Piscinas Vacías

Sara Yebra Delgado 
R4 de medicina familiar y comunitaria. Centro de Salud de La Calzada II (Gijón)

Bajamos del coche. Tuve que entrecerrar los ojos porque me sorprendió un sol inusual de un abril en el norte. En la finca de enfrente un caballo nos miraba tranquilo. Su silueta recortaba la única nube en el horizonte, que parecía dibujada por un niño de primaria. Saqué el móvil y le hice una foto. Nos acercamos a la puerta y dos perros empezaron a ladrar. Creo que eran dos bóxers pero no entiendo de razas (ni siquiera de perros). Noté que el médico se ponía algo tenso por cómo agarró más fuerte el maletín y esperamos los tres en la verja a que salieran a buscarnos. 

– Le dan miedo-  pensé. Carmen salió y los perros corrieron hacia ella dejando de ladrar.  

-¡Buenos días! Pasad, que no hacen nada… – dijo Carmen sujetándolos mientras cruzábamos el porche.- Está en el sofá, hace días que no levanta ni las persianas… 

La seguimos hasta el salón. Era una habitación cálida, con una mesa de comedor grande, de las de  comer  con  cuchara  y  bullicio  los  domingos.  Decoración  sencilla.  Había  una  tele  con  una  pantalla plana que desentonaba con el aire rústico del resto de la casa, y que a todas luces había sido la última adquisición de la familia. Dos sofás, el más grande nos daba la espalda. Parecía acogedor, pero todo estaba bajo una penumbra inconcebible un día de sol como ese. Era por las persianas. Estaban bajadas. 

-¿Qué venís, a despediros?- La primera en la frente. Una voz pausada que sonaba más a certeza que a pregunta.  Rodeamos el sofá y conocí a Manuel, que ni se inmutó bajo las mantas con nuestra llegada. 

-¡Hombre  Manuel,  pero  si  te  has  dejado  barba!  Estás  guapo.-  saludó  el    médico  mientras  se  sentaba en el trozo de tresillo libre y le daba unas palmadas en la pierna. Carmen y la enfermera se quedaron de pie, yo me senté en el sofá que quedaba libre. 

-Encima…¡no le digas eso! No está guapo, está desaliñado…dile que se afeite que no tiene edad para ir con esas pintas.- Carmen le riñó sonriendo. No había compasión en sus ojos. Eso me gustó. 

 – Qué más da. Ya no voy a ir a ningún sitio.- Manuel parpadeó fastidiado porque la enfermera había  decidido  subir  todas  las  persianas.  Miré por  la  ventana.  Tenían  una  piscina  vacía  en  el  jardín, cubierta de hojarasca. Seguía tumbado, la manta de cuadros solo le dejaba al descubierto la cabeza y me pareció que tenía demasiadas arrugas para estar rondando sólo los sesenta. Es verdad, la barba no le quedaba mal, al menos disimulaba que casi no había carne bajo la piel.  

–  ¿Qué  tal  estás?¿Tienes  algún  dolor?-  Un  movimiento  lento  de  cabeza  como  negativa.  –  ¿Y  fatiga?- No. -¿Algún síntoma nuevo?- Otra negativa.   

Carmen volvió a la carga – Pues algo le pasa, el fin de semana pasado no paramos… estuvimos en casa de unos amigos y luego fuimos hasta la plaza, y ahora no hay quien le haga quitarse el pijama…que dice que ya se le acabó, que se va a morir y de ahí no lo sacamos. 

– Venga, siéntate y déjanos explorarte por lo menos, que hoy vengo con una residente y algo tendrá que aprender.-  Manuel me miró por primera vez, sin juzgar mi presencia. Se volvió hacia el televisor apagado como respuesta. 

– ¿Ya te has rendido?- y la pregunta del médico sonó sin signos de interrogación. Contestó un silencio.

– ¿Viste ayer el partido? ¡Vaya robo! – rompió el silencio el médico señalando la tele. 

-Normal,  con  ese  árbitro…  ¡claro  que  lo  vi,  no  me  pierdo  ni  uno!.-  suspiró    y  comenzó  a  incorporarse. Al dejar caer las mantas me sorprendió que no abultara casi nada. Había más bata que  carne  en  Manuel.  Se  sentó,  estiró  el  brazo  y  cogió  de  la  mesa  un  paquete  de  tabaco.  

Lentamente, como el que no tiene prisa porque tampoco tiene tiempo.  Sacó un cigarrillo y lo encendió. Puso el mechero junto a un cenicero de barro lleno de colillas, todas de esa mañana.  

Una calada y el humo empezó a flotar, con algo más, en aquella habitación.   

Carmen, el médico y yo lo mirábamos divertidos. Pero la enfermera lo miraba de otra forma. Creo que era la única que creía en Dios entre aquellas cuatro paredes.  

– ¿Veré el mundial de Qatar?- la preguntaba sonaba a últimas voluntades. 

– No. El de Qatar no.-  el médico sonrío cómplice- Pero ya está ahí la final de Rusia.- se notaba que  se  conocían  desde  hace  tiempo,  que  eran  más  que  un  médico  y  un  paciente.  No  había  conspiración del silencio y la franqueza consiguió que Manuel también sonriera, por primera vez en el día. 

–  Venga  vamos  a  explorarte.-  Tensión,  glucemia,  inspección,  palpación,  auscultación.  Nada  nuevo. Después de una conversación sobre el tiempo, el fútbol y los vecinos metimos todo en los maletines y nos despedimos con la orden de que tenía que llenar la piscina para el verano.  

– Nos vemos la semana que viene, Manuel. 

–  ¡Qué  pesado!  Como  quieras…-  dijo  chascando  la  lengua.  Pero  yo  escuché  un  ‘gracias’.  Su  mujer nos acompañó a la puerta. 

-Carmen, ¿y tú qué tal estás?- preguntó el  médico mientras la agarraba con cariño por el hombro. 

– Hago lo que puedo…- y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras trataba de sujetar a los perros. Se giró para volver dentro, zanjando la conversación. 

– Nos vemos la semana que viene a la misma hora.- prometió el médico. 

– Adiós.- Hasta luego.- Hasta luego. 

Cruzamos la verja y me fijé en que el caballo ya no estaba.   

-Quizá no has aprendido mucho de medicina con esta visita…- me dijo arrancando el coche. 

En realidad, me lo había enseñado  todo. Pasamos por delante de la casa y los perros empezaron a ladrar.



     

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