“Fronteras” de José Luis Sampedro.

Comentario: Lola Fernández Herrera

De todas las fronteras a la que la vida nos arrastra, la enfermedad es la que más se evidencia como tal y José Luis Sampedro nos entrega sus reflexiones en una de sus vivencias fronterizas: su estancia en el Hospital Monte Sinaí de Nueva York debido a un grave problema cardiaco. Ellas conforman, junto con su discurso de ingreso en la RealAcademiade la Lengua, el libro Fronteras.

Nos sorprende su pequeño formato, su papel “biblia”, su encuadernación. Evoca un antiguo libro de oraciones, para tener junto a nosotros y confortar nuestro espíritu.

Monte Sinaí es su segunda parte. Con las notas que Sampedro escribió durante su ascensión al borde de la que creyó su última frontera, rememora sus estados, sus sensaciones y sus emociones desde que llegó al Hospital. La frialdad mecánica del primer encuentro, deshumanizada acogida de máquinas y cables que desencadena la pasividad absoluta del paciente, que no puede ni tiene nada que hacer en aquella tierra de nadie.

La humanización progresiva, la atención de  las personas. El médico que explora, explica, tranquiliza, La médico que diagnostica, que literalmente “no trata casos sino pacientes humanos”. La enfermera que consuela, enseña y sirve de vínculo con los demás.

A ellos se agarra el paciente, hasta entonces naufrago del barco del viaje infinito a merced de la tormenta.

José Luis Sampedro nos da las claves de lo que debe ser la relación entre médico y  paciente: en éste la entrega, el ponerse en sus manos, el dejarse hacer, basada en la confianza y no en la resignación del que está en inferioridad de condiciones. En aquel la exploración, no sólo en su vertiente propedéutica, sino como acercamiento físico y emocional, la comunicación, la información, que consiguen la incorporación del propio paciente al equipo de tratamiento, colaborador de su propia recuperación.

El autor mientras tanto nos deleita con referencias literarias intercaladas en la descripción de  los avatares de su proceso, de su peregrinación en el monte sagrado. Agnóstico, sus divagaciones en torno a las fronteras de la vida están empapadas de los mitos trascendentes de las antiguas culturas, ángeles y dioses de distintos paraísos.

Los setenarios, tomados dela Vidade San Jerónimo, trazan el recorrido de su vida, sus tramos y sus fronteras, con la vista panorámica que le ofrece la cima del Sinaí.

Ese recorrido por nuestra vida, fugaz e involuntario ante un tránsito inminente o reflexivo y  consciente cuando la salud se troca en dolencia, es inherente al ser humano indefenso ante la enfermedad, que le acerca como una ofrenda a la muerte.

Sampedro por último, ante la certeza del desenlace y la incertidumbre del cuándo y el cómo, reafirma el derecho a morir y morir con dignidad como única forma de enfrentarlo, inseparable del derecho a vivir.

Y nos alienta, con las palabras más bellas, a acercarnos al precipicio, no por donde no ofrece paso, sino por donde comienza el delgado hilo que es el puente Shinvat, donde un ángel guía a las almas dignas.


     

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