Lo que aprendemos de la literatura: “La Hermana” de Sandor Marai

Semblanza de Sandor Marai

Comentario de Angel Inoriza Rueda

La novela de Sandor Marai La Hermana estaba inacabada en 1944, año en que los nazis poblaban su país, hasta que en 1945 fue liberado por el ejército ruso. La obra, imbuida del ambiente bélico de la época en que fue concebida (aunque sin ser éste el tema central de la novela) no se publica hasta 1946.

Empieza el narrador, en primera persona, a situarnos en las Navidades del tercer año dela Segunda Guerra Mundial y en la primera página nos anuncia que nos revelará lo que descubrió sobre alguien que, a la postre, tendría más importancia incluso que las consecuencias devastadoras del gran conflicto. Y es que, “en el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros ”.

La circunstancia que el narrador considera azarosa para la historia es el hecho de que las inclemencias del tiempo confinaran a siete personas en un pequeño hotel de montaña. Quien habitaba su habitación colindante en el hotel (siguen las casualidades) era un famoso músico, un pianista, sobre el que caerá todo el peso de la historia, un tal Z. Es suficiente con la inicial para no revelar secretos de vidas reales que no sería moral descubrir, dándose así mayor realismo a la historia.

 El espacio temporal en el que suceden los hechos es el de la Segunda Guerra Mundial, no en vano fue escrita en 1944 en plena postguerra, cuando el autor tendría las consecuencias del gran desastre, vívidamente representados en su memoria. Inicia el narrador la descripción de los personajes de la historia. Siete huéspedes más el dueño del hotel, su esposa y tres sirvientes. El autor es experto en dibujar con sus adjetivos limpios, claros y precisos, nada forzados y ausentes de florituras, objetos, personajes, situaciones, sentimientos, o lo que se le ponga por delante. Con sus descripciones precisas podemos ver, como si de un fotograma de película se tratara, cada uno de los planos enfocados por su magistral cámara de narrar. Y entre una descripción y otra, va dando pistas del destino que seguirá a los personajes para que el lector atento intuya el posible devenir de la historia: “Pero más sorprendente resultaba –claro que sólo se nos ocurrió asombrarnos a posterioriqué hacía una mujer tan frágil… en aquel precario e incómodo hotel…”

Sándor Márai da pistas con habilidad de prestidigitador y pone, en el que aún no sabemos (pero intuimos) será el personaje principal de la novela, un conocimiento sobre la muerte física fuera de lo normal. Al fin y al cabo es un artista, un músico y el arte llama a la sensibilidad extrema. Lo que ocurre en ese hotel al que se ven abocados los confinados personajes de la historia es preludio de lo que más tarde sucederá y las reacciones de Z. son comprensibles cuando avancemos en la lectura. Dilación y digresión son las dos trabajosas muletas del oficio literario.

   Sándor Marai pertenece a esa generación de escritores que se formaron intelectualmente en el periodo de entreguerras. El ambiente bélico dela Segunda GuerraMundial rodea toda la novela. Coincide el inicio del viaje en tren del protagonista hacia Florencia con la caída de Varsovia a manos del ejército alemán, en septiembre de 1939. Evoca la sensación de efímera paz que siente Europa ante el cataclismo que suponen las dos contiendas separadas en el tiempo, apenas dos décadas.

  Considera Z. que interpretar su música en Florencia es una oportunidadpara él como artista. Es su manera de contar al mundo que la música polaca de Chopin, la alemana de Beethoven y la rusa de Tchaikovsky supone un canto a la paz, una llamada de repulsa ante la barbarie que sacude al mundo en estos momentos de la historia de la vieja Europa, y así, congeniar con la música de los tres países todas sus diferencias políticas. La capacidad de expresar de un artista es la única manera de lucha que le es permitida. “El artista no puede permanecer impasible cuando dos pueblos se entrelazan en un abrazo mortal”, leemos en La Hermana.

   La relación que tiene Z. con E., una mujer casada, y con su marido es teóricamente de amistad. ¿Es posible que un hombre sea sólo amigo de una mujer a la que admira? Ese debate se impone en el personaje de Z., que llega a decirse (auto engañarse quizá) a sí mismo que él “… la ama con la música”. Es fácil imaginar cómo interpreta la sociedad su relación, una vulgar relación archirrepetida. Pero para los que son parte, las diatribas no son tan sencillas. ¿Me estaré engañando? ¿Puede ser sólo amistad? ¿Realmente la amo? ¿Lo que ha sucedido es algo frívolo sin más?

  Todas estas posibilidades se plantea el protagonista de la historia cuando comienzan los primeros síntomas de su enfermedad, lo que los médicos llamamos pródromos. Y que ayudan a posteriori al diagnóstico cuando los síntomas son ya más floridos pero aún no patognomónicos o definitorios. “El arte es siempre el arte del detalle”, dice Márai. El artista es artista por encima de todo. Su obra, su voluntad en el ejercicio, en el escrupuloso cuidado del detalle de la creación, su talento, su intuición en transmitir con una nota, una pincelada o un adjetivo aquel sentimiento que está casi por encima de todo. Mas no por encima del hombre.

   Un artista es artista sobre todas las cosas. Pero es mucho más persona.Sufre, se duele, pasa hambre, desamor, frío, calor, como cualquier otro. Y también enferma y puede hasta morir, aunque perdure su memoria (su obra) en generaciones futuras.

   Agradecen siempre los pacientes que sus médicos sean honestos y eficaces. “No me despreció como paciente, no me trató como a un niño, ni como a un mentecato, respetó mi dignidad y eso me hizo sentir agradecido… Me puso la segunda inyección, luego me sujetó la mano y se sentó a mi lado. Me agradó el contacto de su mano…me transmitía sin sentimentalismo que la ayuda y la compasión humanas seguían existiendo. De pronto, el dolor desapareció del todo…”, confiesa Z. en La Hermana.

  Márai refresca los antiguos ambientes burgueses de la Europa de principios del siglo XX como nadie, no sólo con maestría sino con el sabor añejo de algo que intuimos nunca volverá. Me refiero a esos ambientes que recuerdan a Muerte en Venecia, de Tomas Mann, y a la belleza plástica que en la película del mismo nombre supo plasmar Luchino Visconti . Los personajes de Márai van vestidos con vaporosos vestidos y trajes de chaqué, sin duda, pero uno intuye también sus elegantes maneras y su erudición en el habla, su ritmo pausado y sus emociones arropadas por las leyes de la burguesía a la que pertenecen.

   En sus diálogos y monólogos se desprenden las leyes del comportamiento en sociedad, la filosofía de la vida burguesa y las interpretaciones de los porqués de nuestros sentimientos, de nuestras acciones y omisiones. Y en esto nos podemos sentir identificados pues los sentimientos de los hombres se parecen independientemente de la clase social a la que pertenezcan o el país que habiten. Sólo cambia el ambiente o la manera de contarlos. Todo lo demás es primitivo y común.

   De la lectura de esta novela surge un realizarse preguntas y un querer encontrar respuestas que serán distintas para cada lector. Sin duda le abrirá los ojos y le recordará de la vida aspectos que tal vez tenía olvidados por la premura y el ajetreo diario. Consigue Márai poner el dedo en la llaga, hurgar en la herida, hacernos ver lo que no queremos mirar pues nos ciega como el sol. Pero está ahí, justo a nuestro lado. Resonando en nuestros oídos como una música sin letra donde la melodía, ciertamente, importa mucho más que las palabras.

   Y para un libro brillante, un final de maestro. De manera circular, reaparece el narrador que nos presenta la historia (el manuscrito) durante más de cien páginas, y en apenas catorce líneas cierra su obra con acordes eternos que reverberan, dejando un poso, un regusto reflexivo en nuestro paladar de lector. Nuestro pianista Z. (lo hemos interiorizadocomo muy cercano a nosotros después de conocer sus confidencias), al ser incapaz de interpretar su arte en forma de música, nos deja su manuscrito como la última sinfonía que puede interpretar. El autor queda oculto cediendo la palabra a su personaje, distanciándose así de su oficio y haciéndonos creer que el músico intercambia notas musicales por sintaxis, léxico, metáfora, lenguaje escrito. Así nos describe su verdad. Esa verdad, que a ratos duele y a ratos consuela. Cómo es doloroso crecer, cómo pesan las responsabilidades y cómo reconforta compartirlas.

   La verdad descarnada, odiosa, tan amarga como la hiel del diablo, tan abrupta como la caída libre sobre un acantilado escarpado.

Es el misterio que inunda nuestra existencia, quién sabe si el único que da sentido a nuestras vidas.


     

1 respuesta

  1. Esther dice:

    Gracias por tus palabras. Magnífico comentario sobre este fascinante libro y su autor.

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