El Sentido de la Vida

El sentido de la vidaAndrés Ruz Montes

Médico de Familia C de S Ronda-Sur UDM de Atención Familiar y Comunitaria de Málaga

El hombre necesita algo por lo que vivir. Su  objetivo principal  es encontrar un sentido y finalidad para su vida.  Pero el hombre no inventa el sentido de su  vida sino que lo descubre.

La Carcinomatosis Peritoneal  encontrada en el Hospital Universitario de Málaga venia a oscurecer un  pronóstico que ya se vislumbraba sombrío. Concha HG de 76 años de edad con Neoplasia de Ovario  y llegada desde el hospital de Ronda acudía, junto con su familia,  a la gran clínica con la esperanza de encontrar en la cirugía el punto de inflexión en la evolución de una enfermedad hasta ahora siempre en declive.

La búsqueda humana de sentido y de valores nace  de una tensión interior y esa tensión es un requisito necesario de salud mental. Nada en el mundo ayuda a sobrevivir aun en las peores circunstancias y realidades   como la conciencia de que la vida esconde un sentido.

Y fueron  la carcinomatosis y la ascitis  y los implantes en las serosas y la pelvis congelada y el derrame pleural  y  el dolor, y los vómitos y la disnea etc.  etc.  El fornido cuerpo  de Concha no revelaba aún todo lo que se cernía y guardaba en su interior.   La cirugía se hacía imposible  y la quimioterapia quedaba también sin indicación. Los Cuidados Paliativos se dibujaban como única opción plausible  en el horizonte de su vida añadiendo de forma simultánea la penumbra  e incertidumbre de los matices grisáceos   con  la paz y serenidad de los tonos pasteles.

 Y si bien no se  había informado a Concha  de los pormenores de su proceso, ella   vislumbraba e intuía lo fundamental: Su tiempo de vida  se acortaba.

 “El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Ante una situación de adversidad las personas más aptas para la supervivencia resultan  ser aquellas a  quienes les espera alguna persona o les apremia una responsabilidad de acabar una tarea o cumplir una misión.

Su llegada de nuevo a Ronda venía pegada a un objetivo claro. Y así nos lo hizo saber en el primer encuentro: “Quiero celebrar mis bodas de oro”. “el treinta de Abril”. Entraba la primavera y  faltaban  aún unos cuarenta días.

El sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día a otro y de una hora a otra. El sentido de la vida cambia continuamente, pero no deja nunca de existir. Y podemos descubrir el sentido de la vida por tres caminos: por el amor  por el sufrimiento y realizando una acción.

El amor que presidió los encuentros últimos de   Concha  con cada uno de los  miembros de su familia: momentos de reconciliación, agradecimiento y expresión reciproca de emociones intensas y momentos de despedida.  La vida de Concha había sido una sucesión de episodios marcados por la sencillez  el respeto  y la entrega. Episodios   repletos de  objetivos compartidos junto a su esposo  y llamados a  permitir el desarrollo de las potencialidades que sus hijos guardaban: una  sucesión de episodios  gobernados por el amor.  El amor dibujaba el sentido de su vida.

Pero la vida de Concha había encontrado igualmente en el sufrimiento  el camino  para  descubrir  el sentido. Cuando Concha intuye que se enfrenta  con un destino ineludible e inevitable sin posibilidad de contorneos esquivos:   esa enfermedad  que le devora por dentro, que le impone intensos  síntomas y  de difícil control,   la vida le ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo de cumplir el sentido más profundo: aceptar  el sufrimiento. Pero el  valor no reside en el sufrimiento en  sí  sino en la actitud frente al mismo,  en su  actitud para soportar ese sufrimiento.

 El sufrimiento  deja de alguna manera de ser sufrimiento en  cuanto encuentra su sentido,  como suele ser el sacrificio.

Y Concha quiere llegar al sentido de su vida por todos los caminos. Por el amor. Por el sufrimiento. Y por el desarrollo de una acción. : Celebrar sus bodas de oro.

A las seis de la tarde del 30 de Abril los sonidos  de la  marcha nupcial de Richard Wagner daban entrada a una ceremonia conmovedora. El virtuosismo  en el teclado  del joven  nieto de Concha conseguía que sus manos arrancasen las mejores notas de aquel Clavinoba reluciente  inundando el entorno de música celestial y oleadas de emociones dispares.

La cama engalanada como no podía imaginar   Concha vestida de domingo. Su esposo como cualquier novio. Y sus hijos como si madrinas y padrinos fuesen  creaban un ambiente festivo sin igual.  El sacerdote ataviado con la indumentaria  apropiada  prestaba su  voz a  las palabras de San Pablo   haciendo gala del significado del amor en su carta a los corintios y que ponían el culmen merecido y adecuado a una vida de entrega a la familia, de cariño y agradecimiento permanentes.

 En medio de aquel singular  ambiente familiar, cálido y acogedor me sentía un intruso  a la vez que un privilegiado. Sabía que aquellos momentos  serían difíciles de olvidar. Y  quería dejar constancia escrita de lo que allí pasaba. Lo que hago ahora, aunque mis palabras no logren el efecto que la vorágine de emociones y sentimientos oscilantes y agolpados produjo entonces  en mi mente.

Vislumbré que aquella ceremonia era el corolario y el punto final de una vida profunda y poderosa,  llena de amor, entrega,  sufrimiento, sacrificio y gratitud.  Sentimientos humanos  que hacen intensa y trascendente la existencia. Y en ellos Concha había descubierto el verdadero sentido de su vida.

Concha murió la mañana siguiente.

Era uno de mayo. Llovía de forma torrencial.


     

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1 respuesta

  1. Javier Arribas dice:

    Efectivamente ante lo inevitable es la actitud tanto de la paciente como la de su familia la que hacen mas llevadera la evolucion de la enfermedad. Somos unos privilegiados los profesionales que asistimos a estos momentos de suma hmanidad.

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