razón de su acento andaluz para que su tristeza emanara de golpe. En ese momento, nuestra residente aprendió que la valoración de la esfera afectiva no sólo pasa por unas preguntas estandarizadas… debemos ir más allá, debemos acercarnos al paciente, a lo que le importa, a su historia y sus porqués, y abrir canales donde puedan expresar lo que sienten, sin vergüenza y sin temor. A través de esta rotación específica avanzan en el descubrimiento de lo que considero constituye la esencia de la medicina de familia y experimentan su utilidad.

En eso consiste nuestra tarea como formadores de médicos de familia: en enseñar a bajar “a pie de obra”, no sólo a entender la enfermedad (que hay que sabérsela muy bien), sino a la persona que enferma, a visualizar el problema que relata el paciente y expresarlo en términos que sea susceptible de ayuda, a saber escuchar, respetar y acompañar, a ser realista y aprender a individualizar  las situaciones, conociendo al otro y conociéndonos a nosotros mismos.

Considero que nuestros residentes no sólo tienen la oportunidad de desarrollar de una forma práctica los conceptos aprendidos, sino de incorporar valores que quizás no encontramos en los libros, o en las búsquedas virtuales: aprendemos a trabajar en equipo, aprendemos de la experiencia de nuestros compañeros enfermeros (nada es “del médico” o “de enfermería”… aprendemos a que todo es del paciente). Este enfoque de ambos profesionales enriquece la intervención y permite planes más exitosos en términos de salud y satisfacción para todos.  Cada mañana realizamos sesiones clínicas de equipo donde comentamos casos complejos; se crea un espacio donde el residente escucha y participa en la toma de decisiones propia y  de otros, a veces con disparidad de criterio; además, en planificación del trabajo diario le va enseñando a desarrollar la capacidad de tomar decisiones, de delegar y de  integrar la visión de otros compañeros del equipo o de otros especialistas.

            El Spica es terreno de entrenamiento para que los residentes aprendan y apliquen el método clínico centrado. La necesidad de resolver los casos es la que los empuja a hacerse con el Método, y no al contrario. Como dijo Benjamin Franklin, “dime y lo olvido, enséñame y recuerdo, involúcrame y aprendo”. También se ha convertido en una estrategia para generar la necesidad de estudio.  Pero un estudio diferente al que te conduce una clase teórica; el residente deja de ser testigo para ser parte activa del proceso, y por tanto, su estudio, orientado a casos concretos, a dudas concretas, le es útil, práctico y se traduce no sólo en conocimiento sino en resolución y satisfacción. Y es el propio residente el que termina por experimentar este proceso, esta transformación y maduración sintiendo que aporta valor a las intervenciones con sus pacientes,  que ha desarrollado habilidades clínicas que lo convierten en profesional distinto, cualificado para atender a sus pacientes, pudiendo trabajar los casos  de igual a igual con otros especialista. “este paciente se niega a irse, mira a ver lo que puedes hacer, por nuestra parte está de alta …”, “¿Cómo lo convenciste para que aceptara la insulina?”,  “¿Cómo conseguiste que su familia aceptara cuidar de él en casa?” son frases que acostumbramos a escuchar en el hospital cuando otros compañeros especialistas solicitan u observan nuestras intervenciones. Es la aportación genuina, específica de la Medicina de Familia la que nos hace ser cada vez más útiles. Se trata de establecer un modelo colaborativo, donde el médico de familia se complementa con otros especialistas para mejorar la salud o los cuidados de sus pacientes; el residente observa, y gradualmente percibe, que es  necesaria la presencia de especialistas en enfermedades, pero que también la nuestra aporta mucho valor ya que somos los especialistas en las personas que expresan esas enfermedades y que nos llaman por eso.

Aprendiendo para formar

            Debo recalcar que uno de mis objetivos como docente de esta Unidad es ayudar al residente a acercarse a la esencia de su  utilidad como especialista,  a fomentar su automotivación y su sentimiento de autoeficacia.

Ser centrados en el residente  exige mantener el difícil equilibrio entre el paternalismo y permitir la equivocación. Exige ir de la mano en los momentos iniciales, pero también ser capaz de soltarla, fomentando de forma progresiva, que tomen sus decisiones y se responsabilicen de los resultados de las mismas.

            No obstante, la tarea de docente es muy exigente:  exige autoformación continua y una actitud reflexiva para reconocer las limitaciones personales; acostumbro a aprovechar los casos que comparto con el residente para trabajar yo misma aquellos aspectos de la valoración integral que considero me resultan más complicados o aquellas enfermedades cuyo manejo debo desempolvar. La frescura del residente y el hecho de explorar sus dudas, ayuda a resolver las mías, me ayuda a cuestionarme cosas que hacía tiempo no me cuestionaba y a realizar autocrítica cuando percibo que una intervención que estoy diseñando me aleja de la realidad de la persona a la que trato de ayudar.

            Considero que la tarea de docente en Medicina de Familia no es una mera transmisión de una “letra aprendida”;  ayudar a un médico a hacerse un buen médico de familia pasa por ser capaz de transmitir la idea de que debemos aprender (como dice McWhinney), a “escuchar no sólo con los oídos, sino también con los ojos, la mente, el corazón y la imaginación”. Y debemos servirnos precisamente de todos estos sentidos para acompañar al residente en su camino. Escucharlo, observarlo, guiarlo en el pensamiento, comprendiendo, y por qué no, permitiendo creatividad. Así, enseñar también se convierte en propio aprendizaje.


     

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1 respuesta

  1. Aracelys dice:

    Dra creo que a olvidado mencionar, que durante la rotación de SPICA, se hace Medicina de familia en FAMILIA, y que al aprender a valorar integralmente a los pacientes, descubriendo sus vivencias, analizando sus temores y trabajando con un equipo maravilloso desnudamos en parte nuestras almas y creamos un vínculo que va más alla del aprendizaje, más alla de una rotación…

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