Argentina 

Augusto Blanco 

Narrativa Clínica que para este lector resalta la sutiliza y la dificultad que existe en el manejo de aquellas situaciones que afectando a la intimidad de los pacientes en la consulta exigen del profesional determinados comportamientos sutiles y sensibles hacia “el otro”, revelando así una forma de pensar y de sentir de nivel superior que bien podría ser llamada “pensamiento-sentiente” (en merecido homenaje a Rof Carballo y Albert Jovell) crítico y afectuoso.

Clinical Narrative that for this reader highlights the subtlety and difficulty that exists in handling those situations that affect the intimacy of patients in the consultation and require certain subtle and sensitive behaviors from the professional towards «the other», thus revealing a way of thinking and feeling at a higher level that could well be called «thought-sentient» (in deserved tribute to Rof Carballo and Albert Jovell) critical and affectionate

Era una mujer mínima, no alcanzaría el uno cincuenta y vestida, con dificultad, los 45 kilos de peso. Destacaba la cabeza, pues si el cuerpo, escaso, era proporcionado, la cabeza, coronada de abundantes cabellos rizados, daba un volumen que contrastaba con el resto, cráneo necesario para albergar la mente que allí se resguardaba.

Era argentina y ejercía de tal. Años de psicoanálisis le permitían identificar sabiamente las manifestaciones clínicas que la defendían. Había asombrado a su médico al correlacionar su ingreso en uvi por una grave crisis asmática, irreductible con terapia inhalada y oral, con la presencia de un invitado, impuesto por la generosidad de su marido, en el domicilio familiar.

Entró dubitativa, con el tono de la duda colgado de cada palabra. Eran tiempos de postcovid, al menos eso era lo que todo el mundo deseaba, dejar atrás al bicho y normalizar, en lo posible, la vida. Vida estancada y truncada en los duros días de la pandemia. Tras las cortesías de rigor, tantos meses sin verse, entró en el motivo de consulta.

Sin sentarse, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, relató las razones de su presencia. Si estaba mucho tiempo en pie un dolor muy poderoso se adueñaba de su ingle izquierda, descubriendo un gran “bulto” que desaparecía al tumbarse y al obsequiarlo con un discreto masaje reductor. Recordó que ella había estado herniada, y operada, de un proceso similar en el lado derecho. El diagnóstico parecía claro.

El médico no reparó en las manos, que en otras ocasiones bailaban al son de las palabras, no había soltado el respaldo y los nudillos blancos gritaban, su esfuerzo. Así como tampoco en que declarando el dolor que le producía mantenerse de pie no se hubiera sentado, sin duda, la idea de mostrar al estudiante una hernia inguinal y su exploración, le nublaron los detalles.

Completó la anamnesis protocolario, con las ideas claras sobre los pasos a desarrollar. Desoyó la relajación de esfínteres que desde un par de meses la acompañaba, casi al tiempo que la hernia: “¡Cómo es tan difícil conseguir cita!” apostilló, mientras siguiendo la invitación del galeno se acercaba con pasos cortos hacia la camilla.

Continuó en el trayecto, mientras los “expertos”: adjunto y aprendiz, enfundaban en latex sus manos, escuchando sin suficiente atención, como el dolor se agravaba, en ocasiones, con los esfuerzos y como éstos le provocaban una relajación del esfínter anal que le creaba situaciones muy incómodas. Que los dolores y su repercusión le estaban afectando, muchísimo, a su vida social…

Parada ante la camilla oyó las instrucciones azarada, sin escuchar, giró sobre sí misma, torpe, con dificultad. Al fin, frente a los dos observadores, deslizó el pantalón hasta medio muslo.

Ninguno de los dos observó el carmín de las mejillas y, sin duda, lo hubieran atribuido al momento exploratorio. Hacía dos consultas la paciente se había despedido pudorosa, con una risilla nerviosa y avergonzada, comentando entre dientes que solo su difunto marido la había visto sus partes y hoy ¡hasta el chico!

El profesor explicó lo que iban a hacer al alumno y a la enferma. Primero la explorarían de pie para favorecer la protrusión descrita y luego en decúbito para valorar el Valsalva y delimitar el anillo inguinal.

Con la cinturilla del pantalón abrazando los escuálidos muslos, la bombacha menstrual, sufrió el estiramiento desesperado de la paciente intentando descubrir la ingle profanada. La imagen grotesca no alertó al médico y pidió se descubriera, arriando la prenda interior.

Vacilante, descubrió su secreto, el recto había traicionado el esfínter anal y su contenido yacía en el periné de tela, ofendiendo el orgullo, la vista y el olfato.

Realizó la maniobra exploratoria sin descomponerse, aparentemente, ayudo a la enferma, tras elevar la braga, a tumbarse y completaron las maniobras previstas. El médico husmeó, en uno de los armarios, en busca de un pañal de propaganda para facilitarle algo de protección del baño a casa. Esta agradeció el gesto, él pensaba en que lo que le daba era una talla extragrande, de máxima capacidad, de noche. “Le va a llegar hasta el cuello” – pensó. Mientras rellenaba el parte de interconsulta de la hernia a la espera de valorar si tenía que ver con la incontinencia sobrevenida.

Como en tantas ocasiones la premura de la consulta relegó a un recoveco, a tras mano, del consciente la escena y el momento vivido con la paciente. ¿Al darse la vuelta, para buscar el pañal, la había abandonado a su vergüenza? Su interés y afán de mostrar la hernia al estudiante ¿le habían hecho desatender el relato de la incontinencia y consecuentemente la habían expuesto al sofoco del momento?

Intentaría que no volviera a suceder.

El duermevela es un momento mágico, donde, en ocasiones, resolvemos acertijos y misterios, donde programamos nuestro futuro o aventamos nuestro pasado. Esa noche la paciente se adueñó de ese espacio con todo su pudor a cuestas, desvelando las vergüenzas del médico y ayudando a cerrar ese episodio con la toma de una decisión.

Antes de marcar visualizó la conversación que iba a tener lugar en cuanto la paciente descolgara el auricular o arrastrara el simbolito verde de la llamada entrante. Marcó y respiró profundamente, dos tres veces acompañando los tonos.

Tras los protocolarios saludos entró en materia.

  • ¿Cómo está Alejandra?
  • Mejor, bastante mejor…
  • Tiene el código nacional que le pedí para los protectores…
  • Si, si se lo dicto…

Anotó los seis números y tragó saliva.

  • Quería disculparme, creo que el otro día la abandoné a su vergüenza, no puedo ni imaginar cómo se sintió…
  • ¡Por Dios, no! Es verdad, que creo que en mi vida me había sentido tan avergonzada, pero gracias a usted, que me lo hizo tan fácil me recuperé y su idea de los pañales me ha ayudado.

La conversación giraba entre agradecimientos sentidos y disculpas sinceras…

  • Sabe, iba con mucho miedo, me tiene obsesionada el colesterol y cuando me explicó los resultados me tranquilizaron mucho sus palabras…

El médico había olvidado, completamente, el inicio de la entrevista y la devolución de los resultados, todo el recuerdo se centraba en la hernia y la sensación de huida y abandono experimentada.

  • …de hecho desde el otro día estoy mejor, se me escapa menos. También el pañal, no se me había ocurrido, me da seguridad, lo he pasado muy mal…
  • Claro- dijo acompañando con un uuuuhm profundo- no me extraña. Sabe, igual que el asma se asocia con esa frustración de la libertad, con esa ansia de aire fresco, estaba pensando que la tripa se relaciona con la rabia, la duda, la incertidumbre, el miedo, la vergüenza…
  • No me siento enfadada, pero si es verdad que el covid me ha vuelto “preocupona”. Todo me da mucho miedo, el no poder contar con el médico, me deja desamparada, ya ve que tontería, el no controlar los resultados… Con lo que me he esforzado con la dieta me aterraba que no hubiera reducido el colesterol.

Se despidieron, cariñosos los dos, el médico satisfecho con la conversación, haciendo honor a una vieja máxima, que siempre recomendaba a sus estudiantes: “Cuando creas que has metido la pata, ¡sácala!, así no te la romperás”.

Sonriendo para si se recordó que en la consulta había que estar en el aquí y en el ahora, purito mindfulness, escuchando con todos los sentidos, el lenguaje y el paralenguaje, lo dicho y lo susurrado, que no tenía que olvidar “limpiar” el pensamiento entre pacientes, ni pensar en otra cosa que lo que el enfermo con todo su ser trasmitía.



     

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