Puntualizaciones sobre el amor de transferencia

puntualizaciones sobre el amor de transferenciaSigmund Freud

(Extracto de un texto de Freud en relación a aquella situación que se produce cuando una paciente demuestre signos inequívocos, o incluso declare abiertamente, haberse enamorado de su terapeuta)

Es una situación complicada, tan inevitable como difícil de resolver. Si la paciente se ha “enamorado” del medico, hay dos desenlaces posibles: uno, que se entreguen a una relación legítima y permanente de ambos (la consumación del acto amoroso); en el otro, más común, médico y paciente se separan, abandonando el trabajo conjunto de análisis, como si un accidente lo hubiera interrumpido.

También puede haber un tercer desenlace, aparentemente conciliable con la continuación de la cura: relaciones amorosas ilegítimas y no destinadas a perdurar, aunque inconvenientes ante la moral civil y la dignidad médica.

Para el médico, sin embargo, esto supone una valiosa indicación y una excelente prevención contra una posible transferencia recíproca, siempre lista a surgir en él. Le muestra que el enamoramiento de la paciente depende exclusivamente de la situación psicoanalítica, y “no puede ser atribuido en modo alguno a sus propios atractivos personales”.

Para la paciente, surgen dos opciones: renuncia definitivamente al tratamiento o acepta un amor pasajero por el médico que la trata. Los familiares de la enferma se decidirán por la primera, mientras que el analista elegirá la segunda. “El interés de la enferma debe ser el único factor decisivo, pues el cariño de sus familiares no la curará jamás de su neurosis”.

¿Este enamoramiento surgido en la transferencia puede brindar al análisis algo favorable a la cura?

La paciente pierde todo interés por esta y ya no quiere hablar ni oír hablar nada más que de su amor, para el cual, además, exige correspondencia inmediata. Incluso deja de mostrar los síntomas que antes la aquejaban, o no se ocupa de ellos, y hasta se declara curada. La escena cambia totalmente. El médico puede incurrir en el error de creer realmente terminado el tratamiento.

Pero la situación real es otra. Todo aquello que perturba la cura es una manifestación de la resistencia; por lo tanto, ésta debe haber participado ampliamente en la aparición de las exigencias amorosas de la paciente.

Surgen factores como: tendencia de la paciente a comprobar sus atractivos; su deseo de quebrantar la autoridad del médico, haciéndolo “descender” al rol de amante, etc. Y se puede sospechar que utilice la declaración amorosa para poner a prueba al analista severo y distante, que, si se muestra inclinado a abandonar su papel, recibe una dura lección…

¿Cómo debe comportarse el analista para no fracasar en esta situación, cuando tiene la convicción de que la cura debe continuar, a pesar de la transferencia amorosa?

La solución no es acogerse a la moral generalmente aceptada, encarnándola severamente ante la paciente. Ni intentar obligarla a renunciar a sus pretensiones amorosas y proseguir la labor analítica, “dominando la parte animal de su personalidad”. “Contra las pasiones, nada se consigue con razonamientos, por elocuentes que sean”. La paciente sólo verá desprecio y procurará vengarse. Tampoco se puede aconsejar un término medio: decirle a la paciente que sus sentimientos son correspondidos, pero evitar toda manifestación física de ello. El tratamiento psicoanalítico se funda en una veracidad absoluta, tanto de una parte como de otra; no se puede defraudar esa mutua confianza.

La cura debe desarrollarse en la abstinencia”. Nunca hay que apartarse de la neutralidad que da la victoria sobre la transferencia recíproca.

Hay que sentar el principio de que se debe dejar subsistir en los pacientes la necesidad y el deseo como fuerzas que lo impulsen hacia la labor analítica y la modificación de su estado.
Si la paciente viera correspondidas sus pretensiones amorosas, obtendría una victoria para ella (en realidad, para su neurosis) y una total derrota para la cura. Habría conseguido repetir, en la vida real, algo que sólo debía recordar, reproduciéndolo como material psíquico y manteniéndolo en el dominio de lo anímico. La aventura terminaría con ella llena de remordimientos y sufriendo aun mayores tendencias a la represión.

De lo que se trata es de conservar la transferencia amorosa, pero tratándola como algo irreal, como una situación por la que la cura debe atravesar fatalmente y que ayudará a llevar a la conciencia de la paciente los elementos más ocultos de su vida erótica, para someterlos a su dominio consciente.

¿El enamoramiento que se manifiesta en la cura analítica puede realmente ser tenido por verdadero?

El amor de transferencia presenta, tal vez, un grado menor de libertad que el amor “normal”; delata más claramente su dependencia del modelo infantil y se muestra menos susceptible de modificación.

Sin embargo, en líneas generales, este amor parece muy similar a cualquier otro, y no se le puede negar fácilmente su carácter auténtico. En todo caso, su carácter “especial” le viene dado por: ser provocado por la situación analítica; estar intensificado por la resistencia dominante en esa situación; ser menos prudente, más indiferente a sus consecuencias y más ciego en la estimación de la persona amada.
Para la conducta que debe adoptar el analista, el primero de esos factores es fundamental. Sabiendo que el enamoramiento de la paciente ha sido provocado por la iniciación del tratamiento de su neurosis, debe considerarlo el resultado inevitable de una situación médica, similar a la desnudez del enfermo durante un reconocimiento.

En consecuencia, le está totalmente prohibido sacar de él un provecho personal. El analista conserva toda la responsabilidad de su lado, porque sabe perfectamente que para la paciente no había otro camino. “Los motivos éticos y los técnicos coinciden aquí para apartar al médico de corresponder al amor de la paciente”.

No hay que perder de vista que el fin es devolver a la enferma la libre disposición de su facultad de amar, coartada por fijaciones infantiles, pero para que la emplee más tarde, en la vida real, una vez terminado el tratamiento.

Es ciertamente muy duro para un hombre rechazar el amor que se le ofrece. De una mujer interesante, que confiesa su amor, emana siempre un atractivo incomparable, quizás mayor. Pero, por más que el analista estime el amor en general, le resulta excluida toda posibilidad de ceder a él, así como de abandonar el tratamiento a la primera dificultad.

La paciente debe aprender de él a dominar el principio del placer y a renunciar a una satisfacción próxima, en favor de otra más lejana, e incluso incierta, pero irreprochable tanto desde el punto de vista psicológico como social.

El psicoterapeuta libra un triple combate: “en su interior, contra los poderes que intentan hacerle descender del nivel analítico; fuera del análisis, contra los adversarios que le discuten la importancia de las fuerzas instintivas sexuales y le prohíben servirse de ellas en su técnica científica, y en el análisis, contra sus pacientes, que al principio se comportan como los adversarios, pero manifiestan luego la hiper-estimación de la vida sexual que los domina, y quieren aprisionar al médico en las redes de su pasión, no refrenada socialmente”.

El psicoanalista sabe que trata con fuerzas explosivas y debe observar “la misma prudencia y la misma escrupulosidad que un químico en su laboratorio”.


     

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