Escuchar narraciones, validar narradores, formar facilitadores

Formar facilitadores

José Ramón Boxó Cifuentes

Médico de Familia del CS Puerta Blanca. UDM de Atención Familiar y Comunitaria. DS Málaga-Guadalhorce

Ojeo una revista de decoración mientras espero mi turno en la clínica dental. Una luminosa estancia alberga un sofá. En su esquina luce un cojín. Mi mirada queda atrapada en la frase que tiene bordada: Les choses les plus banales deviennent une aventure si on les raconte. Inmediatamente la reconocí como una variante de la respuesta que daba Roquetin al Autodidacto mientras le mostraba sus fotos de viaje: Para que el más trivial acontecimiento se convierta en una aventura, es necesario y suficiente con ponerse a relatarlo. Me vino otra frase a la mente asociada a esta de Sartre. Es original de Isak Dinesen: Todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas.

La nuestra –medicina de familia- en cierto modo, es una especialidad menospreciada. Socialmente el saber se atribuye al especialista que maneja tecnología sofisticada y ellos se reconocen desde los primeros momentos de su formación,  depositarios de este privilegio. Esto les permite acceder a la tecnología más variada y compleja. Probablemente así deba ser.

Ante una población fascinada por lo técnico, el magnetismo de las especialidades es intenso de modo que parece que en la apropiación de la puerta de entrada a la tecnología, la medicina de familia se juega una gran baza. No extraña pues, que nuestros residentes reciban con entusiasmo la incorporación curricular de formación en ecografía, el manejo de monitores, espirómetros, pulsioxímetros, o instrumental para cirugía menor.

Sin embargo lo que nos interesa en este contexto es la extraordinaria dificultad que tenemos para transmitir a nuestros médicos en formación la decisiva tarea que se nos ofrece como facilitadores de narraciones y validadores de los pacientes como agentes narrativos. Las ideas que reposan en las sentencias del preámbulo son arriesgadas e inquietantes, pero pueden contener una robusta dimensión terapéutica: permitir que un paciente nos relate su historia, parece ayudarle a soportar la carga de su sufrimiento. En nuestro medio se estima que una de cada tres consultas se presenta como un problema psicosocial y que las otras dos tienen repercusiones en el ámbito psicosocial del paciente. La habilidad en atender esta ingente solicitud determinará que el trabajo del médico de familia sea eficaz y satisfactorio o bien frustrante e improductivo.

Facilitar narraciones, identificar en la narración al agente del relato, reconocer sus valores e insinuar una apertura del campo de alternativas al sufrimiento es una destreza capital que debe adquirir el médico de familia no solo si quiere llamarse así sino también serlo.

Dolores y Juan -su marido- aparecieron en nuestra consulta. El listado de problemas de salud de Dolores se ofrecía descorazonador: poliartrosis, hernias discales, distimia, alteraciones depresivas, fibromialgia. La lista de medicación era amplia (incluyendo varios psicofármacos y analgesia en cuarto escalón de la OMS). Sin embargo su aspecto era muy cuidado, Dolores vestía bien y no faltaba detalle a su peinado ni a su maquillaje.

Cuando se presentó, acompañó su presentación de lamentos y pesimismo. Dejaba caer cierta agresividad contra el sistema sanitario incapaz para resolverle sus problemas.

Junto con mi residente revisamos la calidad de los criterios diagnósticos aplicados para cada categoría y no pudimos rectificar uno solo. Eran correctos. Le comentamos a Dolores que queríamos resolver el enigma que estas listas diagnósticas nos planteaban: ¿Quién era ella?

Tuvimos otra entrevista de unos 30 minutos en la que seleccionó varios episodios de su vida y los urdió en una historia de maltrato y fracaso. Le manifestamos nuestro agradecimiento por hacernos partícipes de su historia y nos hicimos conscientes de que desde ahora la veríamos de otra forma, quizá más que como una mujer “deprimida”, como una mujer “oprimida” que en varios aspectos había conseguido liberarse. Apuntamos que probablemente mezclaba en su vida el “aquel entonces” en el que fue ultrajada y reprimida, con el “aquí ahora” en que es cuidada y hace lo que le viene en gana. También fuimos conscientes de que no sabíamos en que momento iba a decidir vivir, ni si tanta medicina le ayudaría a ser sí misma o si eran parte de la opresión. ¡Ya se vería!

Comenté con el residente que el sí mismo es un yo que habla de si, una identidad narrativa a la que se accede al hablarle a un tú. Hasta que no se narra, no existe propiamente. Siempre se es el mismo yo pero no la misma persona que es un proceso de creación. Distinguir una persona, es identificarla. La persona humillada aspira precisamente a ser distinguida e identificada. Este procedimiento implica la confesión implícita por parte del médico de un retraso en la identificación, alusión a la vacilación, a la duda, incluso a la resistencia a identificar. Esta fenomenología del juicio está centrada en el verbo admitir: tengo que admitir que no sabía nada de usted, que cometí un retraso en identificarla [como única y distinta], que me dejé confundir con las listas de diagnósticos y medicinas”. No se trata de alcanzar un conocimiento conceptual sino un reconocimiento de la singularidad en la diversidad.

Si desea ampliar  esta materia  puede consultar la serie realizada junto con el Dr. Alcaine Soria publicada en Medfam And 2010; 11 (2) 178-183.  2011; 12 (1): 74-81. 2011; 12 (2): 60-66 y 2011; 12 (3): 51-54.

 


     

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