La Estudiante de Medicina y José “El Boliviano”

empatia en la consultaMaría del Carmen Vidal y Benito.

Psiquiatra. Buenos Aires (Argentina).

Resumen: A través de esta experiencia de aprendizaje de MªC Vidal y Benito cuando era estudiante, presentamos su publicación “La empatía en la Consulta. Un recorrido desde la Filosofía hasta las neurociencias”  (Polemos, Buenos Aires, 2013),mediante una de las diferentes situaciones clínicas que este interesante libro aporta como ejemplificación de distintos aspectos del fenómeno de la empatía en la consulta médica. El libro representa un exhaustivo recorrido por el concepto de “empatía” desde perspectivas psicológica, filosófica, psicoanalítica, clínica y neurobiológica, para lo que la Dra Vidal examina las aportaciones de un número de importantes autores de cada campo sobre este tema. El libro ofrece como contrapunto a este exhaustivo análisis los casos clínicos ejemplificadotes. Un extracto de un capítulo de este libro puede verse aquí.

Cuando estaba en sexto año de Medicina, pude conseguir ingresar a un Servicio de Guardia.

Tocaba el cielo con las manos.

En aquella época, ya no teníamos técnica quirúrgica como materia en la Carrera de Medicina de la UBA y se habían prohibido las guardias para los estudiantes, en los  hospitales de la ciudad de Buenos Aires.

Hasta el 4° año de la Carrera,  no teníamos oportunidad de tomar contacto con pacientes.

Todo lo aprendido, fuera del laboratorio de las materias como Química o Física o de la mesa de Morgagni de Anatomía, había sido puramente teórico.

Ya en la Unidad Hospitalaria, no realizábamos prácticas, salvo las historias clínicas, que era uno de los objetivos pedagógicos centrales de la Unidad en la que yo cursaba, además del examen físico de los pacientes.

Por supuesto que no existía en aquella época, el Internado Rotatorio o Práctica Final Obligatoria, ni las pasantías rurales, ni las prácticas de consultorio de APS.

Cuando comencé a cursar el 6° y último año, como todos mis compañeros, estaba ansiosa por conseguir que alguien nos permitiera estar en una guardia para aprender lo que no sabía de la parte práctica, ya que no había realizado ni siquiera los procedimientos más sencillos.

Finalmente lo conseguí,  y un compañero de cursada hizo que me aceptaran en la Asistencia Pública, que funcionaba en la calle Esmeralda 66, en pleno centro de la ciudad, de esto hace más de 40 años.

Me autorizaron a estar en la guardia de 8 de la mañana a 20hs, una vez por semana. Mi compañero, como era varón, podía quedarse a la noche. Yo era la única mujer.

El edificio viejo, mal mantenido y no demasiado limpio, funcionaba como un servicio de consultas de urgencia.

Llegar allí el día que me tocaba, era para mí como acceder al Olimpo.

Una  “caba de las de antes”, con mucha experiencia, me enseñó  todo lo que ella sabía sobre dar inyecciones, realizar la toilette de las heridas, desgusanarlas, vendarlas,  poner enemas y bañar y despiojar vagabundos alcohólicos, que en esa época no se llamaban “sin techo”, pero que no eran escasos en el centro de la ciudad, especialmente durante la noche.

Los médicos que eran casi todos cirujanos del Rawson, ante mis deseos de aprender, además del hecho de que era una estudiante muy buena, se dedicaron también a enseñarme con mucha  disposición, a realizar suturas, canalizaciones, vendajes e inmovilizaciones.

Por otra parte muy pronto se dieron cuenta de mi gusto por conversar con los pacientes y de mi capacidad de escucha y comprensión, que sí me habían enseñado en la unidad hospitalaria en la que cursé los últimos tres años de la carrera,  los psiquiatras y psicólogos del servicio de Psicopatología.

Por esta razón y porque en general “no les gustaba perder tiempo”, comenzaron a delegarme los pacientes con dificultades sociales o psiquiátricas para que yo los viera.

Lo que aprendí durante ese año, los casos que ví, las experiencias y situaciones que atravesé, constituyen un anecdotario que durante años me ha sido muy útil en la docencia de grado y también en la de posgrado.

Encuentro con José “el boliviano”

 El día al cual me voy a referir, comenzó cuando la ambulancia nos trajo un paciente varón herido de bala en una pierna: “es un boliviano” dijo el médico de la ambulancia al entrarlo a la Asistencia.

 Los cirujanos lo atendieron rápidamente porque estaba sangrando mucho. La bala había entrado por la cara anterior del muslo y había salido por detrás. Lograron detener la hemorragia y me pidieron que hiciera la historia y el informe en el libro de guardia,  mientras esperábamos el traslado a un hospital de alta complejidad.

 José era un hombre de 42 años.

Pequeño, delgado, la piel marrón, los ojos muy negros y brillantes, la nariz aguileña, los dientes mal cuidados.

Tenía las manos y los pies pequeños y delicados.

Contestaba escuetamente lo que le preguntaba, no hablaba espontáneamente y cerraba todas sus frases con un amable “doctorita”.

Había habido una pelea,  en el lugar en el que vivía con sus hermanos y según él, lo había impactado una bala perdida.

Su mujer e hijos estaban en Bolivia, su país natal.

 Se mostraba muy respetuoso, sin signos de dolor alguno.

Mientras conversábamos, observé que su muñeca izquierda presentaba una deformación típica de las fracturas de Puteau Colles,

Le pregunté si le dolía, me dijo “no doctorita”.

Pensé que los analgésicos le impedían sentir el dolor, porque tampoco le molestaba la herida de bala.

 Lo ví  pequeño y oscuro en la camilla. Solo.

Nadie lo había acompañado.

El policía de consigna estaba en la puerta de la sala, vigilándolo con “cara de pocos amigos”.

Me dio pena y solícitamente decidí inmovilizarle la fractura del brazo,  mientras esperábamos la ambulancia, pensando que con el traslado y las calles de Buenos Aires, le podría doler.

Y así lo hice. Tal como me habían enseñado, primero le expliqué lo que haría y para qué.

El asintió con la cabeza.

Improvisé una férula con un cartón y vendas logrando una muy buena inmovilización, debo decir que con bastante esfuerzo.

La ambulancia se lo llevó al poco tiempo y él se despidió con un “muchas gracias doctorita”.

 Me sentí buena.

Me sentí contenta de mí misma.

Había cuidado al paciente.

 Cuando llegué a la guardia la semana siguiente me enteré entre las bromas de mis compañeros, que la fractura de José que yo había inmovilizado tan dedicadamente, tenía diez años de antigüedad!!!!!  y que en el hospital que lo recibió se rieron mucho de mí.

 

Encuentro con José “el boliviano”: Reflexiones

 Al principio me sentí avergonzada.

Es importante que al tratar a un paciente el profesional de la salud sea amable y contenedor, que escuche empáticamente y que esté imbuído por la convicción de lo biopsicosocial.

Pero todo ello debe ser acompañado, por los conocimientos disciplinares necesarios para cumplir con la tarea.

En este caso, había que realizar el examen físico del paciente, además de simpatizar con él y acompañarlo.

Yo era una muy buena alumna, pero cometí un error muy básico, no realicé el examen físico, solo miré la fractura, sin tocarla siquiera.

Esto me avergonzaba.

 Pero al tiempo comencé a pensar:

¿por qué José no me dijo nada cuando le expliqué lo que estaba haciendo?

 ¿no quiso contrariarme por miedo?

¿qué representaba yo para él, para que me permitiera hacer algo que a esta altura era absurdo?

 José y yo pertenecíamos a mundos culturales muy  diferentes.

José se mostraba amable, pero imperturbable.

No me fue posible empatizar con él.

Eramos dos otros-ajenos que se escuchaban, pero no se entendían, que se miraban, pero que no se veían.

 Pero José no parecía sufrir, ni estar triste.

Nunca me dijo que se sentía solo.

Yo lo compadecía simpáticamente.

Yo sentía pena porque lo veía solo.

 Frente a lo que es extraño, ajeno, no inteligible, en lugar de molestia sentí la soledad en la que él me dejaba a mí y se la atribuí a él mismo.

No me dí cuenta que yo  estaba fuera de su mundo, pero sí sentí el aislamiento en el que él, me dejaba.

Pero yo lo  ví  a él tan solo….

 Pero tampoco protestó, ni discutió mi decisión.

Es probable que se mostrara sumiso y obediente para no generar irritación, sobre todo considerando que la mirada del policía no era amigable y no lo abandonaba ni por un instante.

Quizás no discutió mi decisión porque me atribuyó el lugar del saber y frente a esto, aceptaba sin preguntar, sin cuestionar. Se sometía a la decisión del médico.

Pero ya fuera por una o por otra razón, el resultado era el mismo: no había habido diálogo, colaboración, relación interpersonal.

Y yo me quedé afuera, aislada, sola

Y yo terminé sintiendo que el solo era él y quise ayudarlo en algo.

Ese algo, como era lógico,  considerando que no era producto de un intercambio y de una verdadera interrelación, era inútil para él y no le servía.

 Nunca lo volví a ver

Nunca supe nada de él.

Pero he utilizado la historia de José durante años con los alumnos cuando hablamos de la relación médico paciente.

 

******

     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *