El brillo de una mirada

Maria Dolores Torres.
Alumna de 4º de medicina UFV, Madrid

The brightness of a glance

Resumen: Una alumna de 4º de medicina describe una profunda y significativa experiencia de aprendizaje con un paciente.

Summary: A 4th year medical student describes a deep and meaningful learning experience with a patient

Girl-with-sad-eyes

Abril, 2013. En un hospital cualquiera, eso sí, lleno de amor. Habitación 217.

“Doctor, soy feliz así, como estoy, no hay mejor final si es siendo amado y querido por los tuyos, y ellos no me dejan respirar a besos”.

Mi aliento se entrecortó, no podía explicarme lo que escuchaba y veía ante mis ojos. Solo tenía 32 años y una larga vida por delante. ¿Por qué? Me preguntaba una y otra vez, mientras lo miraba sonreir.

Su mirada cada vez más apagada no dejaba de brillar. Era una luz distinta a todas las que había visto nunca, y ese brillo me encantaba. Mostraba transparencia, honestidad, humildad pero sobretodo una inmensa valentía. Y qué valentía la que había ante mí… nunca pensé que ese día, en el cual era una simple alumna de segundo de medicina, podría ser tan afortunada.

Maldito cáncer. Mi cabeza no dejaba de reflexionarlo una y otra vez. No podía parar. Quería estallar, llorar, gritar… pero no. Sólo podía iluminar mi rostro con su misma alegría. Qué bonito fue sonreir con él y su familia, que al contrario de mi impetuoso latir, estaban calmados y sosegados.

Percibía aquella situación como lo más triste pero a la vez bello que había vivido nunca. Quería aprender de todo lo que me rodeaba, saber más. No podía salir de esa habitación 217 con esa incertidumbre. Pedí permanecer con ellos gran parte de la mañana. Y cuánto agradecida me encuentro por ello.

“Todo empezó cuando tenía 20 años…”.

Codiciaba conocer más y más sobre su vida. Justo mi edad, pensé. Lo sentía todo tan real, tan vivo aun, que no parecía que hubiesen pasado 12 años desde ese infernal comienzo. Narraba todo no dejaba atrás ni un mínimo aprendizaje de “cada batallita”: aquí aprendí a no dejar de dar un beso de buenas noches a mis padres, allí aprendí a reir a carcajadas cuando mi hermana pequeña me llamaba “el calvito”… qué genial todo. Y cuánto aprendizaje de lo más valioso de la vida. Lo que pensamos insignificante.

Su familia no dejaba de mirarlo enorgullecida. Seguramente todos no cesaban de pensar lo afortunados que eran por tenerle. Yo solo escuchaba, y miraba casi sin parpadear, no quería perder detalle. Aun no llegaba a sentir completamente ese bienestar que inundaba la 217. Y pregunté. Casi me temblaba el habla pero seguí adelante, escuchando el eco de mis palabras
sobre esas paredes, que parece intentaban que mi voz impactase aun más sobre mi propio ser.

“¿Crees que la vida ha sido injusta?”.
El silencio llenó la sala. No sé cuánto tiempo pasó, segundos o minutos. Pero yo lo sentí como interminable.

“La vida no es injusta. Aunque a veces no quieras verlo, te da lo que necesitas en cada momento. He llorado como nunca había pensado hacerlo, pero no sirvió de nada. Hundirse nunca fue la solución. Decidí cambiar. No me merecía ser infeliz, ni tampoco mi familia, ellos mucho menos. Y ahí fue cuando más que nunca comencé a valorar cada detalle que me rodeaba, cada beso en la mejilla, cada sonrisa, cada pregunta como la que me haces tú. Observo lo afortunado que soy por sentirme amado y haber conseguido que mi familia esté
tan unida. La vida no son años, son experiencias. Y aunque mi vida quizás sea mucho más corta, ha sido todo lo buena que pedía. ¿Quién no pide acabar su vida rodeado de todos los que le quieren?”

Gracias. Fue la única palabra que pude articular al salir de la habitación.

Una semana más tarde esa 217 no era la misma. Faltaba una luz especial, una mirada intensa. Pero lo que no faltaba era esa eterna primavera exuberante de alegría que inundaba nuestro corazón.

     

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *