Dos pequeñas historias…íntimas

Gema García. Médica de familia (Madrid)

Resumen: La narrativa clínica de este número viene de la mano de Gema García, una médico de familia que nos revela en sus “Dos pequeñas historias íntimas”, por una parte esas pequeñas decisiones que un médico toma en su día a día, su repercusión en las personas a veces enorme y la tiranía del tiempo siempre agobiantemente presente como una amenaza sobre ellos y nosotros (un tiempo que no tenía); por otra esa paradoja desconcertante de lo humano que surge sin avisar casi a traición en el trabajo de una médico de familia (una casita de campo).

Two small…intimate stories 

Summary: The clinical narrative of this issue comes from the hand of Gema García, a family doctor who reveals in these stories, on the one hand those small decisions that a doctor makes in his/her day to day, its impact, sometimes enormous, in people and the tyranny of time always overwhelmingly present as a menace on them and us (a time that I didn’t have); on the other, that disconcerting paradox of the human that arises without warning almost betrayal in the work of a family doctor (a small country house).

Un tiempo que no tenía

Cuando la vi, sentada en la sala de espera, empecé a notar prisa en mi interior. Era media mañana y yo debía llevar unos 20 o 25 minutos de retraso en aquel momento. Iba a atender a Antonio, que había venido del hospital donde le envié por una hemorragia digestiva alta, me parecía un paciente delicado, y ella tenía otras 5 personas por delante en la lista, aunque Salvador no estaba cuando salí a nombrar.

La había atendido el día anterior, y le propuse volver en 48 horas si no mejoraba. El hecho de que estuviera allí solo un día después me hizo tomar la decisión, aún sin verla, de derivarla a urgencias, y eso tenía que ser pronto, porque si llegaba al final de la mañana los especialistas ya no estarían allí para verla. Por otro lado no me sentía cómoda nombrándola delante de los demás, suponía que todos sabían su hora y lo verían como un trato de favor hacia una persona de alguna manera “de la casa”, al fin y al cabo era “nuestra señora de la limpieza”, así que decidí que tendría que pasar después de los otros cuatro (o cinco) citados.

Aceleré. Cuando terminé de valorar a Antonio, y a dos pacientes más, el tercero, Fulgencio, no entró. Yo me resistía a salir de nuevo a la sala y exponerme a sus miradas demandantes pero estaba perdiendo “un tiempo que no tenía” así que me levanté y al salir a llamarle de nuevo, Salvador, el paciente que faltaba la vez anterior, me abordó; junto con su hermana me dijeron que él tenía cita antes que todos los que estaban en la sala y que no podía esperar a que viera a los demás, porque realmente necesitaban hablar conmigo. Como sabía que había estado ingresado por un debut psicótico, no me pareció oportuno tenerle allí esperando (“Pásale, Gema” -me dije). Así que dediqué “un tiempo que no tenía” a Salvador mientras la prisa crecía en mi interior, a cambio, el encuentro transcurrió con buen contacto mutuo.

Después hice sentar a Fulgencio, bien conocido en mi consulta por lo que supe  “esto me va a llevar un tiempo que no tengo”, y en ese instante tomé la decisión consciente (“Escúchale, Gema”- me dije) de darle el que necesitara. Venía a contarme que estaba más sordo de lo habitual, que había pasado un catarro y quizá fuera congestión en los oídos. No tenía más motivos de consulta. ¡Bien! ¡Breve! ¡Banal! Cuando terminé de explorarle -solo un tapón de cerumen en el oído más sano- y fui a explicarle el tratamiento, me dijo que no me oía NADA.

Ahí entré en un punto de crispación. Era consciente de que el paciente no me oía, no me entendía y precisamente por ello consultaba hoy, pero yo necesitaba que lo hiciera sobre todo ¡rápido! para pasar al siguiente paciente. No se me ocurría otra cosa que repetirle lo dicho o escribirlo y que lo leyera. No comprendía nada mi voz, ni mis labios, ni tampoco mi letra sin sus gafas. Me sentía incapaz de hacerle llegar el mensaje y quería terminar pronto…  al fin y al cabo la consulta era banal…

Cuando terminé de atender a la quinta paciente, entró ella para contarme lo que ya sabía:  

“No estoy mejor, tampoco peor, la verdad, pero así no puedo seguir”

Así que sí, le dije que le daba un volante para urgencias del hospital. Estábamos de acuerdo ambas en la derivación. Quizá aquello que le pasaba a su ojo izquierdo era la conjuntivitis que parecía, pero dado que en el derecho tenía un melanoma coroideo, prefería que lo confirmaran los oftalmólogos y un rato más tarde ya no lo harían.

“Te doy el volante y te vas a urgencias.
¿Pero ahora?
Claro, si vas al hospital debes ir ahora, porque sabes que luego los oftalmólogos no están.
Sí, sí, yo quiero ir ya. Pero a ver quién me lleva… Mi hija va a dejar de ser mi hija, está harta… pero se lo preguntaré…
Pues no, no puede, y ya no voy a discutir más con ella… Llamaré a mi vecino a ver si él me puede llevar…
Luis ¿puedes acercarme a urgencias del hospital?”

 Vi cómo al colgar el teléfono las lágrimas fluían con libertad por sus ojos, por los dos… no podía parar de llorar, y eso con seguridad conllevaba “un tiempo que no tenía”, (“Déjala, Gema” –me dije) pero me pareció  justo ese tiempo el que ella necesitaba desde hacía muchos días, así que la dejé llorar hasta que empezó a aparecer el suspiro y el hipo y poco a poco pudo hablar… 

“Yo sí que estoy harta de pedir, pedir favores para todo, de estar sola para todo… no es justo ¿por qué yo? ¿por qué a mí?… por qué me tienen que pasar tantas cosas y por qué necesito tanto de otros…” 

Y así, dedicando una y otra vez “un tiempo que no tenía” a sus emociones y también a las mías, fui atendiendo a cada paciente de aquella mañana lo mejor que supe o pude… y hasta recuperé algo del retraso que había acumulado…

Una casita de campo

Se acercó hasta el Centro para decirnos que no sabía lo que le pasaba a su mujer, que desde hacía tres o cuatro noches, de madrugada, se levantaba y se tiraba al suelo, y que él no sabía por qué, porque no la entendía.

“¿Y qué hace en el suelo? ¿por qué no se levanta? ¿qué dice?
Es que no la entiendo…
¿Y dónde está ahora?
En el suelo”

Así que media hora más tarde nos personamos en su casa. Una casita de campo en medio de la vega, en el quinto o sexto camino de tierra que sale de la carretera, ¡la habíamos encontrado! Tal como nos indicó: varias casas y un solo coche. El ladrido de los perros nos anunció que allí debía vivir alguien, pero al acercarnos a la puerta el olor de la casa nos hizo retroceder algunos pasos.

“Adelante, aquí es. Ésta es mi casa, en la habitación está mi mujer”

Y allí, tendida en el suelo, fría, lívida, fétida, con partes amoratadas y otras pálidas, con un charco oscuro alrededor del pelo y un vientre desmedido, yacía Encarna, incapaz ya de responder a ninguna pregunta.

Nos llevó poco tiempo hacer la anamnesis y la exploración física, así que tras realizar el informe de asistencia, llamamos a la Guardia Civil. Ellos no encontraron el quinto o sexto camino como nosotros, sino que en el que eligieron pincharon una rueda, lo que nos brindó un tiempo más largo para pensar y conversar con Juan.

Yo no entendía lo que pasaba allí. No sabía lo que había ocurrido noches atrás. Pero por encima de todo, no entendía qué era lo que Juan no entendía, cuando nos vino a avisar al centro: “es que no la entiendo”, no podía entender qué había hecho aquel hombre aquellos días en aquella pequeña casa, no era capaz de imaginar qué era lo que él pensaba. 

En aquellos minutos de espera hablamos sobre la vida, el campo, el pueblo, la cosecha, los árboles… conversábamos… callábamos…esperábamos… hasta que, contraviniendo una de las reglas fundamentales sobre cómo dar malas noticias, decidí informarle allí al pie de la mesa de la entrada de su casa de lo evidente:

“Bueno, Juan, sabes que Encarna ha fallecido.
¿Cómo? ¿está muerta?- articuló sorprendido”

En ese segundo cerró los ojos, la boca, dejó de vernos, de mirarnos, y comenzó a perder fuerza… Le sentamos, y cuando volvió a conectarse con la vida, no podía decir ni una sola palabra, se había orinado y aunque tenía los ojos abiertos no se comunicaba con nosotras.

Aún con el olor y la mirada detenida allí en aquella casita de campo, me preguntaba qué cosas habrían pasado por la cabeza de aquel paciente, de aquel hombre durante aquellas horas, días. Por qué aquella mañana Juan decidió acercarse a nuestro Consultorio, por qué aquella y no dos o tres antes…



     

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1 respuesta

  1. susana moreno molina dice:

    eso mismo me pregunto yo en ocasiones parecidas.., «no se le quita la tos» , 4.00h madrugada, en su domicilio, «hace 2 días que su medico vino a casa y nos dijo que era un resfriado». La situación de esta mujer frágil, encamada, en edema agudo de pulmón desde hacia varias horas, hizo que tomase la decisión de actuar con fármacos y esperar. Mientras la enfermera y el técnico de transporte la atendían, yo me fui al comedor con su hija y su yerno para iniciar la acomodación a la peor noticia que iban a recibir en pocos minutos. Deseando que no sonara mi teléfono de guardia para darme otro aviso. Mis compañeros me preguntaron: vamos a quedarnos aquí hasta que muera?, SI, respondí.

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