Una Vida menos por una experiencia de más

r guajardoResumen: Una alumna de medicina cuenta una muerte inesperada en la carretera, lo que hizo y lo que le supuso: su actuación ejemplifica la integración de técnica y humanidad para superar una de las múltiples formas de evitación patológica de la muerte como “fracaso médico” que existe en la práctica y educación médicas
Rosa Guajardo-Fajardo. Alumna de 4º de medicina UFV Madrid
Soy enfermera, actual estudiante de cuarto de medicina en la Universidad Franciso de Vitoria. Gracias al programa que desarrolla la universidad sobre Inmersión Clínica Precoz por el que todos los alumnos realizamos prácticas desde primero de medicina tuve la oportunidad durante los primeros años de carrera de empaparme de experiencias sanitarias desde una posición observadora, crítica y objetiva. De esta manera pude, aun siendo enfermera, vivir situaciones que, debido a mi inexperiencia y conocimientos como médico en ciernes, me hacían situarme precisamente en la piel del paciente. Para muchos profesionales de la salud estas prácticas son consideradas absurdas debido a que acudimos a una consulta sin tener absolutamente ni idea de lo que significa si quiera el término “enfermedad”. Pero el objetivo principal de estas prácticas no es aprender medicina sino aprender a ser médico que parece que hoy en día no es lo mismo. Nuestra función era simplemente observar las relaciones entre los profesionales sanitarios y entre ellos y los pacientes para evaluar cómo influyen en la práctica clínica. Muchos de los que criticaban estas prácticas se sorprenderían al ver los resultados obtenidos y todo lo que aprendimos en esos primeros años.
Tengo grabada una de esas experiencias desagradables que me ocurrieron durante mis primeras prácticas clínicas y que te hacen pararte a pensar la sociedad en la que vivimos, la forma de actuar de los que están a tu alrededor y la tuya misma. Lo que cuento ocurrió en una mañana en la que me tocaba vivir la experiencia de estar todo el día en una ambulancia. ¡No podía estar más emocionada con la idea! Amanecí nerviosa, entusiasmada, inquieta. Al llegar al centro me enseñaron detenidamente y con mucha dedicación todo el material de la ambulancia así como el proceso desde que surgía un aviso hasta que se resolvía. La mañana era tan soleada como mi alegría interior por poder tener esa experiencia. Me dieron un uniforme que me hizo notar cómo pesaba la responsabilidad del que acude a ayudar. Durante la mañana fuimos haciendo los avisos que nos iban llegando: abortos espontáneos, caídas de ancianos en la calle, recogida de indigentes con sobredosis, etc. El último aviso de la tarde fue un infarto de miocardio en la M-30.
En medio de la carretera un hombre de unos 70 años que estaba siendo atendido por una ambulancia que pasaba de camino. Los coches avanzaban en ambas direcciones y la gente nos abría paso. Recuerdo mi preocupación al llegar y observar la situación. El hombre está siendo atendido en el suelo, un coche parado a pocos metros tiene dos mujeres en el interior que nos miran preocupadas mientras se tapan la cara al mismo tiempo. Empezamos a intervenir nosotros. Trasladamos a nuestro paciente hacia dentro de nuestra ambulancia. El hijo se queda fuera observando cómo intentamos (o intentan más bien) reanimar a su padre. Me fijo en él, su cara preocupada, su nerviosismo…su silencio. Tras numerosos intentos por reanimarle el hombre no sale adelante. El médico enseña la pantalla con esa famosa línea recta que separa la vida de la muerte, esa maldita línea que demuestra que el corazón indudablemente no presenta actividad ninguna y he aquí que también representa el final del trabajo del médico…¿o no?
Lo que paso cuando la línea se estableció imperturbable, insistente, monótona en el monitor fue como una espoleta para que los sanitarios cerrasen completamente la ambulancia…¿Qué pasa? Les digo…entra vamos a completar los partes…me dicen…veo el interior de la ambulancia y miro hacia fuera donde los rostros desolados nos interrogan… decido quedarme fuera, necesito tomar el aire, llorar un poco, sí, llorar la pérdida de alguien a quien no conozco.
Veo una imagen que no se me olvidará en la vida. El joven hijo se dirige hacia el coche donde está la que supongo que es su madre, cabizbajo y con lágrimas en los ojos mientras ésta menea la cabeza de un lado para otro mirándole fijamente mientras se le humedecen los ojos, escapándose de su boca numeroso “no…” y rompiendo a llorar al mismo tiempo. En ese momento no escucho nada, no puedo pensar, simplemente observo la escena: una escena de soledad…nadie va a hablar con esa mujer; nadie consuela a ese hijo que todo lo ha visto. ¿Quién soy yo para ir a hablar con ellos? No, no debo. Pero, ¿absolutamente nadie va a darle el pésame a esa mujer? Me pregunto…a acompañarles…a consolarles… Las lágrimas se escurren por sus mejillas y me parece ver cómo le pesan los brazos, la cabeza, el cuerpo… ¿Tan necesario es el parte médico que no pueda esperar? ¿No es posible apuntar lo fundamental en un papel y acompañar dos minutos a la familia? No se porqué me pongo en marcha. Recorro esos diez metros que se me antojan interminables y le suelto a la esposa del fallecido un tímido y formal ”lo siento, hemos hecho todo lo que hemos podido”. Detesto las frases hechas e, irónicamente, es lo primero que me sale. La señora se me lanza al cuello y a mi se me escapan las lágrimas. “No llores, no llores”, me repito a mí misma. La señora se desahoga, me cuenta en breves palabras cómo se siente, hacia donde iban y cómo quería a su marido. Simplemente escucho agarrándole la mano. Al rato les dejo solos y dirigiéndome a la ambulancia un poco derrumbada. Mis compañeros me miran y finalmente me comentan “en este trabajo si te implicas, te derrumbas, es una barrera de defensa, mejor pensar que la vida es así y punto”.
Ha pasado tiempo desde aquella vivencia aunque sigue vívido en mi recuerdo. Mi formación ha continuado y creo que en este tiempo he aprendido algo que no enseñan en muchos sitios y que es fundamental en la vida de las personas con las que me voy a ir encontrando y es el trato humano, porque cada vez creo más firmemente que hacer medicina es relacionarme con personas que además sufren. Dicen que con la “humanidad” se nace o no se nace pero en estos años he podido ver mejorar a aquellos compañeros que ya eran empáticos y tenían estas habilidades comunicativas y también he visto a otros que parecían de piedra mostrar su lado más sensible. Todos somos capaces de aprender de todo, aunque destaquemos en una u otra cosa. Ahora me traslado ahí y sé con certeza que ese silencio para mí hoy no sería tan incómodo, ahora sé que no estaría pensando ese “no llores” y que no diría frases hechas. Puedo evaluar el cambio en mis aptitudes, pero sobre todo en mi actitud, que no me lo ha dado la experiencia sino la formación. Es una pena que una persona tenga que trabajar x años y pasar por muchas experiencias similares para poder aprender a enfrentarse a ellas y aun así he leído que si no te dicen la forma de mejorar lo puedes hacer mal siempre, una y otra vez y no ser consciente de ello…Es terrible y por eso creo que es una suerte que nosotros lo hayamos podido aprender con tiempo.
Me surge con esto una pregunta “¿Estamos en camino a realizar una medicina más humana o nos estamos ofuscando en mejorar notablemente las técnicas, dejando a un lado esa humanidad que tan ligada a esta profesión debería estar?”
La vida es así, sí, la gente muere, se nos van los seres queridos sin avisarnos. Esto me hace querer más a todos los que tengo alrededor, valorar la vida y pensar en el hoy. ¿Por qué no acompañar a esa familia durante esos diez minutos que estuve con ellos? Nos da miedo acompañar en la muerte, no saber qué decir o cómo actuar. Esa es la verdadera realidad por la que los médicos no acompañan más de cerca a los pacientes en su sufrimientos. Huimos de la muerte por nosotros, pero un sanitario debe pensar en plural, no en singular desde el momento que empieza su primer curso de carrera. Como decía Platón “buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro”
Entre las estrategias de comunicación de una mala noticia descritas por Buckman y que he aprendido en clase encontramos seis fases entre las que se encuentran la preparación del entorno, qué sabe el que recibe la notica, qué quiere saber y, la quinta etapa del proceso que es responder a los sentimientos del paciente o de su familia. De igual manera que de poco sirve un médico que mucho consuela y poco sabe, poco ayuda un médico que todo lo sabe pero, sin embargo, le faltan las ganas, la valentía o la fortaleza de consolar. Pienso que todo médico debería tener en la cabecera de su consulta la frase de Confucio que dice que “debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano.”
Es curioso cómo los sanitarios nos encontramos día a día con personas enfermas que llevan a sus espaldas algo que les hace sufrir y, sin embargo, no nos sentimos tranquilos para consolar o acompañar en esos sufrimientos. Es anecdótico el médico que hoy en día te habla sin mirar a la pantalla del ordenador mientras el paciente le cuenta sus síntomas o preocupaciones. ¿Realmente es problema de tiempo? Posiblemente sea una de las causas pero yo personalemente he podido descubrir gracias a las prácticas con los actores en el centro de simulación de la universidad cómo en diez minutos se pueden hacer muchas cosas.
Veo en mi diario que áquel día que he narrado fue para mí un momento desagradable pero la realidad es que al día siguiente ya había superado la tristeza y me sentía feliz de haber acompañado a esa mujer que tanto lo necesitaba y que me lo agradeció, a mi a la única que no había dicho nada…paradójico entonces para mi ¿verdad? Sin embargo, ahora sé que hice algo importante que cualquier buen clínico haría. Me sentí más madura, más humana y más profesional precisamente por no huir de ese dolor, por no haber dado la espalda a la familia y dejar que llorasen sin una mano en su hombro. Estuve unos días pensando si había sido imprudente o no. Una persona a la que tengo especial cariño de la Universidad ya que fue mi mentor y estuvo formándome y acompañándome durante ese primer impactante año de medicina me dijo algo que no se me quedó grabado para siempre: “para ti esta situación será más o menos importante pero para esa señora eres la chica a la que abrazó tras la muerte de su marido, no te olvidará nunca” Es increíble cómo podemos influir en la vida de otras personas aún sin ser consciente de ello. Esta experiencia no me ha supuesto un trauma en mi vida sino más bien una alegría. El poder ayudar siempre es una alegría. Pero sobre todo un profundo aprendizaje. Por eso desde aquí animo a todos los profesionales de la salud (o no) a implicarse en la medida de lo posible, intentando acompañar sin llevarse el problema a casa. El Doctor Richard Moss decía muy acertadamente que el mejor regalo que podemos darle a una persona es una atención íntegra. Ellos necesitan una mano y nosotros tenemos dos, la cuestión es aprender a ofrecerla de la manera correcta y, como todo, se aprende con la práctica. Así, como decía el Papa Juan Pablo II: “No tengáis miedo”.

     

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