Sanitarios y COVID: cuatro relatos breves.

Augusto Blanco Alfonso. Médico de Familia. Autor del libro “La primera trinchera ante el Covid”

Health providers and Covid19: Four brief clinical narratives 

1

Llevaba más de cuarenta años de profesión. Era una enfermera con arañazos hasta en los párpados, curtida en mil batallas, había amortajado más de los que le gustaría recordar y andado entre muertos más que entre tumbas. Solo su voluntad, férrea, había evitado que las cicatrices se tornaran queloides. La muerte siempre le había dado miedo, la había sentido cerca: padres, hermanos, amigos y… pacientes, demasiados. El covid le estaba trastornando.

Era cuidadosa y limpia como buena enfermera. Los médicos, por lo general, son más guarros, menos cuidadosos, no piensan en ser vectores, simplemente ellos, como sus ropas, no contaminan. Cuando empezó el lio, se lo tomó en serio desde el principio, no como muchos de sus compañeros. La primera víctima de tanto empeño fue un bolso.

Era un bolso bueno, pero lo importante es que se lo había regalado su hijo, un regalo de tienda, no de salir del paso por internet. Y no hacía mucho que lo había estrenado, zaino con un brillo mate, le gustó desde el primer día que se echó al hombro la bandolera. La solución hidroalcohólica con la que se cuidaba decidió que también debería proteger aquella piel negra y ¡traición de los dioses! decoloró a ronchas, como una cebra, el regalo filial.

Con el paso del tiempo, y en muy pocos días todo se fue complicando, empezaron las cifras a escandalizar, los muertos a llenar los tanatorios, las ucis a colapsarse… y en la trinchera, sin los medios adecuados de protección, había que batirse día sí y día también, con espadas de madera y corazón contra tanques de acero y virus.

El miedo empezó a abrirse paso en su pensamiento. No era morirse, que la aterraba, era contagiar a los suyos: sus nietas, tan pequeñas con toda la vida por delante; sus hijos empezando a crecer como personas, no solo triunfadores en lo laboral también en lo vital; hasta por su marido, ya jubilado y en riesgo etario, le amedrantaba poder contagiarlo.

Empezó a emparanollarse, como media humanidad, a aumentar la distancia con los otros, a bañarse en la transparente solución, a cambiar los guantes con rigor epidemiológico y preventivista, a lavarse como si en un quirófano fuera a entrar a cada momento… A mirar al mundo como a un enemigo del que guarecerse.

Las noticias, la dirección asistencial, el gobierno, la oposición… toda información era cuestionada, toda acción le creaba inquietud y temor… ¡Sus nietas! ¡Pobrecitas! Ni la negatividad de las pruebas la calmaba, al revés, cada prueba despertaba una intranquilidad que pedía, a gritos, seguridad.

Buscaba refugio en la ciencia, en el saber, pero había poco, era escaso y cambiante. Habría que esperar, y apretando los dientes, aguantar el tirón pandémico. Embetunó el bolso desvaído y su buen resultado fue de lo poco agradable en aquellos tiempos tumultuosos.

2

El covid había golpeado a su familia. Por la mañana y parte de la tarde atendía sus obligaciones en el centro de salud, el resto del día lloraba a los suyos, hasta que el cansancio le mal cerraba los ojos, y un sueño, las más de las veces intranquilo, la derrotaba. Pero con el nuevo día naciendo, ella se preparaba para otra jornada agotadora.

Era legalista, ordenada y obsesiva, así que aquellos tiempos de incertidumbre y cambio permanente la golpeaban inmisericordes. Los primeros días la llegada al centro era un escándalo. Nada estaba bien, todo la perturbaba, no escuchaba, dejaba salir todos los fantasmas mal elaborados en el duermevela y desquiciaba el entorno. Poco a poco fue atemperando. Seguían sus duelos, pero los controlaba mejor. El desorden legal, administrativo, de ubicación… se incrementaba, pero conseguía doblegarlo a su voluntad y sujetaba con cierto éxito su miedo al contagio. Y allí seguía hasta que, entrada la tarde, se retiraba a sus íntimas lágrimas azules.

Dudó en ponerse de perfil, pero no lo hizo. Tragó sus sapos y pidió cuartel contra el bicho. Se guareció como pudo. Doble mascarilla, si no era de las compradas por internet a un pico, pijama y bata con bocamangas ahorcadas con venda de crepe y esparadrapo, calzas, gorro y todas las medidas recomendadas por el ministerio. Y allí siguió. Resistiendo.

Cada día más en orden en medio del caos. Cada día sujetando el sufrimiento propio y el ajeno. Cada día sin regatear un esfuerzo. Cada día descubriendo un mundo nuevo en lo profesional, en lo laboral, en lo social, en lo familiar, en lo vital… Pero allí estaba. Codo a codo con los compañeros. Sin arrugarse.

3

Siempre había sido presumida. Como persona inteligente que era siempre había disimulado sus medianías y potenciado sus poderes con discreción. No era del último grito milagrito, ni de estar mirándose en el espejo de continuo, pero se arreglaba con cuidado. Las canas en su lugar y las arrugas de lo vivido en su sitio.

Llegaron los virus como el lobo, casi ninguno lo creímos. La OMS nos había enseñado a ser escépticos. Tras 15 días de apretar, el virus ganó terreno y víctimas. Llegaron algunos epis, que duraron lo que dura un suspiro. Al fondo del almacén dormían olvidados los del ébola y la vida les dio, ¡vaya necesidad!, una segunda oportunidad, y salieron del oscuro rincón a cumplir con lo suyo. También se fueron acabando y no llegaban más. Los casos se multiplicaban. Los primeros días fue una locura, crecimiento logarítmico, decían las noticias, la necesidad de protegerse era un imperativo y los epis no llegaban y no quedaban más.

El ingenio individual, una vez más, sustituye a la organización. Surgen mil diseñadores: de pantallas de protección; de mascarillas variadas, la última con las quirúrgicas estándar y un salvaslip adosado (ni en mis peores pesadillas pensé vivir con la boca pegada a un salvaslip, otra nueva experiencia de la pandemia); surge la colección de reconversión de contenedores de residuos, en varios y divertidos colores: azul papel, marrón orgánico, amarillo envases, verde vidrio, naranja biológico, con logo incorporado…

Colección Llopi´s, en honor a su creadora una pediatra de primaria, que con tres bolsas de basura, una grande para el cuerpo y dos pequeñas para los brazos, confecciona unos cuquísimos epis artesanales, algo más tupidos que los mandilillos que mandarían más adelante.

Le tocó un domicilio con sospecha de covid. Quedaban dos ébolas solo, no parecía el peor escenario posible, así que eligió la versión manufacturada Llopi´s. Cometió el error de mirarse en el espejo del servicio. Una risa se atravesó en su garganta. Llorar o reír no era una decisión, era una respuesta. Complementó su armamento: gorro, mascarilla, gafas plásticas sobre las de ver, guantes y la bolsa de plástico con el resto del arenal. Y al taxi, que nos espera para estos trances, se subió.

La casa tenía un obrador a pie de calle, que construía a su puerta una regular fila de clientes. Paró el taxi, descendió con su disfraz y su bolsita de avíos. Parapetada tras las defensas faciales. La gente ve bajar al sanitario y rompe a aplaudir… La chica del Llopi´s rompe a llorar, pero nadie lo nota, es lo bueno de la mascarilla y las gafas.

4

Llevaba más de media vida trabajando. Había ido atesorando experiencias en UVIS, urgencias, catástrofes… Ahora ya en el descenso vital y laboral un puesto, relativamente tranquilo, de lunes a viernes sin guardias ni noches. Cuando estalló la crisis del virus fue de las pocas con capacidad de reacción, no en la clínica, era auxiliar, pero si en la estrategia e infraestructura de protección. Enseñó a los médicos y alguna enfermera a vestirse adecuadamente, controló más que nunca el almacén y los pedidos, sufrió robos de material de la manera más innoble. Las crisis sacan lo mejor y lo peor del ser humano y estábamos viviendo la madre de todas las crisis sanitarias. Peleó con quien tuvo necesidad por el bien común, con pasión e inteligencia. Despertaba admiración que la auxiliar pusiera en su sitio a otros estamentos.

Llegó el día del hasta luego. El virus necesitaba espacio. Pese a ser tan chico ocupaba mucho. Los hospitales a punto de colapsar exigían desahogos y se montó uno en un pispás. La llamaron y aceptó consciente de que era allí, en aquel momento, donde podía ser más útil. “Ya sabéis vestiros” dijo como despedida, pero volveré.

Un enfermo estándar del IFEMA, de esos que ya no cumpliría los 75, le pidió un favor antes del alta. Lo que sea, contestó sin pensárselo nada. “Antes de irme quiero verte la cara, quiero poder reconocerte por la calle cuando salga de aquí”. Por esas cosas que tienen las mujeres, lo primero en que pensó fue en las marcas que las dobles e incomodísimas mascarillas dejaban en la cara. No importaba se le olvidaría.

Cuando ya se lo llevaban camino de la libertad, acompañado de los aplausos que le despedían, la buscó la mirada y le recordó la promesa. La sonrisa se instaló antes de bajarlas y subir la pantalla plástica. “Gracias por todo, ya sé quién eres, nunca te olvidaré, nunca os olvidaré”, dijeron sus labios con una gran sonrisa.

Recolocó su atuendo, con los ojos brillantes, no pudo evitar que la coraza tras la que nos guarecemos dejara el corazón en barbecho. En Madrid llovía, el sol acobardado no se había atrevido a salir, o se había reservado para mostrarse en todo su esplendor dentro del pabellón del IFEMA.



     

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