La receta como símbolo

 

Enrique Gavilan, médico de familia

Al terminar la consulta, Lucía, residente de tercer año de medicina de familia, y yo, tutor rural accidental, estábamos repasando lo acontecido en la jornada cuando alguien tocó la puerta. Era Luis. Adolescente de padres recién separados, albergaba muchos miedos e inseguridades. Nada más entrar, y sin mediar palabra, se sentó y comenzó casi de forma histriónica a llorar. La tarde de antes su novia le había dejado. Como eran de la misma clase del instituto, no era capaz de verla sin reprimir la pena. “No voy a poder soportarlo”, decía. “Deme algo, porque ésto no lo aguanto más”. En menos de cinco minutos Luis salió de la consulta con una receta de un ansiolítico en la mano y una media sonrisa en la cara, en medio de palabras de despedida en las que intentaba levantar su ánimo y apelar a su valentía.

Lucía se quedó perpleja e indignada. No con la actitud de Luis, sino con la mía. Después de todos los sermones que le había echado sobre los daños de la medicalización de los acontecimientos de la vida, de decirle decenas de veces que más sanidad no es siempre igual a más salud y de lo nocivo que es caer en el consumismo médico, iba yo y despachaba a un chaval de 17 años con mal de amores con medicación del todo innecesaria y peligrosa para un problema aparentemente banal que bien podría resolverse aconsejándole que se fuera con los amigos a echar unas canastas para desahogar la rabia.

Dejé pasar unos días para explicárselo, una vez calmados los ánimos. Confiado, volvimos a entrar en su historia clínica, módulo de recetas, para comprobar si Luis había sacado el medicamento de la farmacia. No solo no lo había comprado, si no que no volvió nunca más a consultarme por ese motivo. La última vez que vi a Luis le pregunté por ese asunto, y me respondió sonriente que tenía otra novia y que estaba estupendamente.

Efectivamente: llevaba yo razón. Pero, ¿cómo hacerle ver a Lucía que la receta es a veces un símbolo, algo más que el salvoconducto para acceder a un bien de consumo?

Más allá de las propiedades farmacológicas y farmacocinéticas del medicamento prescrito, su capacidad para interaccionar con otros y de su efecto terapéutico sobre dianas biológicas, la receta tiene, por sí misma, un valor social ineludible. Es un símbolo de muchas cosas. De modernidad, de progreso, de control social, de mercantilización de un bien privado como es la salud. Sí. Pero también se trata de un objeto con una simbología extraordinaria dentro del contexto de la relación clínica y que se construye en el cara a cara, día a día, entre dos personas: una que conoce su cuerpo y su mente mejor que nadie en el mundo y que sabe cuándo fallan, por qué y cómo lo hacen, y otra que convive a diario con los sinsabores de sus pacientes a veces con la oreja, la mirada, una silla, un fonendo, un recetario y un bolígrafo como únicas armas.

Al extender una receta no estamos sólo «mandando» un fármaco, ordenando lo que el paciente tiene que hacer. También es una manera de dar a entender a esa persona que estamos de su lado, que entendemos su sufrimiento, que tenemos en cuenta su biografía. A veces es como una puerta abierta a la esperanza, una invitación a acompañarlo en el devenir de la vida; otras es una cura que restaña las heridas de la vida, un vale descuento que mitiga los efectos de una crisis cruel que se ceba con los más débiles.

Pero toda cara tiene su cruz. Todo placebo tiene su efecto nocebo, y con cada receta nos estamos también jugando el destino de nuestra credibilidad profesional. Conviene administrar con juicio y prudencia el valor social de una receta. Y hacerlo respetar. Y hacerlo enseñar a los que, como Lucía, nos sucederán en el estupendo arte de ser médico.

     

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1 respuesta

  1. Juan Antonio dice:

    Hola, Enrique.

    Como siempre, enhorabuena por estas pequeñas pinceladas que das a la medicina como «arte» y no sólo como ciencia.

    Por suerte o por desgracia, el prescribir algo en nuestro país siempre hace sentir al paciente como que le tendemos la mano y escuchamos su problema. Me recuerda a los sencillos cambios de AINEs en pacientes con artrosis, sabiendo que su eficacia es similar, pero que al final consiguen aliviar el alma del dolido.

    La cantidad de veces que mi bolígrafo en casos similares al que cuentas ha escrito el nombre de ese jarabe «natural» que antes finaciaba el Estado, Pass…..ne.

    Un saludo de un antiguo resi que llegaba cuando tú te ibas de la Unidad 😉

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