Daño colateral

Narrativa Clínica
Rosa Magallón. Médico de Familia. Profesora de Medicina. Zaragoza


Nunca me ha gustado la frivolidad con que se habla en la prensa de los daños colaterales de las guerras, para referirse a muertes inocentes o a muertes de los propios soldados por error,….Curiosamente son muertes inocentes de personas anónimas pertenecientes a otros países, llamados así desde los despachos de los que mandan mucho y mal. ¡Me parece tan duro e hipócrita referirse a la muerte inútil como un “daño colateral”!

Nunca pensé que sentiría en mi propia experiencia profesional, una vivencia cercana, y próxima, tan parecida al frio “daño colateral” que acostumbramos a oír. Cuando sucedió todo, este concepto adquirió nombre, cercanía, dolor, y desazón. ¿Qué sucedió? ¿En qué momento pude escuchar alguna señal de lo que estaba sucediendo y no me percaté de ello?

Él se llamaba Gabriel. Tenía 54 años, trabajador manual, de los que vienen ocasionalmente a la consulta por una gripe, una lumbalgia y con los análisis del trabajo en perfecto estado de revista. Después, en paro antes del inicio de la crisis, varios años ya, qué mala suerte! porque el despido de una empresa donde había trabajado durante muchos años, le pilló alrededor de la cincuentena y antes de la debacle, del inicio oficial de la depresión económica, de la constatación de que no había brotes verdes.

Venía a la consulta al principio animado, algo despreocupado, por cuestiones banales, porque “ahora que no trabajo tengo más tiempo de venir a verte” Incluso Silvia, mi residenta, en su cuarto año, en ese periodo en el que atisban el final de su contrato y viven la inestabilidad laboral futura como una amenaza ya próxima……incluso ella, se sorprendía del relativo optimismo de Gabriel. “pues sí que parece relajado este hombre, 50 años y en paro, yo que tengo 29 y me voy al paro en unos meses, estoy casi más preocupada que él”. Una de los aprendizajes que hacemos de los pacientes, valiosos para nuestra propia vida, es que se aprende a relativizar la gravedad e intensidad de nuestros propios problemas, casi siempre menos importantes de los que nos parecen. Sin duda Silvia estaba haciendo un ejercicio inconsciente en este sentido.

“Ya encontraré algo, soy bueno trabajando…”. Establecimos buena relación en la consulta: era un hombre culto, discreto, amable. Pero conforme le iban cerrando puertas, mes a mes, se iba dando cuenta de su situación. Así, el optimismo moderado que mantenía al principio, se fue transformando con el paso del tiempo en una mirada más huidiza y una percepción progresivamente realista de su propia situación.

Y empezaron los problemas de sueño. Venía ocasionalmente a por pastillas para dormir, que nosotras mismas le prescribimos, sin preocuparnos demasiado. “Es normal que no pueda dormir, para todo tiene,…” era uno de nuestros comentarios habituales cargados de cierta lástima al repasar los pacientes del día. Ahí se quedaba todo.

Después nos dimos cuenta de que había alguna cervecita de más, para animarse, se notaba la ansiedad porque se acaba el paro y no quería ser una carga para su hijo. Aunque mi residenta y yo tratábamos de animarlo, modelo paternalista y compasivo, “ya encontrarás algo, no te desanimes, etc, etc”, él siempre nos daba las gracias por el esfuerzo, pero no nos creía. Movimos lo que pudimos con la trabajadora social para su reinserción laboral. Inútil. O quizá insuficiente,……..esa línea roja entre lo socio y lo sanitario, ámbitos que se unen tradicionalmente en una palabra que una dice de corrido “sociosanitario”, pero que en la realidad van por caminos bien diferentes…..

A falta de soluciones efectivas, buenos son unos antidepresivos. Gabriel aceptó tomarlos sin rechistar, un día en que Silvia se los prescribió a la vez que se despedía de él, “acabo mi residencia, que tengas suerte, estas pastillas te vendrán muy bien,…” Resumo brevemente esta consulta pero sé que en ella primaron dos emociones por parte de Silvia: la de su propia despedida y la de su intento de aliviar el deterioro emocional de Gabriel antes de irse.

El dinero se iba acabando. Y se produjo un primer intento de suicidio, al poco tiempo del inicio del tratamiento farmacológico. Fue como una llamada de atención. “¡Venga hombre, no nos des estos sustos, que ya verás como todo mejora!” Para entonces se había incorporado ya mi nueva residenta,…..Y Gabriel tenía ya pocas ganas de sincerarse con una nueva médico. La confianza que se generó con Silvia, que vivió el proceso de enfermar de Gabriel desde el principio, nos pilló ya a contrapié ahora. No había ganas de contarle las cuitas y desgracias de nuevo a alguien. No hay feelling ni relación de confianza entre dos si uno no quiere.

Hubo otro intento más, unos meses después: psicofármacos y alcohol. Lo encontró su hijo con un hilo de vida. Salió de nuevo, como si en realidad, tuviera algo de esperanza todavía. Entonces decidimos que nos lo citábamos cada poco, a ser posible en consulta compartida entre las dos, para animarlo y controlar que estaba “aceptablemente” bien. “Estoy bien, no os preocupéis, me va bien estas pastillas para la depre que me dais”. Las pastillas no se las poníamos en la receta de largo tratamiento, así lo obligábamos a venir a contarnos que tal íba. Curioso que tras dos intentos frustrados de suicidio, venia puntualmente, quincenalmente, durante al menos seis meses y charlábamos hasta del tiempo y del futbol. Parecía, a mí me lo parecía, que las pasillas le mantenían en un estado anímico aceptable y que había aceptado su situación “social” con una saludable resignación. Gabriel venía y decía: duermo más o menos bien, estas pastillas deben de tener algo porque estoy como más animado, a ver si se acaba la crisis de una puñetera vez y me sale algo, no os preocupéis que ya no voy a hacer ninguna tontería, o vaya trabajo que tenéis, cómo está la sanidad y el país, y no digamos el Zaragoza, qué pena en segunda,…. Pero aunque ya no buscaba trabajo y lo sabíamos, nos parecía que estaba mejor, nos acomodamos a verlo quincenalmente y no vimos nada más que nuestra autocomplacencia de querer verlo mejor. “Ves? Para que luego digan que los antidepresivos no van bien!” Comentario habitual al final de la consulta.

Puñetera crisis que generan unos, la pagan otros, pero no hay problema, se resuelve con antidepresivos.

Hace dos meses que no lo veíamos, pero con la vorágine de la consulta, a veces no echas en falta las cosas importantes. Perdón, no las cosas, las personas que realmente te necesitan. Quizá coincidió que vino a vernos y estábamos de libranza de guardia, de día libre, de reunión en la unidad docente,…..no lo sé. O quizá simplemente dejó de venir y no estuvimos pendientes. ¿Podríamos haberlo evitado simplemente si lo hubiéramos llamado, si nos hubiéramos dado cuenta de que ya no venía? Es normal que mi nueva residenta no se percatara,…a fin de cuentas ella había conocido a Gabriel a mitad de un proceso asistencial, a veces no se captan detalles que da la experiencia. Silvia en cambio, vivió la última historia de Gabriel desde el inicio de su propia crisis, pero las circunstancias hicieron que no pudiera acompañarme y acompañarlo hasta el final. Quizá ella hubiera estado más atenta a esta banalidad y superficialidad con la que adornaba sus últimas visitas. ¿Y yo? ¿Dónde estaba mi ojo clínico?, ¿de vacaciones? ¿Cómo se me escapó, cómo no lo vi?

Qué importante “perder” ese tiempo que no tenemos y que escasamente reivindicamos, en escarbar en lo importante, que a veces se camufla en pequeños detalles, “demasiado contento para que sea verdad” ……ese tiempo que no tenemos y que nos hace ver lo que queremos que sea y no lo que realmente es……”que bien le han ido los antidepresivos verdad?”
Silvia no daba crédito. ¿Quizá ella, que lo conocía bien, hubiera captado la situación mejor que yo? Lástima de rotatorios, fines de contrato y demás,….Una de las emociones que a veces nos pasan a los tutores es la soledad, de nuevo la soledad, cuando te abandona un residente ya maduro, compañero, con el que has compartido y aprendido tanto……Quizá Silvia,……..

Lo consiguió a la tercera, casi dos meses después de nuestra última visita. Había acumulado todas las pastillas antidepresivas que iba guardando sin tomarlas, para no fallar esta vez. Lo encontró su hijo, una semana más tarde.
Se llamaba Gabriel. Una muerte inútil. Un daño colateral de una crisis y de un sistema “socio y/o sanitario” que nos arrastra y a veces no nos deja ver lo importante, lo vital en las personas a las que atendemos.
Se llamaba Gabriel. No me lo quito de la cabeza.

     

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1 respuesta

  1. Juan Carlos Arbonies Ortiz dice:

    Gracias Rosa por tu bello relato. Por recordarnos que tenemos que estar siempre atentos a observar los pequeños detalles y descubrir lo que necesitan los pacientes. A pesar de todo , a mi también me pasa que no puedo llegar a todo ni todos. Creo como tú ,sin embargo que es importante cuestionarnos si lo podríamos haberlo hecho de otra manera.Esto me ayuda a seguir aprendiendo a ayudar a mis pacientes.

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