El calor del verano, la crisis y el juego alegre*

Autor: Antonio Papagiannis**

Una tarde a principios de agosto, en Salónica, Grecia. Un tiempo inapropiado para trabajar. La mayoría de los compañeros están fuera de vacaciones de verano. Yo habitualmente las tomo partidas, una semana en julio, otra semana o así en la segunda quincena de agosto, dependiendo de la carga de pacientes y de las circunstancias generales. El calor del verano parece vengativo, y el sol calienta sin piedad sobre las cabezas y los hombros de los que nos hemos quedado en la ciudad. En días como éste normalmente me arrepiento de mi decisión de no haberme escapado a un lugar fresco como Inglaterra para mis vacaciones de verano. Allí habría necesitado una chaqueta ligera, tal vez incluso un paraguas, aquí y ahora el sudor empapa mi camisa y mi espalda.

Esta tarde de verano parece diferente, pero no en lo que al calor se refiere.  En otras ocasiones hemos tenido temperaturas más altas. El país está en crisis financiera y sus consecuencias son evidentes por todas partes. Uno no puede dejar de percatarse la cantidad de tiendas que aparecen vacías y desiertas, la mayoría con letreros en sus ventanas de «Se alquila» o «Se Vende», y muy ocasionalmente algún cortés «Gracias por su compra.» A pesar de que estamos oficialmente en las rebajas de verano, los compradores son escasos, no sólo porque la gente está lejos, sino también porque el dinero es escaso. Este factor probablemente también mantiene a algunos pacientes alejados de los médicos privados como yo. Y para colmo, la huelga de los taxistas, que ya lleva más de diez días. Esto, aunque hace que se pueda circular mejor por las calles de la ciudad, también es un problema si se precisa una manera más rápida de volver a casa después de una sudorosa tarde enla consulta. Yorara vez conduzco a mi consulta en el centro, nuestro transporte público es bueno para la mayoría de los desplazamientos diarios habituales.

Al pasar por la catedral en el paseo desde la parada del autobús a la consulta suelo echar un vistazo al tablón de anuncios. Las esquelas avisando de los fallecimientos se  publican allí, y ayer vi el nombre de un colega, que sufrió un ataque al corazón, como escuché después, y murió antes de cumplir los cincuenta. El aviso está todavía allí, un sombrío recordatorio de nuestro destino común, con su rostro ya borrándoseme de mi memoria.

El mendigo habitual se encuentra también allí en su silla de ruedas. Resulta que hoy no tengo monedas en mi bolsillo, así que trato de evitar su persistente mirada. En varias ocasiones he echado algo en su  copa, y ahora me pregunto qué pensará de mí al ignorarlo. ¿Me excusará por la negligencia de hoy o mentalmente me etiquetará como otro tacaño Sr Scrooge? El caso es que no me debería de importar la opinión que tenga sobre mí, sin embargo y extrañamente, me importa. No sé nada acerca de sus circunstancias concretas, peor aún, no me siento particularmente inclinado a involucrarme más.

Mi agenda sólo tiene un par de citas, así que hay tiempo de sobra para el papeleo y  navegar por la web (un par de revistas, algunas reseñas de libros, un artículo en el New Yorker), incluso para un juego de mahjong en el equipo. Todo divertido e interesante, podría pasar el resto de la tarde haciendo solamente eso, pero suena la campana: mi primer paciente ya está aquí.

Es una señora que he visto varias veces antes. Padece una esclerodermia desde hace varios años y pide una revisión anual de rutina. Físicamente ha estado bastante bien. No tiene ninguna evidencia de fibrosis, su hipertensión pulmonar está bien controlada, y se las arregla más que bien con sus dedos apretados y brillantes, como garras. Sin embargo, su vestido negro no lo lleva porque esté de moda: hace un año perdió a su marido en un accidente de caza, un amigo disparó en la dirección equivocada. Ella me cuenta la historia con la mayor naturalidad, yo le ofrezco palabras de simpatía mientras ella me muestra su foto en su teléfono móvil. «Tengo que seguir así, doctor, tengo tres hijos que cuidar.» Sus hijos son veinteañeros, pero, de acuerdo con la tradición griega,  van a vivir con ella hasta que se casen o se trasladen, y esta no parece que sea una inminente perspectiva dados los tiempos difíciles que corren.

Mi siguiente paciente también se ocupa de un hijo, lo ha estado haciendo durante todos sus treinta y siete años. No es exactamente una relación sana. Leyendo su historial médico que me ha traído, este revela mucho acerca de su salud mental y la de su hijo. Desde su tierna edad el niño había sido debilucho, con frecuentes visitas a médicos y hospitales por auténticas enfermedades infantiles, algunas de ellas graves. Hay una mención a violencia paterna, y un eventual divorcio. Uno no podrá saber con certeza cuando la enfermedad mental de la madre se manifiestó, pero es obvio que el muchacho nunca tuvo la oportunidad de madurar o incluso de salir fuera de la órbita de su madre. Ella hace todo obsesivamente por él, e insiste en que no vive más que para él, y a mi no me cabe la menor duda de eso. El muchacho, aunque intelectualmente brillante, es mentalmente una imagen en espejo de su madre. No sé si la herencia tiene un papel aquí, o si su comportamiento es simplemente el producto de sus modelos de conducta. Sospecho que no tiene otro contacto con el resto del mundo, aparte de su madre. ¡Qué vida! Una simbiosis de lo más difícil. Afortunadamente su problema respiratorio actual es banal, y ambos están de acuerdo con mi sugerencia de que busquen ayuda psiquiátrica. Creo que conozco a la persona adecuada para ello. Espero que sea capaz de hacer algo al respecto.

Las dos citas se han prolongado, y es casi la hora de cerrar “el chiringuito”. Para ello debo seguir la rutina establecida, y las formalidades necesarias para: actualizar los registros de los pacientes, equilibrar las cuentas, apagar las luces, ordenadores y aire acondicionado, y cerrar las puertas. Al bajar las escaleras tengo la sensación de que me he dejado algo: mi cartera parece más ligera que de costumbre, y, como esperaba, cuando vuelvo sobre mis pasos, mi antiguo iPad con las citas diarias todavía se encuentra en mi escritorio. Lo meto en la bolsa y cierro la puerta otra vez. Fin de la jornada de trabajo.

Decido caminar un par de paradas de autobús. Son ya las nueve y media y el calor está remitiendo. El ambiente es sofocante todavía, así que paseo tranquilamente en lugar de andar a paso ligero, aún así, es agradable después de tres horas en el sillón dela consulta. Nohay compradores en las calles ahora, pero los cafés al aire libre se llenan de clientes jóvenes disfrutando despacio de una taza de café o una cerveza e intercambiando bromas o meditando sobre su futuro.

El paseo me da una oportunidad para reflexionar, y mentalmente doy marcha atrás a los acontecimientos de la tarde. Desdeun punto de vista puramente empresarial el balance de hoy puede parecer un fracaso: mucho tiempo para un escaso trabajo efectivo (o ganancia). Los casos de los dos pacientes no presentaron ningún reto mental real respecto al diagnóstico o a su gestión: la clínica Sherlock Holmeslos despacharía como elementales, por mucho que el Dr. Watson puede disfrutar de sus aspectos humanos. ¿Debo sentirme decepcionado? Visto desde un ángulo diferente cada uno de esos  encuentros me ha ofrecido un motivo de gratitud. Estoy vivo y bien. Tengo un trabajo y un hogar a donde ir, mientras que mucha gente a mi alrededor no tiene ninguno. Yo no tengo una enfermedad mental grave o una esclerodermia o cualquiera de las decenas de enfermedades que pueden aparecerle a una persona de mi edad. No he perdido a ningún familiar cercano, aunque algunos de mis pacientes se han ido en circunstancias difíciles y emocionalmente fuertes. No tengo que pedir para poder comer. Inesperadamente recuerdo Pollyanna, una de mis lecturas favoritas de juventud: tal vez su «juego alegre» debería enseñarse en las escuelas, como una guía de supervivencia y una regla de vida para todas las edades.

Cuando llego a la parada de autobús se levanta una ligera brisa que hace más respirable el aire, casi agradable. Gracias a Dios, aquí viene el bus 2 que me llevará a casa un poco antes que el 31, que da más vuelta. Otra pequeña bendición con la que puedo contar hoy.

* Traducción autorizada por el autor para su publicación en Doctutor. Doctutor agradece a Hektoen Internacional J Med Humanities su autorización

 

** ANTHONY PAPAGIANNIS, es neumólogo en Tesalónica, Grecia. Se licencio en medicina enla Universidad Aristotle de Thessaloniki en 1981. Hizo la residencia en medicina interna en Grecia y después en Reino Unido se especializó en neumología. Posee un diploma postgraduado en medicine paliativa por la Universidad de Cardiff, Gales, Reino Unido. Es docente de residentes en medicina paliativa en la Universidad de Thessaly, Larissa, Grecia.

 

 


     

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