Amsterdam. Autor: Ian McEwan

Comentario de Roger Ruiz Moral

Es una sátira cruel pero en muchos momentos resulta hasta divertida. Las historias de McEwan suelen mantener en vilo al lector hasta el final, pero a la vez su prosa elegante y cristalina (¡que bien también tener buenos traductores!, en mi caso Zulaica en Anagrama) nada de experimental ni arriesgada y que lo entronca directamente con los grandes escritores anglosajones del XIX, hace que la lectura de cada pasaje sea realmente un momento de disfrute continuado y desde luego alivia las prisas por avanzar hacia el desenlace. Esto ocurre con Expiación, para mi su obra más conseguida, con Sábado, Sábado, con Chesil Beach o con Niños en el Tiempo. También es el caso de Amsterdam. Pero miremos la obra desde la perspectiva profesional. Amsterdam toca de una manera original, despiadada pero satírica el problema ético de la eutanasia.

El marco general es una crítica muy aguda a la generación que ahora está en el poder, aquellos que se encuentran en la década de los 50 más o menos. La hipocresía no es exclusivamente un carácter dominante de los ingleses, McEwan lo extiende a la forma de ser civilizada occidental (aunque bien es verdad que los anglosajones la representan bastante bien), pues en su lectura digamos que no solo reconocemos gente muy cercana a nosotros sino, por qué no decirlo, a nosotros mismos (ya se sabe eso de “el que este libre que tire, etc”). La falsedad en la que vivimos está agudamente retratada en esta obra, en la forma en que se abordan aspectos como la debilidad de la amistad y las ansias de poder que hacen de la traición, principalmente a los principios que parecen gobiernan nuestras educadas existencias, una forma inevitable en nuestro comportamiento. También todo esto refleja muy bien por qué nos vamos aislando a medida que crecemos y envejecemos, por qué perdemos nuestros anclajes, nuestra sinceridad y por tanto nuestro valor más rico: el de la amistad, o el del amor, aunque sé que cualquier psicoanalista o etólogo me reprocharía que nada de esto es altruista,…pero para zafarme de esta crítica añadiré que me refiero a ese amor y amistad de juventud (¿?)… Y si no, por qué morimos solitarios y en muchos casos, al menos desde la perspectiva juvenil que aún recuerdo,… de manera indignante.

Clive y Vernon y también Garmony y George han llegado a la cima profesional y con gran éxito. Todo son formalismos y buenas maneras en el entierro de Molly. Ella era la mujer que trajo locos a todos estos y al parecer una mujer muy diferente a ellos, más sincera y natural, espontánea, creativa y atrevida (otra vez la mujer muy por encima del hombre, se repite demasiado este tema). Sin embargo una enfermedad degenerativa la fue consumiendo y confinando hasta el final, un final que ella misma no pudo controlar y desde luego desear. Esta situación podría ser el punto de partida para la reflexión ética sobre la eutanasia. Viendo lo que le ha pasado a Molly, uno se echa a temblar, por eso cuando Clive y a la vez Vernon empiezan a notar síntomas raros en las manos, en media cabeza, una especie de adormecimientos, o parestesias, sinestesias varias, incluso discreta pérdida de fuerza (curiosamente igual que empezó Molly) creen que deberían establecer su voluntad anticipadamente respecto a como quieren acabar antes de que sus respectivas enfermedades (imaginarias) progresen a sus catastróficos e indignantes estadios finales. Se puede ver en este comportamiento ese rechazo visceral que siente todo occidental a cualquier forma de sufrimiento pero no voy a entrar en esta polémica, aunque desde luego entronca con la otra de la eutanasia. McEwan hace tan buenas descripciones de los síntomas de estos dos hipocondríacos como de sus temores e ideas. Y claro Amsterdam es el lugar idóneo para llevar a cabo sus planes preventivos. La obra revela sin duda de manera exagerada y, como digo a la vez divertida (es realmente una novela en algunos momentos de claro humor negro), los peligros que conlleva la aplicación de la eutanasia. Siempre hay francotiradores dispuestos a relajarse o a interpretar las situaciones de manera que favorezcan los intereses que egoístamente perseguimos sobre todo si pueden estar bajo el paraguas de leyes, es decir si podrían amoldarse a situaciones que sin duda requerirán esfuerzos razonados de hasta que punto cumplen o no cumplen con aquellas …y esto supone en la mayoría de las ocasiones un difícil, trabajoso y costoso esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a llevar acabo. Esto realmente muestra lo delicado del problema y creo que su lectura nos puede hacer caer en la cuenta de la importancia del mismo, especialmente si nunca nos hemos parado a pensar seriamente en ello o si inocentemente hemos creído (generalmente por lo dicho anteriormente) que cuando se legisla sobre cualquier asunto, nuestros legisladores saben lo que hacen y controlan todas las posibles situaciones…(pensamiento este bastante frecuente). A este tipo de reflexión creo que nos puede llevar también la lectura de esta obra. Amsterdam es el paraiso de la eutanasia lo que permite a nuestros dos protagonistas llevar a cabo sus planes …que ciertamente, como podrá imaginar el lector, no son demasiado honestos. El final es un final digno de nuestro Valle Inclán.

     

1 respuesta

  1. abel novoa dice:

    Todo tiene perversiones. Por ahora, el dolor y el daño que produce la perversión de «vivir a toda costa» supera con creces a las que puedan derivar de la eutanasia. Es mi opinión. Gracias por la reseña. Me gustó mucho también Expiación y Cecil Beach es muy notable. Voy a por Amsterdán

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *