Duelo

Augusto Blanco. Médico de Familia (Madrid)

Hipaba acompañándose del sorbido de mocos. Era un dolor sordo, manso que humedecía las fosas nasales y provocaba el resbalamiento de la agüilla buscando el exterior, para perfilar el labio y escurrirse hacia la comisura.

Estaba estrechamente unida a su madre. Una señora de noventa y pico inviernos. Una tirana, dulce y educada en consulta y despótica y fiera en casa.

Se culpaba por, una vez más, haberla obedecido contra su opinión. Cuando insistió en que la llevara a urgencias, pues estaba muy dolorida y no era cuestión de lavativas, ella acepto sin demasiad resistencia… como siempre.

Cuando tras cinco horas en la urgencia una nosocomial colonizó su pulmón, ya era tarde.

Solo se despegó de ella para ducharse y cambiar de ropa. Mal se sentó, mal comió, mal durmió, mal vivió durante los nueve días que el cuerpo desvencijado por la fiebre y la infección aguantó los embates traicioneros.

A los nueve días del ingreso, nochebuena, a las ocho y veinticinco de la noche rindió armas y bagajes. Abandonó este valle con la sonrisa que siembra el saberse querida.

  • Estaba muy guapa, como era ella, y tan serena.

Yo no podía evitar pensar: “el día de nochebuena, que mala leche la vieja… las navidades tronchadas para siempre”

Nos habíamos visto en cuatro ocasiones en el último mes, para desahogar angustias, prevenir duelos torticeros, ofrecerle pañuelos para aliviar la catarata…

  • Hablo con ella todas las noches…
  • Y…
  • Le cuento las cosas del día: la ropa que he dado, el color del que voy a pintar el salón, que su butaca no puedo verla vacía… ¿Es malo?
  • No, es lo que ha hecho los últimos años, ¿no?
  • Si, pero me asusta volverme loca… obsesionarme.
  • ¿La contesta?
  • Nooo (dice sonriendo sorprendida)
  • Pues entonces está bien, si la contesta me dice y nos preocupamos.

La tensión del rostro ha aflojado. Los ojos retoman entre humedades parte de su brillo natural.

  • Sabe, sueño con ella a menudo…
  • ¿Sufre, con los sueños?
  • Claro, se vuelve a morir. Estoy con ella, de la mano, como cuando se fue, acariciándosela despacio, en la cama de al lado la compañera tomaba la cena especial. Especial… (repite ensimismada) Y ella vuelve a mirarme, como queriéndome decir algo… boquea rápido un par de veces y… se apaga.
  • No sé, a lo mejor lo que le digo es una barbaridad, mi suegra murió parecido y mi mujer, que también lo había hecho muy bien con su madre, a la tercera noche de repetir vivencia y dolor le dijo: “mamá ya está bien, tú estás muerta, no puedes morirte todas las noches esto es un sufrir y un sinvivir” Mi suegra era muy de ser el centro de todo…

Una carcajada borró el drama que nos envolvía. La sonrisa se acomodó en su cara, mientras una lágrima rebelde se escapa deslizándose piel abajo…

  • ¡Qué burro, qué cosas me dice!… Gracias doctor, por hacerme reír.


     

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