El dilema del tranvía aplicado a la medicina

Pedro Gargantilla. Universidad Francisco de Vitoria

Resumen: Los dilemas éticos o morales plantean hipotéticas situaciones equívocas en las que, ante un conflicto de valores, hay que tomar la decisión más correcta entre varias opciones que entran en conflicto. En estos dilemas se plantean las consecuencias directas, las indirectas de una acción moral y la diferencia entre matar y dejar morir.

The tram dilemma applied to medicine

Summary: Ethical or moral dilemmas pose hypothetical problematic situations in which, faced with a conflict of values, the most correct decision must be made among several conflicting options. In these dilemmas the direct consequences, the indirect consequences of a moral action and the difference between killing and letting die arise.

El ejercicio mental de imaginar situaciones en las que ninguna opción es buena para explorar los recovecos de la filosofía y reflexionar sobre ello es muy antigua. En nuestra cultura se suele citar que históricamente el primer dilema es el que aparece en el Talmud –entre el 30 a. de C. y el 500 d. de C.-. Allí dos personas se encuentran perdidas en el desierto con agua suficiente para mantener únicamente a una con vida hasta llegar a la primera población. Podrían compartir el agua, eso sí arriesgando sus vidas.

La británica Philippa Foot (1920-2010) forma parte del grupo de mujeres de filosofía ética más influyentes del siglo XX y es considerada la fundadora de la ética de las virtudes contemporánea, una corriente filosófica creada en sus inicios por Platón. Esta pensadora es conocida mundialmente gracias a una de sus obras: “Natural Beliefs” (1958) y al famoso problema del tranvía que enunció nueve años después.

En este problema se nos cuenta que un tranvía circula por una vía fuera de control y que en su camino se encuentran cinco personas atadas. Afortunadamente, es posible accionar un botón que hará entrar al tranvía en otra vía diferente en la que, por desgracia, hay otra persona atada. ¿Debería pulsarse el botón?

Este problema generó un debate profundo entre las diferentes corrientes filosóficas de la época. Algunos opinan que es mejor salvar cinco vidas que salvar una, pero otros señalan que no podemos disponer de la vida de una persona por el bien común.

Si la pregunta se hubiera planteado, por ejemplo, a Jeremy Bentham (1748-1832), defensor del utilitarismo, y basándose en el principio de mayor felicidad, habría defendido que el interés de la comunidad se basa en la suma de los intereses individuales y, por tanto, no habría dudado en responder que cinco personas vivas y una muerta son mejor que cinco personas muertas y una viva.

En el extremo opuesto tendríamos el imperativo categórico de Kant, según el cual debemos “obrar de tal modo que usemos a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como fin y nunca sólo como medio”.

Llevemos el problema del tranvía a nuestro terreno. Supongamos que lo que pone en peligro a las personas no es un tranvía, sino una enfermedad. Disponemos de una medicina capaz de curar a una persona, pero en ese momento entran otros cinco pacientes, de los cuales sólo necesitan el veinte por ciento de la dosis para sobrevivir. ¿Nos sentimos obligados a dejar morir al primer paciente?

Podríamos dar un paso más allá. ¿Sería justificado, siguiendo este hilo conductor, matar a una persona en interés de la investigación del cáncer o para obtener sus órganos para salvar la vida de varias personas?

En el año 1985 la filósofa estadounidense Judith Jarvis Thomson introdujo una variante al teorema del tranvía. El escenario era similar, un tranvía desbocado a punto de arrollar a cinco personas, pero en este caso el observador no es el conductor, sino que se encuentra en un puente situado por encima de las vías y podría salvar a las personas tan sólo con empujar a un hombre gordo que se encuentra a su lado.

Según David Edmonds, tal y como recoge en su libro “Would you kill the fat man?”, el noventa por ciento de las personas encuestadas están dispuestas a cambiar las manecillas en el supuesto de Foot, pero el noventa por ciento de las personas se niegan a empujar al hombre gordo que plantea Thomson.

Foot defendía que los seres humanos tenemos deberes positivos –ayudar a los demás- y deberes negativos –no inferir en las vidas ajenas-, lo cual podría explicar la respuesta dada por los encuestados. 

Entonces, ¿no hay duda de cuál es la respuesta correcta? Pues desgraciadamente no. A pesar de lo abultado de los porcentajes esto no significa que ninguna respuesta sea correcta. Si seguimos a David Hume del “es” no se deduce necesariamente el “debe ser”, es decir, las intuiciones morales pueden ser o no acertadas.

A partir de aquí las variantes no han dejado de aparecer, hasta tal punto que este experimento se ha hecho tan popular que se ha inventado un nombre para definirlo: “trolleyology” (tranviología).

Bibliografía



     

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