Los agujeros de su voz.

Javier Ramirez Santos

Érase una vez una consulta. Bueno, en realidad, éranse varias veces una consulta.
Érase un médico. Especialista. Hospitalario. Érase un médico especialista hospitalario.
Érase un trastorno de la personalidad no diagnosticado.
Érase la ausencia de empatía absoluta.
Érase un contacto ocular incómodo.
Érase ninguna explicación en la distancia.
Érase un sobrediagnóstico de fibromialgia –de hecho, éranse 18 de 18 puntos gatillo apuñalados dolorosos–.
Érase, mis lectores, un reumatólogo.
La consulta, no se crean, es una consulta al uso, mesacéntrica y bisillal, ordenadordependiente y auxiliarmarginada. Sin ostentosidad alguna más allá de los pósteres de barcos que de sus paredes cuelgan. Hace algo de frío, eso sí. Tal vez por el aire acondicionado de los 90, que ya renquea en la vomitera de frigorías, o tal vez por la poca calidez que transmite nuestro especialista. Hospitalario.

“¿Dolores?”, pregunta al aire mientras entra Dolores. “Sí”, responde la paciente. Una mano lánguida se extiende hacia Dolores, que la estrecha con una sonrisa nerviosa sin recibir apretón consonante. Entiéndanla: Después de meses, su médica la ha mandado a alguien que pondrá fin a sus dolores. Ese alguien que estudia con ahínco la hoja de derivación –“paciente mujer de 56 años con dolores inespecíficos no achacables a causa orgánica”– y que aún no conoce su cara.

Qué edad tiene, Dolores?”, pregunta en tanto escudriña ahora la analítica sin pasar por Dolores. “Siéntese, siéntese, Dolores”. Genuflexión oxidada de Dolores. “¿A qué se dedica, Dolores?”. Envasadora. Es envasadora. “¿Y qué tratamiento está tomando? ¿El enalapril lo está tomando? ¿Sí? ¿Y el lorazepam lo está tomando? ¿Sí? ¿Y el citalopram lo está tomando, Dolores?
¿Sí? ¿Y el paracetamol lo toma? ¿Sí? Y el tramadol también, ¿no?”. No, el tramadol no lo estoy tomando. “Sí, el tramadol también”. Que no, que el tramadol no lo tomo. “Sí, sí lo toma que lo pone aquí”, señala con la mirada la hoja de derivación. “Y la simvastatina, ¿no?”. “Sí, eso también”.

Verán, nuestro reumatólogo es un verdadero portento del conocimiento reumatológico. Sabe. Sabe mucho. Y cuando uno sabe tanto, debe ordenar y clasificar tanta sabiduría, en compartimentos estancos y estanterías neuronales perfectamente estructuradas y apuntaladas a su cráneo. Es frecuente, describe la literatura, que tanto afán de orden interno circule axonalmente cual zóster hacia el exterior y se contagie al entorno del ordenado. El reumatólogo sigue un
procedimiento. Un riguroso protocolo axiomático incorregible, más bien. En su doblar milimétrico de las carpetas, en su colocación de las hojas en el espacio de la mesa, en el recortar los bordes de aquellas hojas que exceden el tamaño de un folio… Y en su historia. “Yo uso autotextos”, alardea orgulloso. Para aquellos que no sean usuarios del procesador de textos, les traduzco: “Yo hago la entrevista clínica más dirigida jamás imaginada. Todo aquello que no entra en mis frases prediseñadas es repreguntado hasta que encaja”.

Pese a ello, Dolores consigue hacer voz en su historia, obviar el taladrante pájaro carpintero de quien reconduce su entrevista a “¿depresión o tristeza?” buscando un escueto sí. Dolores nada entre preguntas y se apoya en el momento en que nuestro doctor se para a escribir para sacar la cabeza y respirar. Dolores tiene tristeza y ansiedad, mucha. Porque derivado de un problema familiar, de su madre con Alzheimer, la tensión en su casa había crecido. Hasta el punto de que su propio hermano llegó a agredirla. “Ya está denunciado”, nos dice, inundadas voz y mejillas, como si ya estuviese cerrada la herida y solo fuesen de cicatriz sus lágrimas. Se limpia avergonzada con un pañuelo. “¿Se levanta que la explore?”.

En el riguroso protocolo axiomático incorregible, la exploración cabe también de forma ordenada, convirtiéndose en una coreografía entre dos personas que interpretan la automaticidad –el uno– y la pasividad –la otra–. Un baile en que el dolor de una persona dolorida que consulta por dolor pasa a ser un daño colateral sin importancia de doblar una rodilla o una cadera hasta desencajar sus ejes repetidas ocasiones –por la duda de significado ante el significante “¡ay!”–. El primer punto de esa exploración es mirar los ojos. Ojo: No mirar A los ojos. De hecho, “mire usted este dedo”, distractor de sus pupilas, vayan a chocarse con las mías. “Tiene los ojos muy rojos”, dice el reumatólogo. “Mucha lágrima. ¿Tiene alergia?”.

Tras esta orquesta del vocativo, Dolores recibe su diagnóstico de fibromialgia. No podía ser otro. La fibromialgia es una enfermedad frecuentísima, con una prevalencia del 2,4% en España (EPISER, 2000), y del 95% en esta consulta (Ramírez, 2018), como diagnóstico principal o como acompañante del de “Artrosis grado IV de medio cuerpo”, con o sin puntos gatillo positivos o con rasgos claramente definitorios como “dolor al apuñalamiento de la planta del pie” o “equímosis espontáneas”. Y como tratamiento, además de la amplia gama de psicofármacos, una hoja con consejos de su puño y letra como “evite ser perfeccionista”.

Y entonces Dolores quiere saber si sus dolores cesarán. Quiere un pronóstico. Quiere que ese médico tan especialista tan hospitalario le diga que se va a curar. “Pues verá, Dolores, hay gente que con el tratamiento va muy bien y se recupera bastante y hay gente que va muy mal, muy mal y se suicida de tanto dolor”. Nota: érase una vez una historia verídica.

Verán, el contacto ocular es importante. Por ejemplo, la duración de una mirada mantenida puede indicarnos el grado de confianza, agresividad o timidez de un paciente. El número de parpadeos, puede hablarnos de la certeza del discurso o de una conjuntivitis. Y la altura… La altura puede evitarnos lo que le pasó a nuestro reumatólogo: “Uy, artritis reumatoide… A ver si hay suerte y es otra fibromialgia”, me dice frotándose las manos ante una nueva paciente derivada.
“Mari Carmen, ¿no?”. Mari Carmen entra asintiendo en la consulta. éntamente. “Siéntese, siéntese”. Se hace el silencio en la consulta. Típico grillo de televisión suena de fondo. “Eeem…”, se me escapa. El reumatólogo alza la vista. “Bueno, que usted ya viene sentada. En tal caso no”, corrige al descubrir la silla de ruedas.

Viene el final.

Agárrense bien a los reposabrazos de sus butacas porque se acerca un giro narrativo inesperado y esperpéntico. Un giro que pilló por sorpresa a este narrador escasisciente, allí sentado. Y es que, desde nuestra tribuna defensora de Flora Davis y toda esa gente, el reumatólogo es un ser querido. “¿Qué? ¿Aprendiendo?”, me dice una señora con una sonrisa en una inatención
del reumatólogo. “Pues aprende mucho, que tienes muy buen maestro. Es un crack”. Y es que, dice la estadística, que cuatro de cada seis pacientes se despedirán afectuosamente del doctor agradeciéndole su amabilidad.

     

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