Jubilación

Roger Ruiz Moral. Editor de Doctutor
Abro la puerta de mi casa y de repente me encuentro como si estuviera en un lugar que no he visitado nunca, completamente nuevo para mí. En los últimos meses he tenido esta misma experiencia de, en diferentes lugares, presentárseme estos con matices antes nunca experimentados por mí,…¿Cuál de estos “mundos” elegir para describirlo? Me tienta presentar aquellos que me han complacido especialmente, y que me despiertan en un momento dado con más frecuencia, quizás por su belleza o infrecuencia, esa sensibilidad sobre lo que me rodea que hasta hace poco parecía estar adormecida. Tengo en mi cabeza, por ejemplo, el bosque que he visto recientemente después de una tormenta de verano cuando los vapores que manan del suelo se difunden en un brumoso ascenso difuminando el paisaje que se recupera poco a poco y los trinos de los pájaros se van imponiendo al ruido pertinaz y amenazador pero cada vez más tenue de la lluvia. Pero quiero hacerlo mejor con algo cotidiano, el mundo que se me ha presentado cada día durante muchos, muchos días. Pienso que tal vez esto tenga incluso más trascendencia por lo que supone de superar lo rutinario, lo frecuente, lo anodino o lo intrascendente que representa siempre lo rutinario:
Abro la puerta de mi casa y como todas las mañanas inicio mi camino hacia el centro de salud…sin embargo, hoy ese camino me parece distinto. Tal vez sea porque no es la hora temprana habitual en la que salgo de casa para llegar a mi consulta con el tiempo suficiente para repasar la lista de pacientes que tengo hoy citados y hacer algunas tareas previas. Es sólo un poco más tarde, de modo que seguramente eso no debe ser la causa de esa diferencia…¡ah ya! Creo que la cosa está en que resulta que hoy voy sin prisas, sin saber cómo ni por qué me he desprendido de la habitual urgencia. Me pregunto si será solo esto, la parsimonia con la que estoy iniciando el día lo que ha hecho que lo que me rodea aparezca ante mi con una nueva cara, como algo inédito, porque otras veces he salido de casa con tranquilidad y no he tenido estas sensaciones.
Esta mañana he visto una luz diferente reflejarse en las losetas de la acera, me he dado cuenta que el cartel del bar de enfrente tiene una rima curiosa y los colores de las letras con el que están escritas las tapas y las raciones son como más llamativos y parecen tener relieve, hay manchas en la pared que simulan figuras extrañas, algunas como caras humanas, otras parecen animales, incluso me he detenido a mirarlas como si fuese un divertido ejercicio de imaginación, después (o tal vez al mismo tiempo) he disfrutado de la falta de ruido, y no es que la calle esté en un silencio absoluto, pues percibo de vez en cuando que me llega de forma esporádica y azarosa el canto desacompasado de algunos pájaros y parece que a lo lejos existiese como un run-run huidizo casi con cadencia melódica de algo que no puedo identificar. Tal vez es una máquina. Es una experiencia más bien de quietud. Es octubre y en mi barrio no hay aromas especiales en octubre, pero tampoco hay humos y el olor a fritanga de los bares para turistas que por la tarde noche irrita el ambiente de la medina cordobesa, a estas horas ha desaparecido, ¿a que huele la mañana hoy?…a nada, y tal vez esa falta de olor es lo que me ha llamado la atención. Una persona tuerce la esquina y viene por la calle, que es muy estrecha, hacia mí, casi me roza, aunque mira hacia el suelo he visto su rostro joven un poco abotargado me pareció, una mujer con una falda ocre plisada poco adecuada para su edad y un jersey ancho y de mangas cortas de color verde apagado, al percatarme de sus sandalias y sus dedos de los pies pintados de rojo me parece como si no pisara el suelo como si levemente se deslizase sobre él. Tanto es así que me doy la vuelta cuando me sobrepasa para ver su deambular y me tranquilizo al confirmarme que no es una aparición. En condiciones normales ni siquiera me habría percatado de que alguien anónimo se cruzó conmigo.
Me resulta extraño esta manera nueva y repentina de ver lo “rutinario” con esa riqueza de matices… además lo veo todo sin juzgarlo como algo que simplemente está ahí, y del que yo soy espectador y parte ya a la vez. Es como si lo que me rodea me penetrase o tomase como por asalto mi persona. Inmediatamente, vuelvo en mí para reflexionar sobre todo esto…en condiciones normales habría seguido mi camino de una forma, diré, menos atenta, después de este fogonazo, pero me ha dejado un poso que seguramente es lo que me inclina a describirlo.
El día sigue su marcha, resuelvo un par de tareas domésticas y deambulo sin prisas. Entonces vuelvo a caer en la cuenta de mi ausencia de obligaciones “mayores”. Ya en casa, cojo el libro y leo:
“Titubeo. No es que me falten palabras sino todo lo contrario. Hay tanto que decir que no sé por dónde empezar. Siento que retrocedo lentamente, tambaleante, esgrimiendo en mis brazos extendidos una carga inmensa, voluminosa e ingrávida. Mi madre representa tanto y, al mismo tiempo, nada. Debo andar con cautela porque piso tierras movedizas. Por supuesto, sé que diga lo que diga seré objeto de sonrisas afectadas y cómplices por parte de los aficionados a la psicología que atiborran la sala”*
Últimamente los libros me duran más. Creo que leo con más reposo, de una forma más minuciosa y pausada, también sin prisas, no hay nada que me obligue al texto más que su puro disfrute y mi comprensión profunda de su mensaje y sus formas, pero no de una forma instrumental, es decir como en una explotación del mismo para proyectarme en mis acciones y que así contribuya a hacerlas eventualmente más exitosas. Este texto de Banville, a medida que lo leía, pero sobre todo la frase “Mi madre representa tanto y, al mismo tiempo, nada”, me ha intranquilizado, y de repente, parece que me ha abierto otra puerta, esta vez a mis recuerdos de antaño rememorándome un episodio del mundo ya extinguido de mi infancia y en el que yo mismo estoy integrado, y así me ha llevado del desasosiego a un estado de ánimo de una asombrada pero desapasionada nostalgia.
Se trata de algunos recuerdos selectivos de mi infancia que, gracias al texto (no es la primera vez, también a veces los reconozco de igual forma en sueños) me han venido a la cabeza. Trataré de exponerlos también al modo literario (no pretendo compararme con este maestro irlandés):
“Estoy sumergido en un entorno estático y amable en el que las cosas que me rodean en realidad no las percibo como cosas que me rodean sino como parte de los espacios que contienen esas cosas. Son esos espacios los que parecen configurar lo que contienen y darles el realce con el que ahora aparecen ante mí resaltando su importancia. Me atraen, despiertan mi interés, aunque se trata una vez más de cosas simples, sencillas, habituales y aparentemente intrascendentes. Pero, el mero hecho de presentarse ahí de la manera en la que están, tan encajadas, como formando un equilibrio que podría desaparecer si sólo alguna pieza por insignificante que sea se alterarse, me hace sentir bien. Yo estoy también ahí, aunque no me veo, me percibo ahí, a mi madre sí que la veo. Me aparece la escena como un descubrimiento, aunque en un espacio y un tiempo del pasado que seguramente por eso mismo también contribuye a esta nueva percepción: nunca antes vi esa mesa con el mantel de flores de colores ya débiles y algunos cubiertos sobre él. La mesa aún está sin terminar de poner. Es la hora previa de la comida y estoy justo recién llegado del colegio y mi madre joven de pie con su pelo negro contándome alguna historia del día en la habitación de mi primera casa en el pueblo, y que era transición de la sala a la cocina. Con el ventanal que daba al patio principal ante el que había incrustado una especie de tabla-escritorio para rellenar el espacio al que se abría y que era el que dejaba el grosor de los muros de la habitación en sus laterales y en el hueco de enfrente del ventanal unas frágiles estanterías también insertadas en el muro esta vez conformando un armario improvisado que contenía multitud de variados cachivaches, todo él cubierto con cortinillas de un tacto rugoso y de un color marrón…y sobre todo la irregularidad de las paredes de la habitación encaladas…pero es la cara de mi madre, sonriente y dulce, sosegada, protectora y amable, lo que de verdad me impacta. ¡Es la madre de mis doce años! ¡Entonces vuelvo en mí y siento una enorme pena!”
Al recuperarme de la desazón y “volver en mí”, a mi realidad presente, recupero otra vez mi mente analítica y pienso en ello y en la experiencia de esta mañana cuando he abierto la puerta de la casa. Podrían ambas cosas explicarse como algo similar a la famosísima experiencia que describió el escritor francés. En mi caso, sin embargo, no parece tratarse de un único sabor lo que me hace ver lo cotidiano de una forma inusual, lo que me rememora un episodio de mi infancia de una forma distinta. Parece tratarse más bien de una manera de percibir en su conjunto: olor, sabor, oído, tacto, visión y emoción, este último dicho en la más estricta y Schelergiana consideración de sentido interno.
Y me quedo pensando…
¿Es esto “percepción plena”? ¿“autopercepción”?
¿Es esto lo que llaman estar más “ensimismado”? ¿ocupado de mí mismo y de mi “aquí ahora”?
¿Puedo llamar a esto despreocupación? Aunque tal vez deba mejor llamarlo “ocupado conmigo y mi circunstancia”, una circunstancia nueva en la que han desaparecido las tareas y responsabilidades de los últimos cuarenta años…en todo caso, si es así, siento curiosidad, debería profundizar y ver hacia donde me lleva esto, aunque no sé por qué ha de llevar a algo.
(*) John Banville. El libro de las pruebas. BCN: Anagrama, 2000, Pág 48.







