La herida de Spinoza. Felicidad y política en la vida postmoderna. De Vicente Serrano

Comentario de Roger Ruiz Moral

Con este libro el filósofo vallisoletano Vicente Serrano ha ganado el último premio Anagrama de Ensayo. Se trata realmente de una obra muy ambiciosa en la que el autor interpreta la cultura occidental y la crisis de la misma que,  más claramente que nunca, se está produciendo en estos momentos. Su tesis no es nueva: que la cultura occidental (la modernidad) se fundamenta en una reacción rebelde a la finitud inherente al ser humano, o dicho de otra manera una no aceptación de la contingencia a la que estamos sometidos los humanos como seres finitos. Muchos de los críticos de la modernidad consideran a este argumento clave para entender su debilidad y locura. Es evidente que esta idea directriz no se remonta más allá de la Ilustración, efectivamente nace con esta, tal vez con Descartes. Creo sin embargo que la originalidad del enfoque de Serrano es la vindicación de la obra de Spinoza como visión alternativa a la egocéntrica de la modernidad y esto se basa no solo en la resignada y grácil aceptación que de estos límites hace gala este autor, expresados en su obra “Etica. Demostrada según el orden geométrico”, sino precisamente porque esta obra se crea ya en el ámbito de la propia ilustración, es decir representa una consideración laica de la limitación y aun más, por su consideración de que no hay felicidad humana posible sin el reconocimiento de esta limitación. A partir de aquí Serrano hace una interesante revisión de los mensajes fundamentales de los principales filósofos de la modernidad occidental (pero no se asusten, todo de forma muy clarita incluso para gente tan pragmática como somos los médicos) y los reenfoca en función del predominio que cada uno da a determinados “afectos”. Esto resulta especialmente atractivo, por lo menos para un aficionado a la filosofía como soy yo. Así el autor destaca el concepto que tiene Spinoza sobre la religión, como instrumento dirigido a gestionar los sentimientos básicos que se suscitan en torno a la muerte: el miedo y la esperanza; y mediante ellos, la visión de la religión como herramienta política para la obtención de la obediencia. Acertadísima visión de la institución eclesiástica, sí señor.  Pero aunque sería cierto que las religiones “racionalmente” consideradas son eso y su valor reside en su capacidad para generar mapas corporales, es decir sentimientos entorno al miedo y la esperanza mediante un automatismo bien elaborado e infalible una vez asumida la creencia, no es menos cierto que las ideologías son una versión debilitada de esto mismo, si bien sus sistemas y rituales son menos rígidos, salvo en las ideologías especialmente dogmáticas.

Se repasa desde esa perspectiva la idea que subyace en la modernidad: la autoafirmación de lo humano, de la autonomía de la fuerza, la ausencia de límites o del constante superarlos basándose en un proceso de crecimiento ilimitado, de progreso científico imparable…creo que ya en estos momentos de crisis de la modernidad que estamos viviendo estos términos empiezan a sernos demasiado familiares a todos, y, en la medida en que vemos las serias dificultades que tenemos para salir airosamente de donde nos encontramos empezamos a atisbar la auténtica profundidad de la revolución que está apenas en ciernes.

En este contexto el autor da especial importancia a “la voluntad de poder” que articulase Nietzsche como afecto predominante de la modernidad. Este afecto es el que está detrás de cualquier ideología moderna. No solo de las que tienen un matiz tiránico directo como han sido el estalinismo o los fascismos y nacionalismos totalitarios demasiado burdos en sus actuaciones, sino de la propia democracia parlamentaria occidental mucho más sutil en sus formas. Lo que se esconde detrás de estas construcciones sociales no es más que un concepto de felicidad basado en el simple incremento del propio poder y con el único límite de la supervivencia: se es más humano aumentando ese poder y no tratando de ser lo que se es o adecuándose a la propia condición como afirmaba el concepto de felicidad aristotélica. Por esto se comprende que la ética desde los empiristas sea concebida como “el modo en el que las pasiones, el deseo, la voluntad son capaces de obtener satisfacción y acrecentarse”. ¿Qué no representa el utilitarismo (doctrina ética dominante hoy dia) sino el viejo principio del incremento del bienestar o el de la evitación del dolor pero trascendiendo al individuo para satisfacer al mayor número? He aquí la importancia del deseo (auténtica metáfora de la ausencia de límites) y de su satisfacción, como estructura que no se somete a principio alguno, ni depende de ninguna otra noción, ni conoce límite externo o interno. Hume quizás fuese  el filósofo que atisbó por primera vez este problema cuando nos dijo aquello de “que la razón es y será esclava de las pasiones” criticando así el paso del “ser” al “deber ser”. Cualquier ideología moderna democrática está orientada a satisfacer el deseo de los ciudadanos y este deseo es tener más poder, disfrutar más y hacerlo sin límites. Sería aquí donde se encuentra depositada la soberanía propiamente dicha, lo demás, esto es, la soberanía del pueblo, de la raza, del destino… no son más que gaitas. Serrano nos hace ver que este  problema se reproduce una y otra vez en las distintas configuraciones modernas: en el poder de Montesquieu, en la destrucción de Hobbes, en el ser libres de Rousseau, en el amor a sí mismo de Kant, o en la transformación de la fuerza del trabajo en mercancía de Marx. Pero el problema que surge de esto es como gestionar ese deseo de omnipotencia e infinitud sin disponer de esa divinidad que lo acoja fuera de un mundo finito y limitado. La mayoría de las filosofías modernas naufragan ante este problema afirma Serrano. Hegel y Hobbes lo afrontan para depositarlo en una instancia no trascendente como es el Estado o el contrato hobbesiano,…pues en el fondo la depositan en la propia sociedad que se hace así sujeto y objeto a la vez…una solución autorefrencial totalmente inadecuada e imperfecta (sobre esto véase Luna Cabañero L, 2009). Para el autor, el ateismo panteista de Spinoza encuentra la solución en dos operaciones básicas: la primera en la equiparación de Dios y naturaleza y la segunda, consecuencia de la anterior, en la eliminación de la dinámica del enfrentamiento entre Dios creador y naturaleza sometida a su poder. Frente a la configuración hobbesiana en la que cada átomo aspira a la totalidad mediante la omnipotencia y el deseo, es pensable una totalidad donde cada átomo, no condensa totalidad, sino que simplemente es una parte de ella relajándose así la tensión inherente por ser todo…la guerra como metáfora dejaría de ser adecuada, la necesidad de crecimiento constante que da sentido a la economía moderna aun a consta de echar mano y agotar el “capital” natural y limitado que representan los recursos naturales, daría paso por fin una economía sostenible (¡no la de Zapatero claro!) ecológica posible (véase sobre esto E.F Schumacher, 2011), el gobierno de los mercados sucumbiría ante las decisiones de los ciudadanos abriéndose paso una democracia real. Pero estos cambios macroideológicos estarían acompañados también de infinidad de cambios a nivel microideológico: las aspiraciones de una justicia justa tendrían una oportunidad al tener en cuenta la diversidad y las diferencias contingentes de los humanos a que obliga el respeto derivado del ser considerado cada uno como parte igual y merecedora de este respeto (en nuestro actual sistema utilitarista no hay sitio para las minorías por mucho que se intente maquillar esto, este problema fue reconocido por el propio John Rawls que intentó ofrecer una ética alternativa en su obra “Una teoría de la justicia”). Artefactos como son la ética de la empresa o de la medicina dejarían de ocupar un lugar anecdótico. Muchas otras de las llamadas “ciencias blandas” también, entre ellas la que considera la importancia de mantener y fomentar unas relaciones humanas auténticamente respetuosas y sinceramente empáticas como medio para tolerar las limitaciones dolorosas a las que todos los humanos estamos sometidos.

Por acabar con un mensaje en nuestro terreno (aunque reconozco que muy micro), el médico y el formativo: los que se esfuerzan en reclamar una práctica clínica mejor, o una medicina de familia que ocupe un puesto realmente relevante en nuestros sistemas de salud, solamente lo conseguirán si consiguen ver el problema de fondo que hay detrás de todo esto y que este libro plantea y sobre todo…si no se asustan ante lo que atisban o ven y entonces tienen fuerzas para luchar.

Recomiendo para los interesados en indagar más y mejor sobre las causas del desplome de la modernidad y de nuestro sistema que lean estos dos libros:

L Luna Cabañero. La insuficiencia del discurso racional. Madrid: Biblioteca Nueva, 2009. Se trata de un estudio del problema de la autodeterminación como ejemplo paradigmático del límite del racionalismo y del que se derivan todas las consecuencias sociopolíticas que de alguna forma el libro de Serrano también alumbra. El autor aborda el problema desde una perspectiva muy rigurosa y por tanto matemática y filosófica muy especializada por lo que resulta un libro difícil de seguir para un simple aficionado a estos temas.

Schumacher. Lo pequeño es hermoso. Barcelona: Paidós, 2011. Se trata de una recopilación asombrosa de artículos escritos asombrosamente a finales de los años 60 y principios de los 70 sobre los orígenes de la crisis económica que ahora esta empezando a explotar. Resultan realmente precisos la certeza de sus análisis y diagnósticos así como sus previsiones y nada desdeñables sugerencias alternativas, muchas de ellas se han utilizado ya en paises del tercer mundo durante los últimos años. Insistimos, el lector nunca creerá que está leyendo escritos de los años 60.

     

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1 respuesta

  1. Muy interesante y completa tu crítica del libro de Serrano. Y es que Spinoza sigue siendo actualidad. Menos mal que, aunque se lo llevara la tbc antes de tiempo, no acabó como Miguel Servet por compartir el mismo Dios.
    No sabía de esta afición tuya que, muy en la distancia, comparto.
    Un cordial saludo

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