Historias de la Pandemia: Un médico de pueblo y un asilo en confinamiento eterno

Roberto Colino. Médico de Familia Jubilado (El Carpio de Tajo, Toledo) Comentario de José R Loayssa Médico de Familia Jubilado (Navarra)

Resumen: En este artículo, un médico de familia que vivió la pandemia presenta su experiencia personal en la residencia de ancianos que atendía como médico de pueblo. Una experiencia que pone de relieve algunos de los desafíos éticos que la Pandemia planteó a los médicos de familia unos desafíos que no siempre fueron afrontados.

Stories of the Pandemic: A Village Doctor and a Nursing Home in Eternal Confinement

Summary: In this article, a family doctor who lived through the pandemic presents his personal experience in the nursing home he served as a village doctor. This experience highlights some of the ethical challenges the pandemic posed for family doctors—challenges that were not always addressed.

Relato de la experiencia personal

Trabajo como médico de pueblo en El Carpio de Tajo, donde nací y donde vivo. Conozco bien a mis pacientes y ellos me conocen a mí. Los atiendo y los cuido lo mejor que sé desde hace más de 20 años, también en la pandemia con la sobrecarga de trabajo y la acumulación de cupos.

Tenemos una Residencia Municipal de 71 plazas, en la que los ancianos mantienen sus contactos y actividad cotidiana, aunque duerman, coman y se les atienda en la Residencia.

Debido a la epidemia, la Residencia bloqueo las salidas y las visitas el 7 de julio de 2020, una semana antes del confinamiento, con 63 internos en ese momento. En abril se hicieron test y resultaron todos positivos, y la mitad de las trabajadoras también. No hubo exceso de mortalidad, igual que otros años. Luego se hizo serología y solo una dio negativo.

Con la mejoría de la primera ola, se permitió una hora de visita semanal, que se suprimió al llegar la segunda ola.

Al principio del verano los internos ya se empezaban a impacientar. Los más activos querían salir a pasear, a ver sus casas, a pintar… a vivir. No entendían que los trabajadores hubieran normalizado sus vidas, se movieran libremente, y ellos no pudieran. Ya se apreciaba el deterioro físico, con empeoramiento de sus enfermedades, problemas vasculares, metabólicos, articulares… y sobre todo el deterioro anímico.

A la vuelta de las vacaciones, el 14 de agosto, Alfonso se echa a llorar y me dice que no aguanta más. Los amigos le llaman “Ponchito”, pero es una mole de camionero jubilado; algo bruto de modales, pero muy humano y sensible. En vez de recetarle pastillas le dije que le iba a ayudar a salir lo antes posible, mirándole a la cara. La verdad es que no le he vuelto a ver tan hundido, aunque la situación sigue igual; quizás el ver que alguien se interesa por ellos, le sirva de consuelo. Se sentían abandonados, maltratados, como condenados a cárcel sin haber cometido delito alguno. Comentaban entre ellos, decía Alfonso, que de allí sólo saldrían en un ataúd.

Busqué apoyos. Aunque la normativa era autonómica, le pedí a la Junta Directiva (del Ayuntamiento) que denunciara la situación y que luchara por cambiarlo. El 28 de agosto se reunieron y su respuesta en unos días fue: «no se considera necesario denunciar ante ningún organismo la normativa en vigor, pero si usted así lo estima lo puede denunciar personalmente». Intenté hacer una grabación de protesta, con el consentimiento de los ancianos, pero no lo permitió el Ayuntamiento.

El 12 de septiembre la Consejería levanta las medidas de aislamiento al regreso a la residencia (salidas sanitarias o inexcusables) si el paciente ya ha pasado la enfermedad. Ya no se le considera un riesgo para los compañeros, pero no puede salir a la calle; ¿por qué es un riesgo para los que se cruce por la calle? El riesgo de reinfección en cada ola epidémica es extremadamente raro, el resto del mundo normaliza sus vidas tras 14 días de cuarentena; ¿por qué a ellos no se les permite? Su esperanza de vida es poca y cada día que se les roba es importante. La normativa permite salir, pero no a dar un paseo: las salidas que no sean por fuerza mayor serán de más de 10 días. Un matrimonio no pudo salir a enterrar a su hija, no podía renunciar a los cuidados de la Residencia.

Alguno sí ha renunciado a la Residencia, aunque la familia tiene más complicado cubrir sus necesidades. Otros muchos no tienen movilidad para salir, o tienen demencia y no quieren salir… pero algunos “se mueren” por salir, por ver y tocar a sus hijos o nietos, por pasear, o por pintar. Como Luis “el pintor”, un emigrante que llegó a entrenar a futbol con el Bayern. Le gustaba pintar las paredes de su casa; murió hace un mes por problemas cardiacos y dejó la casa a medio pintar, con sus pinturas y brochas a punto.

No entiendo cómo estamos permitiendo esto. Cada vez va a haber más ancianos y residencias en esta situación. ¿Vamos a mantenerlos encerrados el resto de sus vidas?, ¿hasta cuándo?, ¿de qué les estamos protegiendo?, ¿cómo puede la ley permitir esto?

Comentando la situación con los compañeros del SIAP consigo orientación y ánimo para seguir adelante.

Pongo denuncia ante el Juez, el Fiscal y la Consejería el 17 de septiembre. Tres meses hace ya, sin respuesta, sin solución, sin saber por qué ni hasta cuando, y a la puerta de unas fiestas familiares más absurdas que nunca: ¡¡feliz navidad!!

He querido mantener lo escrito en plena crisis porque refleja bien el sentir de entonces; lo vamos olvidando. Me jubilé un año después, con 63 años, sin haber faltado un día a mi trabajo y acumulando otro cupo durante meses, sin problemas, atendiendo a la gente en el día de forma presencial, pero algo saturado de luchar en soledad contra protocolos absurdos y cambiantes, consultas telefónicas confusas, listas de espera inmorales para especialistas…; pero lo que más inquietaba mi conciencia profesional era el inicio de la vacuna covid a los niños. No tenía forma de evitarlo y tampoco tenía fuerzas para consentirlo, por respeto a mis maestros y a toda mi trayectoria profesional. Años después, sigo viviendo en el pueblo y sigo disfrutando de la mirada de cariño y gratitud de “Ponchito” y de mis antiguos pacientes; la mejor pensión de jubilación.

Comentario (José Ramón Loayssa)

Ante un conflicto con la institución se puede mirar hacia otro lado o alzar la voz (esto es lo que hizo Roberto). Es un ejemplo de conflicto de lealtades y de alguien que, como profesional, antepone su lealtad a las personas que atiende, aunque eso signifique un conflicto con la institución y marginarse; no formar parte de la mayoría del grupo que aparecen como los que están en el lado correcto de la historia. Las posturas coherentes que rompen con el relato oficial se facilitan si se tienen allegados, familiares y compañeros de trabajo que de algún modo te respaldan. En el caso de Roberto sus compañeros se inhibieron, pero percibió como los ancianos de la residencia le agradecían su postura y eso le sirvió como motivación para seguir. Esta decisión se reforzó cuando encuentra un grupo de profesionales como son los del SIAP Covid que la comparten.

Cuando le preguntamos a Roberto porque no había mirado a otro lado como sus compañeros, y si no había pensado que su actitud significaba un posible riesgo de señalarse en esos momentos de “histeria colectiva”, nos contesto: “Había estado mirando para otro lado; ya sabes, no se puede hacer nada contra las instituciones… Pero a la vuelta de vacaciones, cuando «Ponchito», esa mole de caminero tan bruto como tierno, al preguntarle por quejas mal definidas, se me echa a llorar porque no puede salir de la residencia y cree que sólo va a poder hacerlo en un ataúd, y las enfermeras me dicen que eso es lo que hablan entre ellos, no pude evitar ponerme a su lado, mirarle a los ojos y decirle que iba a hacer lo posible. Quizás volvía con más fuerzas de las vacaciones o estaba menos acostumbrado al absurdo. Eso hice; no conseguí cambios en la residencia, la Consejería ni contestó, tuve enfrentamientos con el gerente y el ayuntamiento, pero no dejé de ver alegría y gratitud en las caras de mis pacientes y eso compensa sobradamente todos los enfrentamientos y quebraderos de cabeza”.

El encuentro con “Ponchito” sirve de catalizador para activar las dudas y las injusticias que estaban seguramente ya dentro de él. No pudo seguir mirando al otro lado y mantener “reprimidas” las percepciones del sufrimiento injustificado de sus pacientes. NO pudo continuar con la renuncia a “pensar”. Sucedió el “milagro de todos los días”, un ser humano se despierta y descubre la necesidad de “actuar”, de no plegarse a ser un engranaje de una maquina social guiada por intereses que no son los que la salud de la población y que genera sufrimiento y dolor.

Roberto asumió su responsabilidad como persona y profesional; no aceptó esconderse detrás de decisiones protagonizadas por las autoridades políticas y sanitarias: No se dijo a si mismo: “ellos sabrán lo que hacen”. La dilución de la propia responsabilidad en una responsabilidad colectiva es un fenómeno muy habitual. Las personas se consideran exoneradas de cualquier culpabilidad ante una acción colectiva en la que están participando, aunque no sea de forma protagonista. Quitan importancia a esa participación; los suyos son actos insignificantes y solo responden a los planes trazados desde arriba, de los que no se consideran responsables, y se acogen a la “obediencia debida”. No tienen ni siquiera la responsabilidad de reflexionar sobre los planes y las medidas aplicadas y sus consecuencias, a pesar de que estas las tienen delante de sus ojos, si quisieran mirar. Unos planes que se aplican mediante la suma de la acciones de una multitud de personas que no se considera responsables, personas que creen que son los de “arriba” los que deben rendir cuentas y dar explicaciones y no ellos, a pesar de que sean colaboradores. Como decía Hanna Arent “el mal es el resultado de los actos de personas normales que se encuentran en situaciones anormales”. (“Eichman en Jerusalem” BCN: Debolsillo, 2006) Describe la colaboración con la solución final del nazismo de personas como Eichman cuya acción no fue motivada por la  locura ni la maldad, sino que a una actitud de limitarse  a funcionar dentro de un sistema establecido. Otros dicen qué y cómo, y yo lo hago y punto. Por supuesto que este es un ejemplo extremo. Pero hay comportamientos menos trascendentes de eventos sin el alcance del holocausto que siguen la misma lógica y que constituyen un hábito de muchas personas; el problema es si ese hábito no se impondrá en otras momentos donde lo que está en juego es mucho más grave. Además, las consecuencias dañinas de la gestión de la Pandemia, sin acercarse a ningún holocausto, distan mucho de ser diligentes.

La Pandemia supuso para el conjunto de profesionales de Atención Primaria (AP) estar viviendo una situación de absoluta excepcionalidad, enfrentándose al proceso de toma de decisiones con un componente de incertidumbre y distrés moral hasta ahora desconocidos ([1]), pero se decidió ignorar tanto la incertidumbre sobre la propia pandemia como las implicaciones éticas y mayoritariamente se adoptó un seguidismo acrítico de todas las decisiones de las autoridades políticas y sanitarias.

El respaldo masivo de los profesionales a la gestión de la Pandemia no fue una opción debatida y meditada, fue un seguimiento pasivo y no reflexivo. Aceptar el encierro injustificado de unos ancianos, no oponerse a una medida arbitraria está en línea con otras actitudes generalizadas como la colaboración o al menos una no oposición activa a los pasaportes sanitarios encubiertos tras certificados de vacunación, que se impusieron como requisitos para su derecho a la movilidad a pesar de que las vacunas no impedían trasmisión, y que aquellos que habían padecido la enfermedad y la habían superado presentaban un riesgo para el resto de personas mucho menor que los vacunados, hecho no reconocido ([2]). También es muy llamativo ignorar el derecho al consentimiento, a los tratamientos médicos y a una información veraz y completa de estos. La mayoría de los médicos no asumieron ese deber ético y simplemente difundieron la propaganda oficial a pesar de sus contradicciones e inexactitudes. La obediencia debida como filosofía y la renuncia a la responsabilidad profesional sobre nuestra intervención al no buscar activamente información que la respaldara.   

El caso de Roberto Colino debería servir de estímulo para hacer un ejercicio colectivo de autocrítica que previniera actuaciones como las citadas y contribuyera a que los médicos asumieran sus responsabilidades y mantuvieran una postura de reflexión crítica y sensibilidad ante las necesidades y el sufrimiento de sus pacientes.

  1. https://amf-semfyc.com/es/web/articulo/medicina-basada-en-las-existencias-o-soporte-etico-para-las-decisiones-dificiles
  1.  https://www.cureus.com/articles/313843-behavioral-and-health-outcomes-of-mrna-covid-19-vaccination-a-case-control-study-in-japanese-small-and-medium-sized-enterprises?utm_source=substack&utm_medium=email#!/ 



     

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