El cine como herramienta para promover una mirada ética de la práctica.

Ricardo Abengózar. Médico alergólogo y profesor de ética en la Escuela de Medicina de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid)

Resumen: El artículo invita a realizar una reflexión ética sobre la práctica trabajando el reconocimiento del paciente como un “otro” que de alguna forma interpela a la propia persona del médico. Para ello ofrece como elementos docentes secuencias de algunas películas.

Cinema as a tool to promote an ethical view of practice

Abstract: The article invites to carry out an ethical reflection on the practice by working on the recognition of the patient as an “other” that in some way challenges the person of the doctor. To do so, the author offers as a teaching tools sequences of some films.

Querido colega: ¿Has mirado al rostro a tu paciente?
¿Y qué ves? ¿Ves un qué o un quién? ¿Ves acaso un otro-yo?

Pues si es así, has descubierto un Tesoro, y tu profesión te lleva directamente al Infinito


El acto médico no es una acción puramente técnica. Cada acto médico supone una relación entre personas, y como cualquier relación interpersonal, tiene una dimensión moral. El discernimiento moral de los actos médicos constituye el fundamento del ejercicio de la medicina.
Cualquier relación interpersonal tiene una dimensión moral. La relación médico-paciente, como relación interpersonal que es, tiene, por tanto, una dimensión moral. Si en la relación entre personas hay una dimensión moral, toda ética necesita una base antropológica. Pensamos que existe una relación clara entre Ética y Antropología. Del concepto que tengamos del otro, se deriva la eticidad de nuestras acciones. No es lo mismo a la hora de justificar acciones sobre el otro, que el otro sea un simple caso clínico, más o menos interesante, o que sea un “otro-yo”, con mi misma dignidad.

Nuestro código deontológico actual, sensible al respeto debido a la dignidad de las personas, nos advierte en su artículo 5.1 que “La profesión médica está al servicio del ser humano y de la sociedad. Respetar la vida humana, la dignidad de la persona y el cuidado de la salud del individuo y de la comunidad son los deberes primordiales del médico”. Es decir, nos introduce en la necesaria reflexión antropológica sobre el ser humano, sobre la dignidad de la persona, y las consecuencias de su reconocimiento.

Para abundar en esta relación ente Ética y Antropología nos parece muy ilustrativo el recordar algunos acontecimientos de la historia en la que se robó el estatuto de persona a determinados habitantes de la sociedad, y comprobar las consecuencias éticas que ello conllevó. La imagen de la figura 1 muestra un póster de la época nazi en la que puede observarse cómo en el campo del microscopio se ven los símbolos de los judíos, de los homosexuales, de los opositores políticos, etc. Se les muestra como lo que no son, como las “bacterias” de la sociedad, es decir, con los responsables de los males de la misma.

Esta transformación, sesgada e interesada de la realidad, en la que se comparó con bacterias a judíos, gitanos, homosexuales y opositores políticos, y se les hizo responsables de los males de la sociedad, tuvo consecuencias éticas. Quien aceptó esa realidad “barnizada”, pudo concluir no solo que no estaba mal “eliminar” a los judíos, gitanos, homosexuales, opositores políticos, etc., sino que era obligatorio y bueno hacerlo. Se operó un giro copernicano en la ética, y se justificó el exterminio de las “bacterias”.
Mediante la selección de escenas de varias películas este artículo pretende que los lectores del mismo se hagan preguntas de trascendencia en el ámbito ético de la práctica clínica a la vez que ofrecer un material que pueda ser utilizado con esta finalidad en la formación de los futuros médicos y médicos jóvenes.

El guión de la reflexión será el siguiente:
• El reconocimiento de lo real va más allá de ver los problemas.
• El reconocimiento de lo real, nos interpela.
• Las acciones humanizadoras, humanizan.

El reconocimiento de lo real va más allá de ver los problemas.

Los médicos analizamos cotidianamente los problemas de nuestros pacientes para intentar solucionarlos. Pero un paciente es mucho más que uno o más problemas. Inspirados por Gabriel Marcel compartimos con él que un problema implica una colección de datos objetivos que nuestra inteligencia debe resolver. En ocasiones supone un gran reto para nuestra inteligencia, e incluso un reto que alimenta nuestro ego. Esos datos objetivos y mensurables son los que tenemos en cuenta para plantear hipótesis diagnósticas y llevar a cabo estudios científicos. Con estos estudios científicos basados en datos objetivos se hacen metaanálisis, se determinan niveles de evidencia de ciertas recomendaciones y con todo ello realizamos protocolos y guías clínicas. Pero resulta que por el camino nos hemos dejado dimensiones de la realidad de las personas que no son mensurables. ¿Cómo se puede medir el nivel de miedo, de temor, de duda, de incertidumbre, de sufrimiento, de esperanza o de desesperanza, del sentido de la vida, del de la enfermedad o de la muerte, de la generosidad, de la capacidad o necesidad de amar o de ser amado…? ¿Pero el que estas dimensiones no sean mensurables, quiere decir que no existen? Es evidente no solo que existen, sino que, en muchas ocasiones, son tanto o más importantes para las personas que las mensurables. Es por eso por lo que a los alumnos hay que abrirles al misterio. La persona, cada persona, es un misterio. El paciente, cada paciente, es un “misterio”, que supera nuestra inteligencia, que no podemos aprehender en toda su riqueza. Toda una cura de humildad para el médico que se asoma a la realidad de otra persona, que está enferma y vulnerable, y que no puede aprehender en su totalidad. Que además necesita ayuda. Y nos la pide a nosotros, a cada uno de nosotros. El misterio es una situación en la que los seres personales estamos comprometidos. Reducir el misterio a problema es degradarlo. La auténtica actitud honesta en el reconocimiento de lo real lleva consigo la apertura al ser como misterio. Y esa apertura debe producir en el médico asombro, compromiso y agradecimiento.

Este binomio problema/misterio nos ayuda a reconocer que el paciente concreto es mucho más que un conjunto de datos empíricos. También nos ayuda a reflexionar sobre el papel de la llamada medicina basada en la evidencia, basada en datos empíricos, que puede conllevar un reduccionismo biologicista del reconocimiento de la realidad del paciente. La apertura al misterio del ser ayuda a salir de ese reduccionismo y a responder a la llamada de don que nos interpela.

PELICULA: Para poder reflexionar sobre esto proponemos la película Patch Adams dirigida por Tom Shadyac en 1998 y protagonizada por Robin Williams. La escena que proponemos puede verse en el siguiente enlace: https://youtu.be/dZzC2fNHDlI. Dura 2 minutos y 27 segundos. El hilo conductor de la misma podría ser “Ver más allá del problema”. De esta forma amigable e incluso divertida pueden plantearse las cuestiones tratadas en los párrafos precedentes.

El reconocimiento de lo real, nos interpela.

Una vez realizada una reflexión antropológica que no descuida ninguna de las dimensiones constitutivas de nuestro paciente, es decir, su dimensión biológica (corporal) y metabiológica (espiritual), y valorando su situación de enfermedad y el sufrimiento que en mayor o menor grado la acompaña, el médico tiene que reaccionar, haciendo de médico. Es decir, estando al servicio del paciente. Poniendo en juego sus conocimientos, sus habilidades técnicas y su altura moral, buscando el bien del paciente y respetando los fines de la medicina.
Para esto, hay que descubrir que ese paciente es mi paciente, y que precisa una respuesta responsable por mi parte. Dicha responsabilidad requiere generosidad. En este sentido nos inspiramos en Levinas, un filósofo lituano del siglo XX, que en su conocida “epifanía del rostro” nos indica ideas como: “Tu rostro me interpela, me obliga a cuidarte, me hace responsable de ti, y esa responsabilidad es irrenunciable para mí”.
El rostro hace referencia, más que a la cara, a la realidad del otro que él nos quiere desvelar. Se aproxima a la noción de misterio de Gabriel Marcel. De modo que el rostro (la realidad desvelada) del paciente me exige y me impide que actúe de forma violenta con él (que le cosifique, que no le respete como agente autónomo, que lleve a cabo en él acciones que van contra la lex artis y contra su dignidad, etc.).

PELICULA: En la película Veredicto final (título original: The Verdict) dirigida en 1982 por Sidney Lumet, hemos encontrado un recurso docente que nos parece muy interesante. El actor principal fue Paul Newman. En ella encontramos una escena que nos puede ayudar a trabajar este aspecto: cómo me interpela el reconocimiento honesto de la realidad. La escena que proponemos se puede encontrar en https://vimeo.com/69087629. En ella, Frank Galvin es un abogado alcoholizado y desprestigiado, al que le encargan la defensa de una niña que ha sido víctima de una negligencia médica. En la escena propuesta, Frank va a descubrir la realidad de su cliente. Tras ese descubrimiento, se va a sentir interpelado para tratar de entregarse como abogado por el bien de la niña. No es difícil establecer comparaciones con la responsable práctica médica.

Las acciones humanizadoras, humanizan.

En unos tiempos como los actuales, en los que parece claro la urgencia de “rehumanizar” la medicina, es necesario llamar la atención, que nada se humaniza sin respeto por la realidad de todas las personas que intervienen en el acto médico. El núcleo fundamental lo constituyen el paciente y el médico. Pero es evidente que cada decisión médica se ve influida por otras personas: la familia, la institución, etc.
La despersonalización de los pacientes y de los profesionales dificulta la “re-humanización” de la medicina. Para que algo sea verdaderamente humano ha de exigirse que se respete la dignidad de cada uno de los actores.

PELICULA: Senderos de Gloria es una película estadounidense de 1957. Es una película antibélica que se sitúa en la Primera Guerra Mundial. La dirigió Stanley Kubrick. El actor principal fue por Kirk Douglas. Se basa en la novela titulada Paths of Glory de Humphrey Cobb, publicada en 1935. Proponemos la última escena de la película que puede encontrarse en https://www.youtube.com/watch?v=owz8wzMhprI.

Analizamos a la chica protagonista de la escena, a la tropa de soldados, y al sargento. Durante los escasos cinco minutos, Stanley Kubrick consigue que los personajes cambien de rol. Si al principio la chica es vista como una prisionera de guerra, como un trofeo, o como un objeto sexual, etc., a la que se puede insultar o violentar, al final, es vista como un “otro-yo”, con la misma dignidad que pudiera tener la hermana, la novia o la esposa de cualquier soldado.
Por su parte, la tropa, impersonal y deshumanizada, formada por soldados embrutecidos y ocultos en la masa, que inicialmente se comportan de forma poco respetuosa con la chica, van cambiando progresivamente su comportamiento durante la escena, hasta manifestar sentimientos y emociones propios de personas.
El desencadenante de ese cambio, que humaniza a todos, es la “intervención” de la chica con una canción conocida por ambos bandos. El sargento, por su parte, participa de forma admirable, favoreciendo la humanización de la tropa, a pesar de que las obligaciones urgentes que impone la guerra, podrían justificar otras actitudes. Puede equipararse a la chica con el paciente; la “tropa” con los agentes sanitarios; y el sargento, con el gerente o director médico.

Comentario Final

Reflexionar sobre la dignidad de las personas es de gran valor para la formación de los médicos. La dignidad parece algo no negociable para la práctica médica. Una formación en filosofía ayuda en esto. La metafísica nos ayuda a comprender cuál es la estructura ontológica de la persona, dónde queda el nivel sustancial (materia y forma sustancial como principio vital espiritual) y dónde el accidental, es decir, las capacidades (inteligencia, voluntad, afectividad, vista, oído, etc.) que nos permiten realizar “actos segundos” (pensar, decidir, querer, oír, ver, andar…). La metafísica nos ayuda a comprender qué es la dignidad ontológica, como el máximo valor que todos tenemos por el hecho de ser personas. Un valor máximo que no admite categorías, que no se puede medir ni comparar. Un valor que se sustenta en la unidad sustancial de cuerpo y espíritu (dimensión biológica y metabiológica) de cada persona, que le dotan de una capacidad para interiorizar y para trascender, específicamente humana. Un valor personal, propio de la naturaleza humana, que parte de la contemplación con asombro de que la realidad personal implica que cada uno de nosotros somos individuos únicos e irrepetibles en la historia del cosmos.

Pero sin llegar a la metafísica, la dignidad de las personas es algo que se ve y se intuye, al contemplar a los demás. Se descubre al mirarlos limpiando bien los cristales y enfocando bien las gafas. Al mirarlos educando la mirada para descubrir su realidad en todas sus dimensiones, sin barnices interesados, sin reduccionismos. Para ello el cine, puede ser una herramienta interesante invitando a alumnos y residentes a que se hagan preguntas de calado, y para que descubran la realidad de los pacientes como personas únicas e irrepetibles, con una dignidad indiscutible, que nos interpelan y que nos conducen a ser médicos.

     

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1 respuesta

  1. Este es un muy buen post!

    Al igual que en Patch Adams, se trata de tratar al paciente como un sujeto, y no reducirlo a ser objeto (un cuerpo)

    No en vano es el gesto de preguntarle al paciente por su nombre

    Saludos

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