Experiencias de un superviviente

Jose Antonio Jiménez Angulo
Soy Ingeniero de Caminos, soy mas bien tímido, «boomer» y dedicado al mundo de la depuracion de las aguas, tuve la suerte de que la vida me diera una segunda oportunidad y tuve la inmensa suerte de conocer y disfrutar de la Salud Riojana primero y Madrileña despues, a los que estoy enormenente agradecido. Desde mi perfil técnico y científico no era de esperar que despertaras el interés por la faceta mas artística y sensible, pero mi tiempo de baja lo hizo. Sirvan mis textos para mostraros la experiencia casi mística de un «Renacido en Ezcaray» como me gusta llamarme y también sirva el cuento de agradecimiento al maravilloso servicio de Rehabilitación Cardiaca del Hospital Ramon y Cajal de Madrid para hacerlo extensible al personal del Hospital de San Pedro de Logroño, al sacrificado personal sanitario de este país, que en estos días lucha por defender derechos que deberían haber conseguido hace muchos años y por supuesto al maravilloso cuerpo de la Guardia Civil y a mi esposa Inma que gracias a ambos y a sus conocimientos de las maniobras de reanimación cardiaca y a su sangre fría me permitieron seguir entre vosotros tras sobrevivir a una parada cardiaca extrahospitalaria en un entorno rural como es Ezcaray, durante 28 minutos y tras 5 chispazos de un desfibrilador
Un día, llegará, seguro
Lo peor de ser humano no es ser consciente de ser efímero, lo peor es no saber cúal será tu último día, te lo digo yo, que el último día me llegó por sorpresa, sin verlo venir, como le pasó a mi padre.
A mi padre le pilló en el agua, en la playa de poniente de Benidorm y sin desayunar, a mí al menos me cogió en un sitio mas idílico -al menos para micofagos como yó-, Ezcaray, y además con el estómago bien nutrido de trompetas de la muerte -paradojas del destino- y caracoles guisados con níscalos.
El destino que marcan las líneas de mi mano, hizo que ese día no condujera yo de vuelta del restaurante de Santurde, sino Inma que nunca quiere coger el coche. Eso sí, de aparcarlo no me libré, bueno al final sí,….
Tras bajarme del coche para darle la vuelta y sentarme en el puesto del conductor, refunfuñando como siempre, caí al suelo desmayado, cuando Inma salió a ver que me pasaba, ya estaba en pie y montándome de copiloto.
– Vamos al Centro de Salud ahora mismo, dijo Inma, a lo que respondí aturdido, montándome y colocándome de nuevo el cinturón.
Hay acciones en la vida, que sin saberlo pueden ser la diferencia entre el ser y el no ser, una de ellas fue mi impulso por levantarme del suelo y meterme en el coche, tras esto vino la oscuridad, mi cabeza cayo hacia delante, mis ojos se cerraron como persianas que viran a negro todo y los sentidos se desvanecieron poco a poco de tal forma que los ruídos se oían sordos y lejanos.
Para una vez, que Inma acelera como si lo que condujera fuese un deportivo, voy y me lo pierdo,….., los 500 metros que nos separaban del cruce de la calle creo que los hicimos en 10 segundos, allí se produjo el segundo acto de vital importancia de ese día, en el stop se podía ir a la izquierda, o a la derecha, siempre he pensado que mi mujer tiene una intuición fuera de lo normal, a la izquierda giró, a la casa cuartel de la Guardia Civil.
Gracias a Dios mi aturdimiento me impidió escuchar mis propios sonidos guturales y los gritos de mi mujer pidiendo ayuda hacia la casa Cuartel. Por la ventana del segundo piso se asomó el agente Carlos, que ese día libraba y estaba en su casa recién mudado de la antigua que daba al patio interior, donde nunca habría oído los gritos, tercera acción del día a tener en cuenta.
La llamada de Inma al 112 y la carrera del agente Carlos hasta el centro de Salud a buscar a la doctora, que alertada por emergencias, ya tenía el desfibrilador en la mano fueron la cuarta acción del día, digna de consideración.
Sacarme mi mujer y el agente Carlos tirando de mis hombros y cogiéndome los pies y dejar caer mis 95 kilos contra el duro asfalto de la calle es algo que me debió volver a la realidad riojana, aunque fuera de forma momentánea y aturdida.
Mi cabeza no regía, ya no estaba allí, creo haberme visto elevarme sobre el barullo que me tenía a mí como centro de gravedad. Desde allá arriba la vista no era muy agradable ni demasiado halagüeña, el agente Carlos presionando rítmicamente mi pecho, el sargento Marcos esperando su turno, como cuando hacíamos prácticas de primeros auxilios, la doctora Nuria manejando el desfibrilador y la enfermera Marian, la más nerviosa, intentando pinchar una inyección de adrenalina en mi brazo, que empezaba a tornarse cárdeno. Pero si algo me conmovió fue ver a mi amada esposa, serena y tensa a la vez, insuflarme aire con sus maravillosos pulmones de contralto que levantaban mi pecho ante la admiración de la doctora. Tras el primer chispazo, mi corazón como un Perkins con el carburador oxidado, hizo pop, pop y se paró de nuevo. Este momento me partió el corazón, la cara de mi querida mujer cambió el rictus y se llevó las manos a la cara tapando las lágrimas que sus ojos arrojaban. Desde allá arriba, todo se ve, con otra perspectiva, pero por mucho que uno se aleje, también alguna lágrima debió caer de mis ojos vaporosos.
Lo bueno que tiene estar arriba alejado del barullo, es que uno ve las cosas mas claras, mas agentes se acercan, algunos balizan la zona, porque como en las obras los mirones siempre asoman; una ambulancia que llega con la sirena girando y sonando, hasta una caravana camino de la antigua estación se para y de ella sale una chica que parece resuelta a echar una mano, soy enfermera de Cruces oigo desde allá arriba, y sin dudarlo le coje a Miriam la vía que no atinaba a colocar -algo normal, porque cuando uno se muere sus venas se contraen, y o eres de Baracaldo o no hay narices a meterla-.
Desde arriba uno se entera de todo, porque abajo el ruido hace que sea difícil de enterarse de que pasa, allí vá Christian a relevar al sargento Marcos. No se quién ha sido pero ese crujido es de costilla rota, y ya he oído varios, los que dejan paso salen sudorosos, debo tener un pecho duro de roer.
También veo como el sargento Marcos coje de los hombros a mi querida esposa, para girarla,
– no tienes porque ver esto, ven al cuartel, le decía,
Inma con determinación le respondía:
– yo quiero estar aquí.
Sabía que me querías, pero no imaginaba que tanto, tanto, tanto.
¿Cuántos chispazos van ya?, porque empieza a haber tanto lío allí abajo, que se me está olvidando lo mas importante, mirarme un poco. Otro chispazo y van 4 dice Carlos a Marcos, y mi cuerpo salta para arriba como movido por una extraña fuerza, pero nada, sigo muerto.
De momento entre tantas cabezas, con un poco de dificultad, me veo, no parezco ni yo, tengo los labios morados, la cara pálida, vamos que estoy muerto.
Voy a bajar a despedirme de José. Bajo en picado y me meto de nuevo en el cuerpo, no puedo abandonarle en estos momentos, si uno se muere, lo tiene que hacer entero, no desvencijado. Entrar al cuerpo y escuchar como una voz metálica dice: ¡¡ DESCARGA ¡¡, fue todo uno. Como dicen los taurinos, no hay quinto malo, y a la quinta descarga y tras 28 minutos de reanimación cuerpo y alma volvieron a este mundo.
Tras 4 días en la UVI desperté en una habitación del hospital de San Pedro en Logroño y como cuando uno se despierta de una pesadilla, a mi lado estaba Inma.
¿Dónde estoy?, ¿Qué me ha pasado?
Es una larga historia me responde Inma,…..
Las Chicas de los cables
Érase una vez, en un lugar remoto, al norte de la capital del reino, un grupo de chicas, que las leyendas dicen fueron atraídas por un Hamelín venido del norte, pero otros cuentan que ellas son las que buscaron a Hamelín para que les dirigiera al confín norte de la capital; donde se acaban las calles, empiezan los caminos y donde más allá de las vías del tren asomaban al fondo las montañas nevadas del norte.
Abandonando la intención de saber quién dice lo cierto de como llegaron allí, formaron un equipo invencible. Al llegar a palacio, un poco viejo todo hay que decirlo, les estaba esperando Carmen, de quien dicen pudo hechizar a Hamelín para que buscara por todos los rincones del reino, por los distritos periféricos del norte de la capital e incluso allende Madrid, adentrándose en las inhóspitas y lluviosas tierras del noroeste y en las hoces más profundas del Beteta para buscar a las mejores.
Aunque no podáis creéroslo, estás chicas no tenían nombre de amazonas o de guerreras, no sabemos si quizás los cambiaron para borrar su procedencia, pero se hacían llamar: Mónica, maestra en el arte del cuidado del cuerpo, pero también del alma -quizás más importante aún que lo primero-, le acompaña siempre como valiosa escudera Sara estudiosa de los músculos de y las teclas infernales de las máquinas que allí manejaban. Raquel, la más callada, destilaba el conocimiento del funcionamiento de los cuerpos, además de ser la única que hablaba el lenguaje de los arcanos de Carmen con quien solía entenderse. En esta historia había cinco amazonas como en las grandes historias, la cuarta se hacía llamar Elena y tenía el don de aparecer en el momento que mas ayuda podía prestar y desaparecer sigilosamente sin dejar rastro cuando ya no era necesaria. La quinta era la cuidadora del alma herida, Patricia se hacía llamar, que poseía el poder de adentrarse en nuestros pensamientos y escudriñarlos a fondo para luego poder ayudarnos. Había más guerreras y algún que otro guerrero pero detrás, en la retaguardia, se dejaban ver escasamente pero ahí estaban en la sombra.
Su tarea era titánica, e interminable, cada dos meses recibían a sus nuevos pupilos -casi siempre varones, con honrosas excepciones-, pero éstos no eran hijos de la nobleza para recibir duro entrenamiento, ni zagales punteros en los juegos de verano, sus pupilos eran, por decirlo de forma poco dañina, supervivientes guerreros de mediana edad o incluso entrados ya en años, con heridas de guerra importantes, sobre todo con la herida del corazón partido. Cuando presentaban armas al llegar, solían vestir con jubones más o menos coloridos, calzas a juego y como calzado llevaban unas alpargatas de lo más extrañas.
Antes de empezar, no sabían mucho de la sala de tortura, como algunos que salían de ella sudorosos y empapados la llamaban; la primera vez antes de empezar, todo era pura incertidumbre.
Dentro, la sala, no era la típica sala de tortura medieval que se suele describir en los cuentos de hadas y princesas, pero algo de eso si tenía. La torturas -al menos hasta que le cogías las vueltas-, eran muy variopintas. Había unas cintas que movidas por una fuerza invisible no paraban de girar y en la que te colocaban y debías andar al ritmo que marcaba Mónica y Sara, porque si no podías salir disparado y acabar como un arenque seco pegado a la pared.
A veces, sin saber por qué apretaban las teclas de la máquina infernal, con una leve sonrisa entre picarona y malvada que te hacía apretar el paso y sudar la gota gorda. También había extraños velocípedos, donde por mucho que pedalees nunca se mueven del sitio, como víctimas de un hechizo, estos velocípedos eran controlados por una fuerza extraña, que a distancia te frenaba como si estuvieses subiendo la cuesta de tu pueblo, pero que duraba más de los deseable y conseguía infligirte un buen dolor de piernas. Como buena máquina de torturas, debe hacer sufrir, pero sin hacer perder el conocimiento. Había más maquinas, pero solo de recordarlas me duele el alma. Infernales bancos de tortura que se inflaban y desinflaban con un fuelle mágico y donde para librarse de ellas había que levantar pesos con brazos y piernas hasta casi la extenuación. También a veces provocaban, creo que de forma poco controlada ciclos de frio y calor capaces de romper al mas estoico luchador.
Tal y como lo estoy contando pensaras que sufríamos mucho en la sala, pero te he de decir que eso solo era al principio. Los luchadores también teníamos nombre y pasadas un par de sesiones de tortura, ya podías nombrarlos, todavía recuerdo algunos: Carpintero -luchadora en mil batallas- , Ontanillas -alumno aventajado-, Aparicio -galaico elegante donde los haya-, Rodríguez Segura -le costó entrar al trapo, pero entró-, Torres –el pequeño de altura pero de gran corazón-, Rodríguez Zuñiga -el grandullón más revoltoso del grupo-, Rodríguez Avila – serio, serio-; a mitad de condena se nos unieron otros como Fredy -ingeniero de piernas castigadas que mejoraban día a día-, Giménez -sonriente y alegre-, Arribas -positivo, hablador y compañero de diligencia- y Víctor, el eterno castigado -solo para él tenía reservada la más infernal de las máquinas donde tenía que mover brazos y piernas a velocidad diabólica, con riesgo de descoyuntarse-, máquina que por otro lado manejaba con gran suficiencia, posiblemente motivado por alguna visita anterior al lugar.
Pasaban las jornadas y poco a poco la tortura se convertía en diversión y aunque no dejábamos de sudar -unos más que otros- y visto que ya estábamos listos para enfrentarnos a las duras batallas del día a día poco a poco entraban otros pupilos mientras que nosotros marchábamos contentos dejándo sitio a los nuevos.
Te preguntarás que porque las chicas de los cables, te lo voy a contar. Al empezar cada día, las chicas nos colocaban unos cables pegados con liga a nuestro pecho, cables que de forma mágica servían para ver nuestro nivel de esfuerzo y poder regular la intensidad de la tortura. Os recuerdo que ellas no querían que desfalleciéramos, la tortura consistía en apretar hasta antes de desfallecer. Lo que no sabían ellas, o quizás sí, es que cada día nuestro corazón sanaba más y más dificultando su tarea. El día que me toque partir me llevaré en el corazón a todos mis compañeros de fatigas, porque de todos aprendí mucho, pero sobre todo a las guerreras, que aún me pregunto que Hamelín les trajo hasta aquí y que nunca dejaré de estarles agradecido por sus sonrisas, empatía y buen hacer







