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DocTutor https://www.doctutor.es/2026/09/21/como-medico-que-ofrezco-de-valor/ Export date: Wed Sep 30 12:30:14 2026 / +0000 GMT |
Como médico, ¿qué ofrezco de valor?![]() Timothy P Daaleman. Médico de Familia, Chapel Hill, Carolina del Norte Resumen: El hábito semanal de revisar los datos sobre mi trabajo me llevó a cuestionar el valor de mi propio trabajo y de mi profesión. Intenté encontrar una respuesta a esta incógnita durante meses, pero fue un encuentro con un paciente lo que me reveló la respuesta que buscaba. Como médico, tengo la obligación de cuidar a otra persona, especialmente cuando una enfermedad, discapacidad o lesión crea una brecha entre el paciente y su propia identidad. Me encuentro ahí para protegerlo. Para contrarrestar mi adicción a los datos, he adoptado la práctica de revisar la atención que ofrezco a mis pacientes y mis reflexiones internas al final del día. Este ejercicio diario ha revelado un patrón en el que mi enfado, desesperación o aislamiento están invariablemente ligados a aquellos momentos en los que no he podido apoyar a un paciente. Más importante aún, esta práctica ilumina mis mejores momentos, cuando he entrado en ese abismo con una promesa tácita pero firme a mi paciente de que no lo abandonaré.As a physician, what value do I offer? Summary: The weekly habit of reviewing data about my work led me to question the value of my own work and my profession. I tried to find an answer to this question for months, but it was an encounter with a patient that revealed the answer I was looking for. As a physician, I have an obligation to care for another person, especially when an illness, disability, or injury creates a gap between the patient and their own identity. I am there to protect them. To counteract my addiction to data, I have adopted the practice of reviewing the care I provide to my patients and my internal reflections at the end of each day. This daily exercise has revealed a pattern in which my anger, despair, or isolation are invariably linked to those moments when I have been unable to support a patient. More importantly, this practice illuminates my best moments, when I have walked into that chasm with an unspoken but firm promise to my patient that I will not abandon them. Todos los lunes por la mañana, tengo la costumbre de acceder al sistema electrónico de registro de nuestro sistema de salud para revisar mis datos de desempeño de la semana anterior. Es una tarea sencilla que comienza con la visualización de las tablas y gráficos de mi productividad clínica: una lista del número de pacientes que he atendido, lo que he derivado,… y cómo me comparo con mis colegas. Luego, me detengo a observar un cuadro de mando que muestra cómo se compara la calidad de mi atención con la de un grupo de pacientes. La rutina termina con un vistazo rápido a un panel que detalla la eficiencia de mi flujo de trabajo en actividades como el tiempo que me lleva completar mis notas o mi tiempo de respuesta a los mensajes de los pacientes. Después de varios meses, este hábito se convirtió en una práctica arraigada que solo me llevaba unos minutos, pero me llevó a hacerme una pregunta existencial y cargada de sentido sobre cual era el propósito de mi vida. ¿Cuál es mi valor como médico?Como la mayoría de los médicos, soy consciente de que la productividad se ha convertido en el santo grial de la medicina contemporánea, una búsqueda incesante y esquiva para lograr resultados orientados al paciente de una manera que minimice los costos. Si bien esta comprensión se basa en un contexto organizativo, también sabía que los filósofos distinguían de una forma más fina el concepto de valor, por ejemplo, diferenciando valor intrínseco y extrínseco. En términos sencillos, el valor intrínseco es algo que es bueno por sí mismo. El valor extrínseco, por el contrario, es algo que es bueno pero por referencia a otra cosa, porque facilita o lleva a conseguir el bien de otra cosa con la que está relacionada de alguna manera. Con el tiempo, descubrí que la evaluación de mi trabajo semanal se había convertido en un escaparate que mostraba el valor extrínseco de mi práctica médica. Por un lado, me sentía bien al ver la cantidad de pacientes que recibían servicios preventivos o mi tiempo de respuesta a sus preguntas o mis índices de prescripción. Pero esta ola positiva siempre alcanzaba su punto máximo y se diluía rápidamente, llevándose consigo mi alegría. Comencé a preguntarme si estas emociones encontradas estaban ligadas a la constatación de que muchas de mis funciones ahora pueden ser realizadas de manera igual o mejor por otros, como los paramédicos los enfermeros especializados, etc. Quizás también estaba tomando conciencia de que las competencias que me distinguen como clínico, como resolver enigmas diagnósticos, podrían algún día ser reemplazadas por la inteligencia artificial, que ofrece la posibilidad de personalizar cada diagnóstico y decisión terapéutica. En las semanas siguientes redoblé mis esfuerzos para identificar una habilidad clínica, una destreza interpersonal —o cualquier otra aptitud— que reflejara el valor único de mi práctica médica. Sin embargo, siempre me quedaba con las manos vacías. Estaba con esta obsesión cuando un fin de semana mientras estaba de guardia y recibí el siguiente mensaje sobre un paciente mio, que había sido dado de alta del hospital tras un derrame cerebral. “Dr. D, por favor llame a su esposa lo antes posible. Desea hablar con usted sobre su reciente hospitalización, la medicación y la atención médica en casa. Siente que no le están respondiendo a sus preguntas. Le comenté que estábamos intentando programar una cita de seguimiento en el hospital, pero me dijo que no puede moverse ni subirse a una silla de ruedas. Por favor, llámela a casa lo antes posible. Le dijo que era muy importante”. Llamé rápidamente y Sofía (nombres ficticios) me contó la historia de Lucas. Lucas tenía solo 45 años y había sufrido varios ictus antes de ser trasladado de urgencia al hospital tras ser encontrado inconsciente en su domicilio por la policía. Al ingresar en el servicio de neurología, la tomografía computarizada de su cabeza reveló un nuevo ictus isquémico izquierdo. Su hospitalización, que duró casi dos semanas, incluyó una evaluación diagnóstica exhaustiva, tratamiento médico intensivo y diversas terapias de rehabilitación. Sofía había llamado muy preocupada, ya que no había estado presente en el alta de Lucas y no comprendía su medicación. Durante la llamada, pude revisar el informe de alta y aclarar la medicación con Sofía y la farmacia local, y solicité una cita de seguimiento con Lucas. Tres días después, Lucas fue llevado a mi clínica en silla de ruedas por su hijo adolescente. Sofía los acompañó y me dió un informe preliminar indicando los cuidados a domicilio que habían recomendado. Mi interacción con Lucas fue difícil, ya que presentaba graves dificultades del lenguaje, marcadas por perseveraciones de palabras, y sus hallazgos físicos revelaron una parálisis completa del lado derecho. Tras completar mi exploración, revisé y firmé las órdenes de atención médica a domicilio de Lucas, verifiqué sus próximas citas con el neurólogo y los puse en contacto con nuestra coordinadora de enfermería. Cuando estaba a punto de finalizar la consulta e imprimir la hoja informativa sobre sus medicamentos y futuras citas, Sofía me preguntó si podía hablar conmigo en privado. «Dejé a Lucas hace aproximadamente un año», fueron las primeras palabras de Sofía después de que Lucas y su hijo salieran de la habitación. Luego me contó la espiral descendente de acontecimientos que rompieron su matrimonio y que finalmente la llevaron a mudarse a un pueblo a dos horas de distancia. “Estaba tan enfadada y dolida con él que, después de mudarme, me volqué en el trabajo”, continuó Sofía. “Ganaba buen dinero y no me importaba trabajar muchas horas, ya que soy buena en lo que hago y me ayudaba a olvidarme de él. Aun así, me preocupaba la salud de Lucas y lo llamaba de vez en cuando para ver cómo estaba. Cuando no contestó durante tres días seguidos, supe que algo andaba mal y llamé a la policía”. Me quedé allí, asimilándolo todo. “Sabía que tenía que cuidarlo cuando estuvo en el hospital tras el nuevo derrame cerebral. Seguimos siendo marido y mujer, y no podía simplemente internarlo en una residencia de ancianos”, reveló Sofía. “Cuando volví a casa a buscar sus cosas, encontré frascos de sus medicamentos sin abrir”, añadió con lágrimas en los ojos. “Creo que intentó suicidarse después de que me fui”. Pude ver a Sofía asimilando la serie de desgracias que había sufrido durante el último año. Se secó las lágrimas y se recompuso antes de volverse hacia mí y decirme con tono confesional: «Nunca le he contado a nadie fuera de mi familia lo que te acabo de contar». Sofía se levantó y salió de la habitación para reunirse con su esposo, que estaba en silla de ruedas. Y cuando la puerta se cerró tras ella, oí como en un susurro la respuesta a la pregunta sobre el valor del trabajo de mi vida que me había estado atormentando en los últimos meses. Me mantengo firme en la brecha. El papel de mediador va más allá de las habilidades clínicas básicas de demostrar empatía, escuchar activamente y estar presente. Como médico, implica el compromiso con el cuidado de otra persona, especialmente cuando una enfermedad, discapacidad o lesión crea una brecha entre el paciente y su propia identidad. Recuerdo cuando la noticia de un diagnóstico terminal destrozó a uno de mis pacientes. A lo largo de su enfermedad, intenté recomponer su vida reafirmando su humanidad. En el caso de otra paciente, las secuelas de una enfermedad crónica progresiva e incapacitante provocaron su alienación y alteraron sus relaciones familiares. Luché muchas veces por ser el puente de comunicación que cruzara ese abismo. Incluso cuando los flujos de trabajo de mi propio sistema de salud, sin saberlo, trastocaron los planes de atención de un paciente confinado en su domicilio, me sentí responsable de encontrar la solución clínica que pudiera resolver la situación. Durante muchos meses leí y reflexioné profundamente sobre el valor de la medicina, sobre su “sentido”. Pero fue mi encuentro con Lucas y Sofía lo que me mostró la realidad de estar en primera línea. Ahora entiendo que determinar el valor de mi trabajo no es lo importante. Lo que sí es importante es mi identidad como médico y el trabajo cotidiano que me sitúa en medio de la complejidad de la condición humana. Esta revelación también me ayudó a reconocer que la evaluación de mi trabajo semanal me cegaba ante esta experiencia vivida. He intentado dejar mi hábito de consultar datos, pero simplemente no puedo. Así que le conté a un amigo más sabio que yo sobre esta compulsión y me sugirió una práctica diaria que he adoptado al final del día. La rutina comienza por tranquilizarme, reflexionar sobre mi día con gratitud y reconocer los regalos recibidos. Estos regalos pueden ser pequeños y aparentemente insignificantes, como la auxiliar que me pregunta cómo me va el día, o el acontecimiento vital de un paciente que recibe un informe sin evidencia de cáncer a los cinco años. El segundo paso consiste en una revisión del día en la que reflexiono y visualizo a los pacientes que he atendido, prestando atención a los movimientos internos y las emociones que afloraron. ¿Por qué me sentí tan frustrado, por ejemplo, porque una familia se negó a considerar cuidados paliativos para su madre, que claramente se encuentra en la fase final de su vida? La revisión puede señalar aquellos momentos en los que he fallado en mi práctica médica. Concluyo el ejercicio reconociendo lo que ha surgido y pidiendo que se me permita continuar al día siguiente. Estoy descubriendo que mi práctica diaria va más allá de simplemente equilibrar la evaluación del trabajo semanal. Algunos días observo un patrón: mi enfado, desesperación o aislamiento están invariablemente ligados a aquellos momentos en que no he podido apoyar a un paciente. Más importante aún, este ejercicio ilumina mis mejores momentos, encuentros en los que he entrado en ese abismo con una promesa tácita pero firme a mi paciente: que no lo abandonaría, que no enfrentaría sus miedos solo. Al hacerlo, me ofrezco como una invitación a la posibilidad de que la sanación siempre esté disponible, un testimonio sobre la verdad de que no hay nada que pueda separarnos de nuestro propio ser. What is my valour as a doctor? Annals of Family Medicine. |
| Excerpt: Narrativa clínica en la que un médico de familia confiesa que para contrarrestar su adicción a los datos, ha adoptado la práctica de revisar la atención que ofrece a sus pacientes y sus reflexiones internas al final del día. Este ejercicio diario le ha revelado un patrón en el que su enfado, desesperación o aislamiento están invariablemente ligados a aquellos momentos en los que no ha podido apoyar a un paciente. |
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Post date: 2026-09-21 22:18:51 Post date GMT: 2026-09-21 20:18:51 Post modified date: 2026-09-30 09:07:47 Post modified date GMT: 2026-09-30 07:07:47 |
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