Sorpresas te da la vida (la que pasa delante de nosotros en la consulta)

Aranda

José Manuel Aranda Regules

Medico de familia. Centro de Salud San Andrés Torcal, Málaga

Ha sido uno de mis mayores éxitos terapéuticos. Vino a mi consulta de la mano de su madre que no era paciente mía. Adolescente de 14 años pesaba más de 90 kilos, era muy seria, casi triste, respondía con monosílabos a mis preguntas. Llegue a cuestionarme la utilidad de mi esfuerzo porque dudaba de su compromiso. Le prescribí una dieta de baja carga glucémica (esas que me critican tanto los endocrinos). Como era estudiante, sabía que no vendría a los grupos de educación nutricional ni a las actividades comunitarias de ejercicio físico. No se lo critico, con 14 se aburriría soberanamente con señoras por encima de 50 que son mis   “gorditas”. Así que me enteré que era una fanática del skate y lo de la actividad física lo dejé estar.

En los 2 años y medio que ha durado el tratamiento no faltó a ninguna de mis citas mensuales, dejó de venir con su madre y solo esbozaba una sonrisa cuando la pesaba y comprobaba que poco a poco iba venciendo a la báscula. Siempre seria, no hablaba si yo no le preguntaba algo. El agosto pasado bajo de los 60  y del esperado IMC de 25, le anuncié encantado que solo quedaba ponerle una dieta de mantenimiento, que la citaría cada dos meses para ver la evolución.

Estaba preciosa cuando llegó a la siguiente cita, venia con un chico y pesaba ya 57 kilos. Yo me puse muy contento, por lo del chico, pero saltaron mis alarmas: ¡con una dieta de mantenimiento seguía perdiendo peso a marchas forzadas! Antes de Navidades vino sola a revisión y yo empecé a preguntar algo más. Aunque no parecía angustiada y decía comer de todo, seguía viéndose gorda (tenia un IMC de 22) y no se gustaba nada. En mi consulta a demanda de 5 minutos no pude sacarle más: como una pared reflejaba las preguntas hasta mi agotamiento. La cité al mes.

Vino llorando con una amiga, casi una urgencia, en las Navidades había engordado 5 Kg. y se sentía horrible: nunca la vi expresar afectos con tanta claridad, el desorden la invadía. Hipando me contó que la maltrataban en el colegio sus compañeros desde primaria, que nunca tuvo amigas (son todas muy falsas), que, hasta octubre, nunca salió con un chico. Y que no quería repetir la historia. Estaba muy nerviosa desde Navidades (por los estudios) y se provocaba el vomito después de comer.

Es lo que tiene la demanda, hay que saber gestionar el tiempo y tus habilidades. Contener y diferir, y la espera en muchos casos es el arma que los médicos de familia tenemos contra la iatrogenia. Lo que os cuento sucedió un martes y al lunes siguiente venia la psicóloga del equipo de salud mental a ver pacientes con nosotros en el centro de salud. Así que reservé una cita en coterapia, pero yo la cité antes para formalizar lo que me había ido contando a retazos. La menor de 3 hermanos, casados y con hijos, con los que se llevaba bien, una abuela viva con la que no se relacionaba, madre de 56 con el 50% de minusvalía (me lo dice así ella) por los nervios y los huesos, siempre deprimida. Padre de 52 con el que  choca por todo (somos iguales). No sale salvo cuado esta mal: coge el monopatín y se va al paseo marítimo sola. Dibuja y ha ganado premios y vendido cuadros. Quiere hacer Bellas Artes, pero en Granada el año que viene. Solo tiene una amiga, el novio la dejo (por otra) en diciembre. Y un muro… de nuevo me vuelvo a quedar sin palabras, no salgo del interrogatorio. Ha recuperado el control y la mascara.

Por fin viene Mati (la psicóloga) a salvarme. Se repiten las preguntas, se repiten las respuestas. Mati le señala su confusión y es la primera andanada que acusa: tocada 1. La reconoce. Le ofrece  ayuda y ella se apresura a decir que  puede que vaya a  las citas pero está segura de que no va a poder ayudarla, Mati se lo señala: tocada 2,  tiene que reconocer la rabia. Asisto, impasible, a un duelo entre poderosas.

-¿El que te abandonase tu novio no te dio rabia?

-No, en absoluto.

-Curioso que coincidiera con que a ti te diese otra vez por comer.

-Silencio. No…, estoy nerviosa por que no puedo concentrarme y voy mal en el curso. Si no apruebo no podré ir a Bellas Artes a Granada

-¿Y hablaste con alguien de tu disgusto?

-Se lo conté a mi madre, pero no me hizo caso…

-Y…

Silencio. Tocada 3

En ese momento sentí una enorme ternura hacia ella, hacia su indefensión, me dio pena que sus defensas se derrumbasen, que mostrase a la niña de primaria rechazada por sus compañeros  mirándose al espejo y sin gustarse.

Mati volvió a hacer su oferta de entrevistas periódicas. Sus argumentos: no podía vivir toda la vida aislada de los demás, no valía sólo el skate o la pintura, tenía que ordenar su confusión, podría mostrarse en ese espacio sin juicios que le ofrecía.

Después todo fue más fácil. Ella decidió que si. Yo la sigo viendo para controlar su peso.

Da gusto tener pacientes tan inteligentes y compañeros tan sabios.

Comentario

 

Después de escribiros esto, pienso (mis amigos me piden que piense) en lo que he aprendido de mi relación con  L y con Mati. Llevo 35 años de medico y 21 con el mismo cupo y cada vez que leo los párrafos anteriores se me humedecen los ojos y tengo que apretar los dientes. Por eso diría que sobre todo he aprendido de mi mismo, de lo que aun soy capaz de sentir con mi trabajo. Os mentiría si no reconociera que me agrada saber que puedo mirar con ojos ilusionados y abiertos a la sorpresa hasta los catarros y las recetas, que parece que algo se  (después de mucho tiempo) de estar en mi sitio y dar paso a otros compañeros. También que, aunque hoy no tengas el día bueno y no te des cuenta de nada (faena de aliño), si eres “solícito” con tus pacientes  acabarás por enterarte de lo que pasa y actuar en consecuencia. Eso decía el medico judío sevillano en el siglo XI del “Puente de Alcántara” cuando le preguntaron cual era el rasgo que definía a un buen medico: la solicitud.

 

     

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