“La Escritura o la Vida”, “Viviré con su nombre, morirá con el mio” de Jorge Semprum

 
  


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      

Cuantas veces como médicos en la consulta hemos atendido a alguien que llegó por algo que no pudimos finalmente saber muy bien lo que era; que habló y habló y habló y que partió finalmente de la consulta y nos dejó con ese desconsuelo de no saber realmente que había pasado, sobre todo de si esa consulta había servido para ayudar a ese paciente en algo…Consultas así nos desorientan, cuando no nos hace interrogarnos sobre el valor de nuestro trabajo. Y por otra parte, cuantas veces más aún en la consulta nos hemos desviado del discurso y de la investigación oficial (esto es biomédica) y nos hemos topado (voluntaria o involuntariamente) con información personal que explicaba la conducta y/o el sufrimiento de ese paciente y que solo entonces descubrimos realmente el alcance el significado y la profundidad, de la dolencia de esa persona. Pero ambas perspectivas representan solo una parte de la historia. Aquella que mira al exterior. La otra se encuentra cuando dirigimos nuestra investigación hacia dentro, hacia nosotros mismos, cuando nos esforzamos por entendernos, por aclarar nuestras cuitas o nuestras dudas, por salir de situaciones difíciles o absurdas que nos mantienen desorientados o  algo mucho peor para el cotidiano y venidero vivir diario. Este libro de Semprún nos muestra claramente una forma de afrontar ese sufrimiento interior que supone en muchos casos el haber padecido una experiencia brutal o si se quiere algo no tan dramático, una experiencia sencillamente incomprensible o dolorosa que, sin embargo nos agujerea dia a dia impregnando de angustia vital nuestra existencia. La forma que Semprun nos propone para afrontar esto es la escritura. Su libro “La escritura o la vida” es muchas cosas, tal vez demasiadas para poco más de trescientas páginas. No quiero ser reduccionista pero no me queda más remedio aquí. Este libro sugiere que como poco debemos aprender y esforzarnos por articular nuestras experiencias traumáticas, nuestros demonios, que debemos sacarlos a la luz, por muy terribles que sean…nos dice que solo afrontándolos cara a cara podemos superar esa angustia vital o tal vez tan solo aprender a vivir con ella. Esto es algo bien conocido por todos y hasta ahí no aporta nada nuevo. Se dirá que muy bien, pero que ¡claro! no todo el mundo está preparado para este ejercicio de insight, porque ¡aay!, existen fantasmas ocultos subconscientes a los que no tenemos acceso y en los que tal vez (y si acaso) solo un terapéuta psicodinámico (incluyendo aquí también a un ministro de cualquiera de los altísimos) podría ayudarnos. Supongo también que el enfoque conductista que exige en muchas ocasiones este traer de novo supone en muchas ocasiones solo más sufrimiento…por eso generalmente tratamos de olvidar…cerramos las puertas de esos trasteros tenebrosos. Sin embargo quedémonos con un mensaje, este que nos trasnmite Semprún…contémoslo, incluso aunque solo sea a nosotros mismos pero mucho mejor aun si podemos…escribámoslo. Empecé más arriba hablando de la importancia de que nuestros pacientes nos cuenten, de la importancia de que indaguemos en sus mundos personales y de la importancia de indagar en el nuestro propio contándonos nuestras propias historias…para comprender, para buscar ese sentido ausente que al encontrarlo nos ayuda. En eso radica el poder de la Narrativa Clínica, un poder que nos abre fronteras para ser sanadores en un sentido más amplio.

Dice Jorge Semprun que nunca había leido realmente a Proust. De hecho comenta, que de la Recherche solo leyó en su adolescencia “Por el Camino de Swan” y ya con una avanzada edad “El tiempo Recobrado”. Sin embargo cualquiera que lea esta tardía obra suya seguramente no podrá dejar de sugerirle que cada una de sus páginas representa un monumento a la evocación, en el sentido de un renacer en el recuerdo y por los recuerdos. Son sus esfuerzos por reinventarse a si mismo, por comprenderse tras haber vivido a la muerte, a una experiencia realmente devastadora…a Buchenwald. Efectivamente “La escritura o la Vida” es desde luego un impresionante testimonio de vida, es la forma en la que el autor reinterpreta unas experiencias de su vida o como a él le gustaba decir insistentemente en una de sus dos lenguas maternas, en este caso el español, sus “vivencias”, porque, recalca que no existe en francés una palabra para expresar en un único término la vida como experiencia de sí misma; vecú es un término aproximativo y discutible, es pasivo y además está en pasado…pero la experiencia de la vida que la vida vive de si misma, de sí misma viviéndose, es activa, y está forzosamente en presente…es decir, como declara Semprún, que se nutre del pasado para proyectarse en el futuro. Imagínese el lector que escribe sus vivencias más significativas, especialmente aquellas que marcan un antes y un después en su existir, en su pensamiento en sus actitudes ante el mundo y en sus relaciones con los demás, esas que no se borran nunca…pero que pasados unos años vuelve a esos escritos y no los encuentra…entonces siente miedo, un miedo existencial, y es no solo el miedo de perder sus recuerdos sino sobre todo el que surge de la soledad que supone el que nadie, nadie más que él tenga esas “evidencias”…como si el simple hecho de haberlas escrito, es decir hacerlas impresas, fuese la prueba de que fueron del todo auténticas, reales…y en la medida en la que alguien ajeno desconocido completemente para el que las ha vivido, en otro lugar, en otra época…después incluso de que su autor ya no existiese (como es mi caso, ya que acabo de leer este libro poco después de la muerte de Semprún),…por el simple hecho de leerlas, de encontrarlas impresas…reconociese así su autenticidad su veracidad. Tal es el poder de la escritura que creo Semprún reivindica en esta obra…es un poder de vida…que vuelve a la vida o dicho de otra manera que engaña a la muerte, que permite una especie de renacer. Pero es que, además, es especialmente importante lo que Semprún tiene que contarnos, porque su experiencia vital ha bordeado el límite de lo humano o como el dice ha estado en contacto con “el Mal radical” “Das radikal Böse”. Las vivencias que aquí narra no son otras que las de su estancia en el campo de Buchenwald. Y él las cuenta a modo de retazos, de flashes, de imágenes, de olores, de impresiones, de sonidos fugaces, estridentes en muchas ocasiones. Resulta esto una interesante y creo que muy efectiva manera de  transmitir al lector algo de gran contenido emotivo. Desde luego que la mera descripción narrativa también lo tiene, lo han hecho magistralmente Broch, Primo Levi o Wiesel, por citar autores que abordaron el mismo y desgarrador asunto que hace aquí Semprún, y que es inefectiva la mera exposición de momentos y sensaciones sin una mínima articulación descriptiva…pues bien, lo que quiero decir es que esta obra incita constantemente al lector a través de su hemisferio derecho, mediante continuas sensaciones. El 12 de Abril de 1945 Buchenwald fue liberado por las tropas americanas del general Patton. De ese dia Jorge recuerda a los tres oficiales del ejército británico con los que se topa en el momento de la liberación y reconoce sus miradas despavoridas, sus miradas de espanto al verlo a él a alguien que no es que se hubiese liberado de la muerte…es que la había tarvesado o mejor dicho había sido atravesado por ella…de ahí quizás las miradas de los oficiales…quédese el lector con esas tres miradas. El silencio de la colina de Ettersberg, donde no se oía el canto de los pájaros porque estos se habían marchado huyendo del olor del humo del crematorio…quédese el lector con ese silencio y con la visión de ese humo difuminándose en ese cielo gris. Los gritos de los SS “Krematorium ausmachen!” (¡crematorio apaguen!)…quédese el lector con esa estridencia diaria espeluznante. Y así tantos otros momentos…el olor del humo…la sonrisa agonizante con la mirada fraterna que Maurice Halbwachs le dirigía antes de morir o era tal vez Diego Morales…el olor fétido del Campo pequeño,…quédese el lector con esas sensaciones…y construya sus impresiones

En el libro “Viviré con su nombre, morirá con el mio”, Semprún relata un acontecimiento especialmente significativo de su estancia en Buchewald: la usurpación de la identidad de un preso moribundo por el propio Semprún ante la amenaza que suponía el que él mantuviera la suya. Frente a la “Escritura o la vida”, este relato es más novelesco y describe los acontecimientos que tuvieron lugar a lo largo de un fin de semana, cuando se enteran por un despacho procedente de Berlín e interceptado por la organización de los deportados en el campo, de que reclamaban a Semprún. A pesar de ello y una vez más a través de los recuerdos y descripciones de la vida diaria de los presos en Buchenwald, el autor vuelve a enfrentar al lector con la continua paradoja que representa la existencia del hombre y que queda aún más patente en situaciones extremas como las que se viven en un campo nazi. La obrita parece estar impregnada por la filosofía existencialista y “corpórea” de Merleau-Ponty: La disciplina de la supervivencia es especialmente significativa y desde luego extrapolable a cualquier otro contexto, especialmente aquel que frecuentemente experimenta un clínico. Así en un acto como el de las abluciones diarias cada mañana con el agua helada y el sucedáneo de jabón, que aunque no aseaba eficazmente era un rito (uno de tantos) que los presos sabían debían respetar en el esfuerzo de mantenerse con vida. De hecho, cuando veían a un compañero que dejaba de respetarlo, podían ver que su mirada se apagaba…”había que intervenir en seguida…hablarle, hacerle hablar, hacerle interesarse por el mundo de nuevo, por sí mismo. El desinterés, el desapego, la desgana respecto a cierta idea de sí mismo, era el primer paso en el camino del abandono…de la muerte”. Una terapia de apoyo que cualquier buen clínico conoce y aplica y de la que disponemos de pocas evidencias científicas pero de tantas evidencias personales que han trascendido a nuestra cultura de los cuidados. Semprún insiste machaconamente en resaltar los contrastes y la paradoja: frente a la imagen de famélicos deportados cubiertos por la costra de su propia mierda y que son reventados por trabajos pesados y desproporcionados y por golpes, se contrapone la búsqueda de un momento y lugar de soledad cada domingo en las pocas horas de asueto, para el onanismo y también para la jocosidad y burlas que los hombres hacen sobre su hombría y su miembro. Frente a la conversación inaudible que mantiene el autor en el lecho agónico con el joven al que su muerte le va a permitir vivir, en un momento de una solidaridad humana desesperanzada, desgarradora y suprema, que queda bien patente en las propias palabras del moribundo solo comprendidas por el autor 40 años después, “post mortem nihil est ipsque mors nihil” (tras la muerte no hay nada , y la muerte no es nada),…frente a esto, la sospecha celosa de que el moribundo de su misma edad y ciudad hubiese podido apretar los pechos de Jaqueline (amiga del autor) un dia de lluvia en el que ésta alegre, tras salir de ver una película se hubiese quitado los zapatos  y con la camisa empapada y pegada a los pechos resaltándosele unos puntiagudos pezones pueda haberse confundido en un abrazo lleno de deseo con el entonces moribundo…como lo hizo con el autor, como lo haríamos cualquiera …que fácil reconocernos…que difícil…y falso el no hacerlo.

 


     

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