El nuevo uniforme

Claudia Escario Tornos es enfermera residente de primer año de la especialidad de Familiar y Comunitaria en la Unidad Docente del sector 1 de Zaragoza, en el Centro Salud Picarral.

Suena el despertador, a la misma hora que siempre. No necesito mirar la hora, mi cuerpo ya sabe qué significa el sonido, me toca turno de mañana, con todo lo que eso conlleva. Me incorporo en la cama y permanezco inmóvil unos segundos, intentando analizar qué es lo que siento. Sueño podría ser, pereza bueno… pero es otra cosa. Es una presión en el pecho, ya conocida. Miedo, supongo. ¿Responsabilidad? No sé diferenciarlos exactamente.

Mientras desayuno, me imagino el turno en mi cabeza. Pacientes, medicaciones, pruebas… Sobre todo me vienen a la cabeza errores cometidos, detalles insignificantes de los que nadie parece haberse dado cuenta, pero los que yo sigo guardando en mi memoria. Son indestructibles. También pienso en todos los que podrían suceder. Salgo de casa con intranquilidad, aunque lleve tiempo haciendo este mismo camino. Es como si me faltara algo, sabiendo que no era así, porque me dejo todo preparado el día anterior, repasando todo mil veces.

Llego a la planta y todo ya está en marcha. Luces encendidas, el control lleno, algún timbre sonando, voces. Entro en el estar y saludo. Ellas están ahí, las enfermeras con experiencia. Esas que hablan con seguridad, se mueven con soltura, siempre saben qué hay que hacer. Las observo con disimulo. Me pregunto cuándo se aprende eso. Cuándo me dejaré de sentir tan vulnerable.

Cojo el cambio. Escucho. Asiento. Mi cabeza va por un lado y mis manos anotan por otro. Quiero hacer todo bien. Perfecto, incluso. No puede haber ningún error. No quiero molestar. No quiero aparentar inseguridad. No aparentar tener miedo por lo menos.

Preparo medicación, comprobando, desde luego, por lo menos 3 veces, al paciente, dosis, vía… Sé que está bien, pero el cuerpo no se relaja. Llego a la primera habitación. Saludo. Constantes, medicación, alguna que otra pregunta del paciente. Respondo, pero no antes de revisar mentalmente lo que voy a decir. Esos segundos pesan más de lo que deberían. Sonrío, pero dentro de mí sigo repasando cada gesto, cada decisión.

Ya es media mañana, cuando se juntan las curas con el pase de planta de los médicos, con la segunda ronda de medicaciones. Hoy el ritmo es intenso, pero aun así ellas parecen disfrutar. Pueden estar tensas por el ritmo, pero ellas están tranquilas con ellas mismas. No solo saben lo que hacen, confían en que es así. Y se nota. Me pregunto si en algún momento ellas se despertaban como yo, rumiando desde el primer momento en que abrían los ojos.

Recuerdo el primer día trabajando como enfermera, me tocaba turno de noche. El uniforme me quedaba holgado, pero la responsabilidad todavía más. Llegué a casa con la sensación de haber fingido toda la noche, me sentía como una infiltrada. Y sin pegar ojo, desde luego. Nadie me dijo nada negativo. Fue una voz que venía de dentro de mí, persistente, que me convencía de que no sabía lo suficiente.

El turno sigue avanzando. Desde fuera todo parece normal, sin embargo, sé que nada más salir por la puerta no va a acabar ahí, me perseguirá hasta irme a la cama. Y algo más.

Y así sucede. Mis pies están caminando sobre la calzada, pero mi cabeza sigue estando en la planta. Repaso todo desde el inicio. Sigo escuchando los timbres, el nuevo tratamiento del médico, conversaciones con mis compañeras, también silencios. Pienso si podría haber hecho algo mejor, si se me ha olvidado algo. No puedo desconectar. Quedo con mis amigas, no comentan nada parecido a lo que me pasa. Intento hablar de otras cosas, necesito desconectar, ya que por mi misma no puedo. Los pensamientos siempre vuelven, a ver si esta noche se apagan.

Un día, sin querer, hablando conmigo misma se me escapó en alto:

¿Otra vez se me ha olvidado lo que me ha dicho? No puedo más.

Una enfermera que llevaba trabajando ahí desde hace mucho, me mira y me dice:

A todas nos pasa, no te agobies. Todos los que empiezan en un servicio nuevo necesitan tiempo, y no es poco. En cuanto confíes, podrás pensar con claridad.

A lo mejor la inseguridad forma parte del camino. A lo mejor no es signo de incapacidad, sino de implicación. El problema aparece cuando la autoexigencia se desborda, no dejándonos disfrutar. No podemos castigarnos constantemente.

Me imagino dentro de unos años. Entrando en la planta con una sonrisa, saludando a mis compañeros, sin pensar en nada más. Sentir calma, no nudos. No sé cuándo llegará, ni si seré consciente. Pero sé que ocurrirá.

Mañana me volveré a poner el uniforme. Volveré a sentir esa presión. Pero hoy empiezo a entender que no me pasa solo a mí, que el hecho de que la gente no lo exprese no significa que no les ocurra. Que esa seguridad que envidio y admiro, también en su día se vistió de duda. Y que quizá, con el tiempo, yo también aprenderé a confiar. O puede que la duda no deba desaparecer del todo, por si me protege de los errores ¿Cuánto necesito dudar? ¿Hay un límite? ¿Cuántas veces lo tengo que repasar mentalmente? ¿Para eso también hay límite de veces? ¿Cuándo se deja de escuchar al dormir? ¿Y cuándo al sonar el despertador?



     

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