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Buscando la Verdad en Medicina: el ejemplo de los Presocráticos.


Pedro Gargantilla Madera. Profesor Historia de la Medicina, Universidad Francisco de Vitoria

Fragmento de "La Escuela de Atenas". Rafael Sanzio. 1510.

Resumen: En medicina no hay verdades absolutas y los médicos necesitan desaprender para poder aprender. La práctica médica se guía por la búsqueda de la evidencia clínica, como dirían los presocráticos la búsqueda de la verdad (alétheia).

Searching for the Truth in Medicine: the presocratics example

Abstract: In medicine there are no absolute truths and clinicians need to unlearn in order to learn. Medical practice is guided by the search for clinical evidence, as the pre-Socratics would say the search for truth (alétheia).

Una de las improntas terapéuticas que tenemos los médicos grabada a fuego desde la época de la facultad es el empleo del ácido acetil salicílico -a dosis bajas- en el tratamiento de la prevención primaria y secundaria de la cardiopatía isquémica. Sin embargo, en el año 2018 aparecía publicado en el New England Journal of Medicine un estudio que afirmaba que este tratamiento no protegía contra eventos cardiovasculares. Entonces, ¿no existen las verdades absolutas en medicina?

A pesar de pecar de reduccionismo, la medicina y la filosofía comparten un origen común y un objetivo similar, la búsqueda del bien y de la felicidad del ser humano. Sin embargo, su foco de acción es muy diferente, mientras que la filosofía se centra en el alma, la medicina tiene por objeto el estudio del cuerpo.

En la Grecia antigua no había una clara distinción entre ambas disciplinas, no había línea divisoria entre médicos y filósofos, es más, a estos últimos se les denominaba “físicos” porque estudiaban la “physis”-la naturaleza-, que era un concepto que incluía tanto lo material como lo espiritual.

Con el paso del tiempo la filosofía y la medicina se han ido distanciando y ahora se miran en la lejanía con cierto recelo. Eso no ha sido óbice para que a lo largo de la Historia de la Medicina hayamos encontrado numerosos médicos-filósofos, desde Maimónides hasta Averroes pasando por Laín Entralgo o Karl Jaspers. Ya lo dijo Hipócrates en uno de sus aforismos: “el médico es igual que el filósofo”.

Entre los siglos VII y V a. de C hicieron su aparición los filósofos presocráticos y los médicos prehipocráticos (Empédocles de Agrigento, Alcmeón de Crotona), pensadores que propiciaron el paso del Mito al Logos y que desviaron la medicina griega de la nigromancia. 

Aquellos filósofos entendían que la verdad se lograba con el conocimiento verdadero y, por ello, plantearon una pregunta que sigue de vigente actualidad: ¿cómo es posible conocer un mundo que no deja de cambiar?

La importancia de los presocráticos fue extraordinaria, su curiosidad fue la semilla del deseo de conocimiento y lo que les llevó a la búsqueda de la sabiduría. Las respuestas que daban acerca de la realidad tenían cosmogonías diferentes, pero todos ellos abordaron cuatro aspectos básicos: sophía (sabiduría), lógos (razón), alétheia (verdad) y episteme (ciencia).

Para Heráclito el tiempo y la historia son diferentes en cada instante, cambian constantemente, de forma que nada es permanente y, por tanto, todo está en continuo movimiento. Para este filósofo todo muta de forma incesante hasta el punto de que “no es posible bañarse dos veces en la misma corriente”.

Si regresamos a la medicina, nuestro ejercicio se mueve en un mundo de grises, no existe la certeza absoluta, lo que hoy parece que es un dogma mañana puede estar contraindicado. Por ello nadie en su sano juicio duda que el médico necesita el estudio continuo y la actualización permanente para llevar a cabo su profesión. 

La medicina, como ciencia, tiene dos características básicas, es revisable y está basada en la evidencia; pero al mismo tiempo al tratarse de una actividad humana, puede caer en las redes de los dogmas y las creencias. 

Todo profesional debe estar dispuesto a deponer las redes del entendimiento seguro y aprender a desaprender, no hay nada más humilde que esta práctica, es lo que podríamos llamar medicina con mayúsculas.

La sociedad griega se basaba en la palabra, por eso no es de extrañar que para Heráclito el principio (arkhé) del cosmos y del hombre, de la razón y de la physis fuese la palabra, un concepto en el que coincidirá con San Juan. En su “Prólogo” afirmó: “Al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios”.

En las antípodas de Heráclito se encuentra el otro de los grandes presocráticos, Parménides, el defensor de la unidad de lo real. Para este pensador lo que existe no ha podido surgir de la nada (del no-ser), puesto que de ella nada se crea. Entiende que si hay “ser” es porque es imposible el “no ser”, en definitiva, “lo que hay” y el “ser” son sinónimos.

En su poema “Sobre la naturaleza” este filósofo opone el concepto de alétheia (verdad) al de doxa (opinión). Nuestra práctica médica se guía por la búsqueda de evidencias científicas contrastadas, prevaleciendo sobre las opiniones (doxa) que puedan tener supuestos expertos.

Bibliografía

Graña Aramburú A. Filósofos que contribuyeron al progreso de la medicina. Acta Med Per 205;32(1):41-49
Morin E. El pensamiento complejo. Barcelona: Editorial Gedisa SA; 2003.  

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